Él levanta las cejas, como si algo dentro de sí se aflojara de golpe, y deja escapar un suspiro largo, casi imperceptible, pero cargado de alivio. No sé exactamente qué lo tranquiliza —quizás mi disposición, quizás el silencio que no se volvió reproche—, pero ese gesto me impulsa a moverme con rapidez. Salgo corriendo hacia la puerta, decidida a traer el caballete lo más pronto posible, como si la urgencia de terminar la pintura se hubiera sincronizado con la necesidad de sostener este momento compartido.
Sin embargo, al cruzar el comedor, algo me detiene. No es físico, es más bien una pausa interna, como si el cuerpo recordara que no todo debe hacerse corriendo. Empiezo a buscar el caballete con más calma, dejando que mis pasos se desaceleren, que la mirada se pose con atención sobre los objetos que me rodean. Al entrar en la cocina, lo veo de inmediato: está apoyado contra la pared, ligeramente inclinado, como si esperara ser convocado. Lo recojo con cuidado, asegurándome de no golpear nada, aunque cada paso que doy se convierte en una pequeña batalla contra las patas del caballete, que parecen tener voluntad propia y se enredan con mis piernas como si quisieran jugar.
Al llegar a la cochera, lo primero que veo es a papá. Está allí, de pie junto al escritorio, con un plato en las manos. No está frente al lienzo, sino un poco alejado, como si respetara el espacio sagrado de la creación. Su postura es relajada, pero sus ojos siguen atentos, como si esperara el momento justo para intervenir.
—¡Uf, qué alivio! —susurro para mí misma, soltando una risa breve que rompe la tensión.
—¡Pá! Ayúdame con esto, por fa —le digo, mientras el caballete amenaza con derrumbarse sobre mí.
—¿Con qué cosa? —responde, girando hacia mí con una expresión divertida, como si no pudiera creer que ese objeto tan grande estuviera casi encima de su hija—. Ah, eso... claro, mija.
Se acerca sin prisa, con ese andar suyo que mezcla torpeza y ternura, y me ayuda a colocar el caballete en el centro de la cochera. Lo acomoda con precisión, asegurándose de que esté firme, mientras yo observo cómo sus manos, aunque no acostumbradas al arte, se mueven con una delicadeza inesperada. Luego, sin que se lo pida, organiza los materiales: pinceles, frascos, trapos, tubos de óleo. Prepara el lienzo como si fuera un ritual, como si entendiera que cada gesto cuenta, que cada preparación es parte del acto creativo.
Mientras tanto, compartimos una comida sencilla, improvisada, pero llena de intención. Él se sienta cerca, no demasiado, respetando mi espacio de trabajo, pero lo suficientemente cerca como para que nuestras palabras fluyan con naturalidad. Hablamos de todo y de nada: del clima, de la pintura, de cosas que vimos en la calle, de recuerdos que aparecen sin aviso. Las risas surgen espontáneas, como si el garaje se hubiera transformado en un refugio donde el tiempo se diluye y la complicidad se fortalece.
Papá, aunque no tiene conocimientos técnicos sobre pintura, siempre se muestra dispuesto a ayudarme. Me ofrece consejos que, aunque ingenuos, tienen una lógica emocional que a veces resulta más valiosa que cualquier teoría. Me señala zonas del lienzo donde cree que falta algo, me alcanza pinceles sin que se lo pida, me limpia los bordes del escritorio para que tenga más espacio. Su presencia no interrumpe, acompaña.
Estoy en la etapa final. Solo falta utilizar el pincel más pequeño y fino, ese que reservo para los detalles que definen la atmósfera: el reflejo en el agua, la luz en la ventana, la sombra que se proyecta desde el muelle. Me inclino sobre el lienzo, concentrada, mientras él me observa en silencio, como si entendiera que ese momento requiere respeto.
Entonces, sin levantar la vista, le pregunto:
—Papá, ¿cómo conociste a mamá?
La pregunta flota en el aire, suave pero cargada de peso. Él se queda quieto por un instante, como si el recuerdo lo hubiera sorprendido. Luego se acomoda en la silla, toma un sorbo de café frío y sonríe, no con la boca, sino con los ojos.