Capítulo 12 POV Jessica

1076 Palabras
Nunca imaginé que el mayor enemigo de mi alma no sería la oscuridad del mundo exterior, sino quien estaba destinado a mí por la Diosa de la luna. Mi compañero, Ares. Antes creía que mi aislamiento dentro de la manada era castigo por lo que representaba: la hija de un acto no consensuado, una mancha entre los linajes orgullosos de los guerreros gamma. Me lo repetían tanto que terminé creyéndolo. Pero no era verdad. Mi aislamiento tenía otro nombre. Uno mucho más familiar. El Alfa sangriento, el Alfa inmortal, Ares. Siempre estuvo ahí, vigilándome desde las sombras, decidiendo qué podía saber, a quién podía ver, cuánto podía sentir. Y ahora, que los velos se levantan poco a poco, entiendo que nunca fui libre. Ni siquiera dentro de mi propia mente. —Él no te ama su lobo no me ama—la voz de mi loba retumbó en mi interior, grave, herida—. Él te mantuvo lejos de todos. A él le convenía tenerme adormecida. —Dormidas, calladas, sometidas —respondí con amargura—. Y ahora quiere borrarme por completo. Reemplazarme a mi Jessica por los recuerdos de Eleanor. Sentí su rabia, su dolor. Ella no quería que yo desapareciera. Y aunque yo también temía desaparecer, parte de mí no sabía bien que hacer. —Podríamos escapar —susurré, aunque era más un deseo que una idea concreta. —Tonta —replicó ella con un gruñido—. Él te ha marcado. No importa a dónde vayas, siempre sabrá cómo encontrarte. —Tal vez, pero no pienso rendirme sin pelear... Una ráfaga de aire me interrumpió. La puerta se abrió sin aviso. Riven. Con su andar sigiloso, cruzó el umbral y me extendió un sobre. Lo reconocí de inmediato. Era de mi abuela. —Otra carta —dijo simplemente. La tomé sin contestar. Pensé en romperla, en hacerla pedazos como lo había hecho con mi confianza. Pero mis dedos, traicioneros, ya la estaban abriendo. Dentro, una sola línea: "Tu madre desea hablar contigo." Ni siquiera fue capaz de escribirla ella misma. Mi madre. Ni una palabra de afecto. —Qué conmovedor —murmuré con sarcasmo, dejando caer la hoja sobre la mesa. No las odiaba ni a ella ni a mis abuelos, pero ya no era tan ingenua. Todo esto... era parte de un plan siniestro. Yo era la llave, no la hija o la compañera predestinada. —No deberías quedarte sola tanto tiempo —comentó Riven antes de retirarse, con un atisbo de preocupación en la mirada que no supe cómo interpretar. Parecía falsa. Y entonces, como si el universo decidiera reírse de mi miseria, Ares entró. La habitación pareció encogerse con su presencia. Sus ojos, como brasas encendidas, se clavaron en los míos. No necesitó palabras para imponer su voluntad. Pero aún así las dijo. —El momento se acerca. Bajo la próxima luna llena, todo estará listo para realizar el ritual—se acercó con calma depredadora—. Recordarás... todo por ti misma. No dije nada. No podía. El miedo se mezclaba con una furia que me ardía por dentro. Su mano acarició mi mejilla, bajó por mi cuello, rozó mi clavícula con una ternura que me repugnaba y me encendía al mismo tiempo. Mi cuerpo lo deseaba. Mi alma lo rechazaba. Me aparté con un respingo. Mis ojos lo miraron con firmeza. Mi silencio fue mi único escudo. —¿Estás pensando en escapar? —preguntó con voz baja, casi triste. Una sola lágrima traicionó mi voluntad. Él la atrapó con la yema de sus dedos. —No deseo lastimarte, Jessica. Mi alma llama a la tuya. Tal vez tus recuerdos actuales desaparezcan... pero los de tu vida pasada regresarán. Eleanor volverá. Y yo... te protegeré. Para siempre. —¿Para siempre? —solté una risa amarga—. Yo no tengo el don de la inmortalidad ni me interesa tenerlo. Él me tomó del mentón y me obligó a mirarlo. Sentí el calor de su aliento sobre mi boca. El deseo en su mirada era innegable, pero también lo era su locura. —Durante el ritual, también te compartiré mi inmortalidad Serás como yo. Eterna. Retrocedí. —No. Eso está mal. No se juega con las leyes de la naturaleza. No quiero ser inmortal, Ares. —Lo único que importa —dijo acercándose aún más, hasta que su frente rozó la mía— es que estemos juntos. Para siempre. —No, Ares. Lo único que te importa... es satisfacer tus deseos —mis palabras fueron un veneno que sabía debía escupir—. Eres un monstruo. —Mi único deseo es tenerte a mi lado. —¿A mí? ¿O a ella? El silencio que siguió fue más elocuente que mil confesiones. —Ambas son la misma —replicó con un susurro casi dolorido. —Entonces, ¿para qué el ritual? —le lancé, alzando la barbilla con desafío. Su ceño se frunció. El control se resquebrajaba en su mirada. —A no verdad porque a ti no te intereso como compañera tu solo quieres a Eleanor y el deseo del Alfa está por encima de mis deseos —le dije al fin, con la voz quebrada pero firme—. Haz lo que desees, Ares. No tengo el poder para enfrentarte. Pero eso no significa que apruebe lo que estás por hacerme. El amor no es debería ser tan egoísta. No hubo remordimiento en sus ojos. Pero tampoco mentira. Era un monstruo y su forma de pensar tenía la forma más retorcida que un alma podía cargar consigo. Se fue sin más después de nuestra discusión. Y yo, destrozada, me dejé caer sobre el colchón. Las lágrimas corrieron libres, silenciosas, hasta que el sueño me venció. No sé cuánto tiempo pasó. Pero desperté al sentir el colchón hundirse. Al principio creí que era él. Que había regresado. Pero el aroma era diferente. No era su almizcle dominante, su mezcla de pino y tierra húmeda. Era... otra cosa. Algo más suave, más melancólico. Intenté incorporarme, pero una mano me sujetó con firmeza. —¿Qué demonios...? —susurré, volteando lentamente. Mis ojos se abrieron con incredulidad. —¿Qué haces aquí? Él no debería estar aquí. No podía estar aquí. —¿Cómo... cómo llegaste? —pregunté en un susurro. Pero lo más importante no era eso. ¿Qué hacía en mi habitación? ¿Y por qué... por qué una parte de mí sintió alivio al verlo?
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