Me concentro con una devoción casi ritual en cada pincelada, como si cada trazo fuese una extensión de mi respiración; un latido que se transfiere desde mi pecho al lienzo. El silencio que me rodea no es vacío, sino cómplice: guarda el eco de mis pensamientos mientras deposito lo mejor de mí en esta superficie blanca que, poco a poco, deja de ser neutra para convertirse en un espacio cargado de intención. Cambio los pinceles con frecuencia, buscando el grosor exacto y el gesto que traduzca lo que aún no sé nombrar, pero que siento vibrar en la punta de mis dedos. El óleo, con su densidad y carácter impredecible, exige una atención constante, casi maternal. Cada vez que una gota se desliza fuera de su cauce, me apresuro a limpiarla como si se tratara de una herida que no debe dejar cicatriz.
El tiempo se diluye entre pigmentos. La luz que entra por la ventana parece suspenderse en el aire, atrapada entre los vapores del aguarrás y el murmullo de mis movimientos. El reloj ha quedado relegado a un rincón, cubierto por papeles manchados, pues desde que el sol se filtró por las cortinas, mi única preocupación ha sido este intento de capturar algo que no sé si pertenece al mundo real o a un recuerdo. Sobre la mesa descansa una carta doblada con cuidado, de tinta ya desvaída. Fue escrita por aquel chico misterioso cuya voz nunca escuché, pero cuyas palabras despertaron en mí la necesidad de crear esta escena: una casa junto a un lago inmenso, de aguas quietas y profundas, donde el tiempo se detiene.
A medida que avanzo, la composición reclama vida. He añadido árboles que se inclinan hacia el agua como si quisieran tocar su reflejo y flores silvestres que brotan entre las piedras. Sin ellos, el escenario carecería de actores. La vegetación no solo llena el espacio, sino que lo conecta con la memoria; sugiere que alguien ha caminado por esos senderos y ha habitado ese silencio. Cada sombra proyectada es una invitación a imaginar historias que aún no han sido contadas.
Me encuentro en la fase final. El reflejo de la casa en el agua no es perfecto; presenta una ligera distorsión, como si el lago guardara secretos que se resiste a revelar. El cielo, aunque sereno, sugiere con su tonalidad una tormenta suave acercándose desde el horizonte. Todo está cargado de esa tensión sutil que precede a los momentos importantes. Solo me queda añadir un último rastro de humanidad: quizás una figura lejana o una lámpara encendida en la cabaña que insinúe una espera.
Sintiendo el peso de las horas, me levanto para trasladar el lienzo al caballete. Al colocarlo frente a la ventana, la obra se transforma: ya no es solo una superficie, sino una extensión del paisaje que quiero habitar. Vuelvo a tomar el pincel con una mezcla de determinación y ternura. El sol, ahora oblicuo, resalta matices que antes pasaban desapercibidos. Comprendo entonces que esto no es solo una pintura; es un refugio, una promesa y una respuesta a esa carta que hablaba de ausencia. Es mi forma de decir "aquí estoy".
La obra está casi terminada, pero sé que podría perderme en ella durante días buscando perfecciones inexistentes. Sin embargo, hay belleza en lo que sugiere sin mostrarlo todo. Hago una pausa, apoyo el pincel y, con la yema de los dedos, toco una esquina todavía húmeda. El óleo responde con su textura cálida. Es como tocar una memoria recién nacida.