«¿Acaso Esta mujer es bipolar?, en realidad no entiendo y mejor dicho no quiero entender nada, no sea que en algún momento de la historia termine por volverme completamente loco. Pero no sabía lo mucho que esas palabras iban a tener repercusión en el futuro»
Hago una serie de respiraciones para tratar de controlarme, en realidad al salir de casa lo que menos esperaba era pasar por una situación como esta, pero que le vamos a hacer.
Cuando me siento mejor camino con pasos firmes para dirigirme a la primera clase del día, no voy a dejar que esto me dañe la mañana y queda totalmente comprobado que debo permanecer a miles de kilómetros de esa remolacha.
La mañana transcurre con normalidad, creo que después de todo volver a impartir clases no fue mala idea. Esto me ayuda a mantener la mente ocupada y no andar pensando en estupideces.
A media mañana tomo el pequeño receso que se le otorga a los profesores y lo aprovecho para ir a la cafetería y comer algo sencillo. Siento el estómago pegado a la columna y o es para menos, últimamente tengo un apetito voraz y no sé a qué se deba.
«¿Podrá ser la edad?», niego sonriendo ante ese pensamiento, seguro debe ser por ansiedad, he pasado, por tanto, que la angustia me da por comer. Cosa que me hace recordar la conversación que tengo pendiente con mi madre. De solo imaginar que lo que tanto me ha ocultado puede ser grave, siento que mi corazón se estruja ante la posibilidad de llegar a perderla.
—¡Buen día, profesor Becker! —saluda Ana con amabilidad— ¿Qué le apetece hoy?
—Hola Ana, me sorprende que sigas trabajando aquí. —cuestiono sorprendido de encontrarla después de tanto tiempo.
—Claro, todavía me falta un año para graduarme y qué mejor lugar para trabajar aquí mismo donde curso mi carrera —se encoge de hombros mientras hace el pedido de otra persona—. Además, el horario es una maravilla.
—Tienes razón y te felicito por no abandonar los estudios, eso es lo más importante en la vida.
Finalmente, termino por hacer el pedido y una vez me hacen entrega, cancelo y camino hasta la mesa más alejada de la vista de estudiantes y demás profesores.
Disfruto del delicioso platillo que Ana me recomendó, consta de un delicioso frappuccino con chispas de chocolate y hasta una cereza de decoración, no tenía idea de lo delicioso que podía llegar a ser. Para acompañarlo pedí dos croissants de jamón y queso.
«¡Mierda! Esto es una delicia»
Termino de comer y siento una terrible pesadez, no lo digo referente a que me siento mal del estómago, sino todo lo contrario. Me ha dado un sueño terrible y ni ganas de asistir a clases me dan, creo que el exceso de azúcar me hizo daño, pero es algo que se disfruta una vez a la cuaresma.
Como bien diría mi madre que sarna con gusto no pica, y si pica no mortifica. Con ese último pensamiento sigo mi camino para seguir con las clases que hacen falta por impartir y retirarme a la empresa, donde me espera un gran trabajo por hacer.
Al ver mi reloj de pulsera puedo darme cuenta de que ya van a ser las doce y me di, esta es la última clase del día y procedo a dejarle a los muchachos las asignaciones para la próxima clase.
Salgo del aula de clases caminando hasta el estacionamiento donde había dejado aparcado mi auto. Dejo el maletín en el lado del copiloto para bordear el carro y entrar tomando asiento frente al volante. Me tomo unos cuantos minutos para mandarle un mensaje a Enzo pidiendo que me haga el favor de pedir almuerzo y lo dejen sobre mi escritorio.
Pude comer en el comedor de la universidad, pero eso me restaría tiempo que en este momento es muy valioso para mí.
Al poco rato recibo su respuesta afirmativa, también escribe que no había necesidad de pedirlo porque ya habían realizado la orden y que al momento de llegar ya lo encontraría sobre el escritorio.
Dejo el celular a un lado y procedo a encender el auto, dejo que el motor caliente un poco y cuando sé que es suficiente pongo en marcha el auto en reversa. De repente siento un golpe en la parte trasera y seguido a eso un grito.
«¡Mierda! Creo que he atropellado a alguien»
Apago el auto y con desespero desciendo del mismo para ir a la parte trasera, necesito percatarme que fue lo que pasó y grande es mi sorpresa cuando encuentro tirados miles de papeles y a una mujer que no deja de maldecir.
—Disculpe, lo siento. —me acerco para ayudarla a levantarse y verificar que no haya sufrido alguna fractura—. No fue mi…
No termino pronunciar las siguientes palabras porque la mujer que tengo frente a mí es nada más y nada menos que mi pequeña remolacha.
—Nos volvemos a ver viejito —esboza una gran sonrisa que ilumina todo su rostro.
«¿será que ya me volví loco?»
—Lo siento. —me disculpo nuevamente ayudándola a recoger las cosas que se cayeron al suelo en el momento del impacto, pero no dejo de pensar en su trato. En la mañana fue totalmente salvaje, pero ahora es diferente, es la misma con la que estuve en Nueva York compartiendo más que una noche de pasión.
—Puedes estar tranquilo, ya ves que no me pasó nada, —extiende sus brazos girando en su eje para demostrar que se encuentra completamente sana y sin ningún rasguño.
—Siendo así, entonces ya me puedo ir.
Ella asiente con un leve movimiento de cabeza mientras le hago entrega de las últimas carpetas. La dejo parada siguiendo mi camino para ingresar al interior del auto, pero antes de hacerlo una duda crece dentro de mí.
«¿Esa era la misma ropa que tenía en la mañana o no?», giro para detallarla, pero ella ha desaparecido del lugar sin dejar ningún rastro de su presencia por ningún lado, pero lo que sí puedo percibir es su delicioso perfume. Esto puede que sea más que una coincidencia.
«Esta mujer va a acabar con mi cordura»