Al tocar el picaporte de la puerta del garaje, siento una leve resistencia, como si alguien empujara desde el otro lado con una intención contenida. El metal está tibio, cargado de la humedad del amanecer, y por un instante, el silencio se vuelve espeso. La puerta cede con un crujido suave, y entonces aparece mi padre, cruzando el umbral con una expresión que no logro descifrar del todo. Sus ojos se detienen en mí, abiertos por la sorpresa, como si no esperara encontrarme allí, como si mi presencia interrumpiera algo que aún no ha decidido si quiere compartir.
No dice nada. Pasa junto a mí con los brazos cruzados detrás de la espalda, en una postura que me resulta extrañamente familiar, como si estuviera ocultando algo, como si llevara consigo un secreto que aún no sabe cómo entregar. Lo observo de reojo, sin detenerme, y continúo mi camino hacia el lavabo, donde había dejado el caballete que mi madre y yo estamos limpiando desde temprano. El olor a madera húmeda y a pintura vieja flota en el aire, mezclado con el aroma tenue del café que alguien olvidó apagar. El garaje, con sus sombras largas y sus objetos acumulados, parece un escenario suspendido entre lo cotidiano y lo simbólico.
De pronto, siento una mano sobre mi hombro. No es brusca, pero tampoco vacilante. Me tira suavemente hacia atrás, como si quisiera detener el tiempo por un momento, como si necesitara que lo escuche antes de que el día avance. Me dejo llevar, sin resistirme, y regreso al punto donde estaba, frente a él, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que quisiera admitir.
—Mira... sé que no me comporté bien en la cocina esta madrugada —dice mi padre, con la voz baja, casi arrastrada, como si cada palabra le costara trabajo—. Pero te preparé el desayuno como una forma de compensarte por cómo te traté. Es que tenía hambre, y tú sabes cómo me pongo cuando eso sucede.
Su mirada evita la mía. Se mueve con incomodidad, como si el acto de disculparse lo despojara de algo que no sabe nombrar. Extiende los brazos hacia adelante, revelando lo que ha traído: un plato con pequeñas hamburguesas, bien rellenas, con pan tostado y una generosa cantidad de salsa que se desliza por los bordes. El contraste entre su torpeza emocional y el cuidado con el que ha dispuesto la comida me desconcierta. Supongo que esto debe ser obra de mi madre, porque mi padre nunca ha tenido habilidades culinarias. Él es más de abrir latas, de improvisar con lo que encuentra, de comer de pie junto al fregadero. Pero hoy hay algo distinto. Hay intención.
La escena se vuelve más compleja. Si mi paranoia no me está engañando —y últimamente no confío del todo en mis percepciones—, es posible que intente abordar conmigo lo sucedido ayer con la nota del chico. Esa nota que apareció sin previo aviso, que trajo consigo una carga emocional que aún no he terminado de procesar. Pero no lo presionaré. Le daré la oportunidad de que hable, si es que así lo desea. El gesto de traerme comida, aunque torpe, es también una forma de abrir una puerta.
—Hm... te dieron un tirón de orejas, ¿verdad? —le digo con sarcasmo, dejando que el humor se filtre en mi voz como una forma de protegerme, de no mostrar del todo la vulnerabilidad que me provoca este encuentro.
Él frunce el ceño, pero no se molesta. Responde con desdén, como si quisiera mantener una distancia que ya se ha roto
.
—¿Lo quieres o no? —dice, con un tono que mezcla fastidio y resignación—. Y sí, me llamaron la atención por asustarte así. ¿Estás contenta?
Hay algo en su forma de decirlo que me hace recordar el hecho que no está acostumbrado a pedir disculpas, que este esfuerzo le resulta incómodo, casi humillante. Pero también hay una g****a, una apertura, una posibilidad de encuentro. Lo miro con más atención. Sus manos tiemblan apenas, y sus ojos, aunque esquivos, buscan una señal de que ha sido escuchado.
—Está bien —respondo, suavizando el tono—. Si quieres, puedes partir eso a la mitad y comemos entre los dos. Yo voy a buscar algo y regreso.
Me doy la vuelta, dejando que el silencio se acomode entre nosotros como una tregua. Camino hacia el lavabo, donde el caballete espera, aún húmedo por la limpieza. El aire está cargado de una tensión sutil, como si algo estuviera por cambiar. Y mientras recojo un trapo y lo paso por la madera, pienso en lo extraño que es este momento: una hamburguesa como ofrenda, una disculpa envuelta en salsa, un padre que intenta, a su manera, reparar lo que se rompió.
No sé si hablaremos de la nota. No sé si él sabe lo que significa para mí. Pero por ahora, hay comida compartida, hay gestos que, aunque torpes, buscan acercarse. Y eso, en este instante suspendido entre el garaje y la cocina, entre el pasado y lo que vendrá, ya es suficiente.