Abrí los ojos con lentitud, esperando sentir el calor de Jessica a mi lado, su aroma, su esencia que me anclaba al mundo. Pero en su lugar, un vacío gélido me abrazó como un puñal que me atravesaba el pecho, despertándome a una soledad brutal que me devoraba por dentro. La habitación me envolvía como un abismo interminable, un pozo de sombras donde ni siquiera la luz más tenue se atrevía a entrar. El aire olía a humedad y a traición, como si los dioses se burlaran de mí con su crueldad infinita. Entonces, todo empeoró al verla a ella, y un rugido silencioso se clavó en mi garganta, mezclando odio, desesperación y recuerdos que me quemaban desde dentro. —Alfa… —susurró, su voz impregnada de ponzoña, como si me inyectara veneno con cada sílaba. Su cabello rubio caía como un velo de engaño

