Cuando abrí los ojos, el aire me golpeó como un puñal helado. Me encontraba atada en el interior de lo que parecía ser un vehículo, aunque no se asemejaba a ningún transporte que hubiera conocido. El espacio era amplio y envolvente, sumido en una penumbra que parecía una tortura. Pequeñas luces flotaban como luciérnagas artificiales, parpadeando con un pulso extraño, hipnótico y peligroso. El suelo vibraba bajo mis pies, como si la máquina misma respirara conmigo, una criatura viva que me envolvía en su aliento mecánico. A través de las ventanas vislumbré nubes que se deslizaban lentamente, como fantasmas que se reían de mi encierro. Intenté moverme, pero una presión fría me detuvo. Las ataduras no eran simples cuerdas; se enroscaban en mi piel como serpientes vivas, pulsando con un cosq

