—Vamos a ir a las Tierras del Humo —le respondí a Nía, con la voz tensa y el lomo erizado en mi forma de loba. Sentí un escalofrío reptar por mi columna mientras hablaba, un recordatorio de que no había marcha atrás. Cada palabra era un latido de determinación, un recordatorio de que la loba y la mujer compartían el mismo propósito, aunque a veces parecieran tan distintas como la noche y el día — No estoy segura de quién nos maldijo a Ares y a mí, pero tengo mis sospechas. Así que necesitamos ir a la tierra de las brujas. El silencio de Nía pesó en mi mente como un juicio. Sus pensamientos arremolinados dentro de mí eran un susurro de desconfianza que arañaba mi conciencia, como una advertencia que no podía ignorar. Aun transformada, percibía el bosque como un laberinto vivo: las somb

