El corazón me dio un vuelco, un latido tan fuerte que me dolió el pecho. La loba en mi interior se removió, inquieta, asustada, como si algo oscuro y antiguo la llamara. Contuve el aliento. La furia me ardía en las entrañas como un veneno que exigía liberación, pero me obligué a guardar silencio. Sabía que si abría la boca, su nombre sería un susurro de fuego, y no podía permitirme ceder. Él lo sintió. Lo supe en el instante en que sus manos etéreas me rozaron la piel como un susurro maldito, reclamando cada parte de mí como suya. Fue un contacto ardiente y helado al mismo tiempo, un cosquilleo eléctrico que me recorrió la espina dorsal y me hizo estremecer. Era una caricia y una cadena, un fuego que lamía mis cicatrices y una sombra que amenazaba con devorar mi voluntad. —No… no lo haré

