Después de beber su sangre, comencé a sentirme más fuerte, como si mis venas hirvieran con un poder que nunca había conocido. Maldigo por dentro, mi cuerpo vibra con una energía que me resulta desconocida, ardiente y oscura. Maldita sea, pienso, mientras las piezas dispersas de mis recuerdos comienzan a unirse como fragmentos de un espejo roto. Si todo lo que está emergiendo es real, eso significa que, si no rompo la maldición que hemos arrastrado por siglos, esta vez podríamos ser separados para siempre. Un escalofrío recorre mi espalda y siento cómo la intranquilidad se adueña de mí. Ares lo percibe al instante. Su mirada, profunda y cargada de un brillo casi febril, se clava en la mía, inquieto. —¿Qué te pasa? —pregunta con un tono que mezcla curiosidad y un temblor de impaciencia ape

