Tomé la mano de Leonardo cuando llegamos al gran comedor. Su padre estaba ayudando a servir la mesa, y aquello me pareció adorable. Pude ver por qué Leonardo siempre estaba tan atento; lo había aprendido de sus padres. —Hola, mucho gusto —comenta en tono amable una chica joven, que debe tener más o menos mi edad. Se acerca frente a mí y me examina de pies a cabeza. La hermana de Leonardo tiene el ceño fruncido y se nota que tiene el cabello n***o, ropa a juego con su estilo, un piercing en la nariz y los ojos pintados alrededor, aunque tiene el mismo color de ojos que su hermano. —Eres igual pero con cabello largo —comento, y ella se ríe. —Vaya, una comadre sincera, me caes bien —comenta y se sienta a mi lado—. Ahora eres mía —dice, tomándome de la mano y sacándole la lengua a Leonardo

