Capítulo 11 POV Derek

901 Palabras
Los pasos tambaleantes del recién llegado resonaron con eco agónico. Un hombre, apenas humano, cubierto de barro, sangre seca y lo que quedaba de su dignidad, apareció tambaleándose entre los pilares. Su aliento era cortante, su piel ceniza, y sus ojos… sus ojos habían visto lo que muchos temíamos. Lo reconocí. Lo habíamos enviado al corazón del territorio de Ares hace semanas. Era un suicidio velado, un sacrificio que ninguno se atrevió a nombrar. Pero él… regresó. —Ha… ha comenzado —jadeó, aferrándose a una roca para no desplomarse—. Ares está con todos los preparativos… va a realizar el ritual. Quiere… quiere traer de vuelta los recuerdos de su antigua compañera. Un murmullo escalofriante recorrió el Consejo. Algunos se levantaron bruscamente, otros palidecieron, como si esas palabras hubieran invocado a la propia muerte. Nadie se movió. Nadie fue hacia él. Nadie… excepto yo. Me adelanté entre los tronos de piedra y lo tomé por el brazo. Su carne estaba fría y temblorosa, pero su mirada ardía como un fuego sagrado que aún no se apagaba. —¿Estás seguro? —pregunté, con el corazón apretado, aún sin permitir que la mente nombrara el rostro que intuía tras esa advertencia. —Lo vi con mis propios ojos —respondió—. La mujer… la que lo acompaña… su amante… ella lo ayuda. Están sellando el círculo. Preparando el altar. El cuerpo de la chica ya a siendo marcado por el. Mi pulso se detuvo por un segundo, luego golpeó con violencia en mis sienes. Uno de los ancianos, el de voz más grave, se puso de pie, el bastón resonando contra la piedra. —El último Alfa que intentó ese ritual… perdió la razón. Mató a toda su manada. Y se devoró a sí mismo antes de morir. Otro anciano asintió. —Y Ares no es menos peligroso. No busca el alma de su antigua compañera. Busca controlarla. Poseerla. Recrearla. Un observador —el más joven aparte de mí— dio un paso al frente con desesperación. —Entonces debemos intervenir. No podemos permitir que esto continúe. —¿Intervenir? —bufó el anciano más ciego, el que siempre hablaba desde las sombras de su orgullo—. ¿Y desatar una guerra entre clanes? ¿Por una mujer producto de un abuso? La palabra cayó como una piedra en agua estancada. Nadie replicó. Nadie respiró. Y por un momento, incluso el corazón de la caverna pareció detenerse. Jessica. Era cierto. Nacida del odio. Producto de un crimen cometido en nombre de un dios al que ya nadie rezaba. Su madre fue forzada antes de encontrar a su verdadero compañero, y de ese horror nació ella. Para muchos, Jessica era una aberración. Para otros, un recordatorio de la sangre que aún no se purgaba. Me levanté. El resplandor de las runas tras de mí titiló con un calor que no era físico. Era el rugido ancestral del espíritu. Algo dentro de mí —más antiguo que yo, más antiguo que esta caverna— se irguió con fuerza. —No debemos permitir que el Alfa inmortal siga jugando con las leyes de la naturaleza. Ni con las vidas que no le pertenecen. El líder del Consejo me observó con severidad. Sus ojos eran de piedra. Duros, gastados. —Hablas con el corazón, Derek. Eso te debilita. —No. Eso me hace un Alfa —repliqué, dejando cada palabra caer con la firmeza de una sentencia—. Y exijo una votación. Un silencio seco, brutal. —No —dijeron. Uno tras otro. Algunos evitaron mi mirada. Otros la sostuvieron solo por cortesía. Me observaron como si ya estuviera derrotado. Como si mi rabia fuera una etapa predecible. Como si mi alma joven aún tuviera que aprender a callar. Pero yo ya había aprendido a callar. Lo que nunca aprendí… fue a traicionar mi instinto. Uno de los ancianos murmuró con voz ronca: —Tal vez… tal vez el equilibrio requiere un sacrificio. Pero ese sacrificio no debería ser una pobre joven. Eso fue lo más cerca que estuvieron de tener honor. Me giré sin hablar. Crucé la caverna. Y antes de salir, mi garra se hundió en el pilar central. El crujido de la piedra se mezcló con el rugido del trueno afuera. Una marca. Un símbolo. Un desafío. La lluvia me recibió como un lobo exiliado. Furiosa. Helada. Mis botas se hundieron en el barro del bosque sagrado, pero no me detuve. Caminé entre raíces viejas como nuestras leyes, entre árboles que habían visto nacer a los fundadores de nuestras manadas. La oscuridad era densa, pero mis sentidos eran más agudos que nunca. No tenía miedo. Solo fuego en el pecho. Me detuve junto al roble hueco. El mismo en el que, de niño, me enseñaron a escuchar el viento. A esperar. A cazar con la mente, no con la boca. Cerré los ojos. Y la busqué. A ella. Su madre. Había dejado de ser parte de mi manada cuando se convirtió en la Luna de la manada Fuego azúl. Cuando cruzó los límites por voluntad propia. Pero nunca rompió el lazo. Jamás me cerró la puerta mental. Como si, en el fondo, supiera que yo algún día la contactaría. —Ha comenzado —susurré, dejando que la conexión, tenue pero viva, se tendiera como un hilo de plata entre nosotros—. Tu momento de intervenir ha llegado.
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