Capítulo 13 POV Jessica

1043 Palabras
Derek. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me retorcí con furia, empujando su pecho, arañando el aire, pero él no se movió. Era una prisión hecha carne. —Si gritas, lo vas a arruinar todo —susurró contra mi oído, su voz grave como una condena. El calor de su aliento me hizo arquear el cuerpo en un reflejo involuntario. El miedo me calaba los huesos, pero no era nuevo. Lo conocía. Era una vieja canción que Derek solía entonar con solo mirarme. Cuando no grité, cuando no lo delaté, retiró su mano con lentitud, como si esperara una explosión que nunca llegó. Me giré de inmediato, jadeando, y lo empujé con ambas manos. —¡Estás loco! ¿Cómo entraste aquí? Él no respondió. Solo me miró. Esa mirada suya… siempre tan maldita. Intensa. Fría. Como si estuviera a punto de devorarme o de romperme en dos. —Esa no es una forma muy cortés de recibir a tu Alfa, Jessica. —Tú ya no eres mi Alfa —escupí, con la voz rasgada por la rabia—.Ares es mi Alfa ¡Quítate de encima antes de que te muerda! Mis colmillos rozaban el borde de mis labios. No por deseo, sino por puro instinto. Derek se apartó apenas, el suficiente espacio para que pudiera sentarme, pero no se alejó. Se quedó ahí, a un suspiro de distancia, su calor aún tocando mi piel, su presencia devorando todo el oxígeno de la habitación. —Si quisiera lastimarte, ya lo habría hecho —murmuró. El eco de sus palabras flotó entre nosotros como una amenaza velada. Y lo odié. Lo odié por saber siempre qué decir para desmontarme. Para hacerme dudar. Intenté levantarme del colchón, pero él se adelantó, con la agilidad que solo los alfas tienen, cerrando la distancia. —Derek… —advertí. —No vine a pelear —dijo, sacando algo del interior de su abrigo n***o. Una pequeña esfera de cristal brilló en su mano. Dentro, una luz dorada palpitaba como un corazón encerrado. Junto a ella, un relicario con símbolos arcanos, tan antiguos que mi lobo interior se tensó. —Vengo a darte algo que te ayude contra Ares. La oportunidad de ver a tu madre. El tiempo se detuvo. Esa palabra —madre— se clavó en mí como una estaca. Mis labios se abrieron, pero no salió sonido. Me tomó segundos —largos, violentos— entender lo que acababa de decir. —¿Qué dijiste? —Tu madre. Ha estado esperando este momento… para revelarte la verdad sobre tu origen. No solo eres el producto de un encuentro no consensuado o la pareja predestinada del maldito Alfa inmortal, hay mucho mas. Me levanté de golpe, apartándolo de un empujón. La habitación giró a mi alrededor, pero me mantuve firme. —¿Por qué ahora? —Cada palabra era un puñetazo disfrazado de pregunta. Derek bajó la mirada por un segundo. Un gesto casi triste. —Porque yo soy el único que puede crear una distracción lo suficientemente poderosa para engañar a Ares mientras hablas con tu madre —respondió con esa voz grave que alguna vez me hizo temblar por razones que hoy me avergüenzan—. Pero necesitaré algo tuyo para hacerlo… —¿Qué quieres decir? Me mostró el recipiente de cristal. El relicario comenzó a arder con una luz opaca. —Tu sangre. Lleva la firma que Ares rastrea. Con unas gotas, puedo hacerle creer que estás en otro lugar aun y que te haya marcado. —¿Estás loco? ¿Sabes lo que significa jugar con sangre vinculada? Está prohibido por la Diosa de la Luna. —Mi voz tembló, no por miedo… sino por la verdad que sabía venir detrás de eso. Derek se acercó otro paso. Sus ojos oscuros brillaban como pozos sin fondo. —Ares quiere hacer un ritual que no solo va a devolverte los recuerdos de tu vida pasada y destruir la esencia de lo que eres hoy…sino que podría destruir el tejido que separa nuestro mundo del de los muertos. Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Una punzada en el pecho. —¿Y por qué debería confiar en ti? Eres el Alfaque permitió se me tratara como paria toda la vida—espeté, más por necesidad de protegerme que por real desconfianza. Derek era muchas cosas, pero mentiroso no era una de ellas. —Porque no tienes opción —susurró, y por un instante… por un maldito instante… su voz sonó dolida—. Y no estoy dispuesto a ver peligrar mi manada solo porque nadie te dijo la verdad. Mi pecho subía y bajaba con violencia. Todo mi ser gritaba que no. Que debía correr, llamar a Ares, alejarme de él. Pero algo más fuerte me hizo extender la mano. Me corté el dedo con la daga ceremonial que me ofrecio. Unas gotas cayeron en el frasco que Derek sostenía como si fuera sagrado. No nos dijimos nada. No hacía falta. Él tomó la sangre con cuidado, y comenzó a trazar runas en el suelo con ceniza negra y líquido rojo. Su voz emergió como un conjuro antiguo, una letanía que solo los alfas conocen. El aire se volvió espeso. Pegajoso. Casi líquido. Una copia de mí comenzó a tomar forma en el espejo cubierto al fondo de la habitación. Su respiración era agitada. Su piel palpitaba como si estuviera viva… pero era una ilusión. Un engaño. —Ares la seguirá mientras ella huye al sur. Pensará que intentas escapar. Pero tú debes ir al templo de las raíces rotas. Tu madre te esperará allí y no esta tan lejos de aquí. Tragué saliva mientras Derek se acercó. Por primera vez, no parecía un Alfa. No parecía el hombre que pasaba de largo los años de abuso e indiferencia que sufrí en su manada. Parecía… cansado. No me tocó. Solo me miró. Y en sus ojos vi una tormenta contenida. Una despedida. Él se volvió hacia mi copia, ayudándola a cruzar la ventana hacia el bosque. Y yo… yo me quedé ahí, con la sangre aún fresca en mi dedo, el corazón latiendo con fuerza, y un nombre ardiéndome en la garganta. Mi madre. Había llegado la hora de saber quién era realmente.
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