Capitulo 2

996 Palabras
Justo cuando decidía apagar el teléfono y entregarme al sueño, con la cabeza ya hundida entre las sábanas y los párpados empezando a rendirse, recibí una notificación. El sonido fue uno de esos cortos, pero definidos, con un tono particular que mi subconsciente ya asocia con las alertas de mensajería instantánea. En ese instante supe, sin necesidad de mirar, que probablemente era mi madre. Hay algo en su forma de enviar mensajes que tiene una urgencia muy suya, una especie de velocidad desbordada, como si las palabras tuvieran que salir antes de que el pensamiento se termine de formar. Con un suspiro y cierta resignación, desbloqueo el teléfono. Efectivamente, ahí estaba: su nombre en la bandeja de entrada. Abro el mensaje. Lo leo. Lo releo. Intento desentrañar su lógica, como quien busca sentido en los trazos espontáneos de una pintura abstracta. El texto decía: > Hija ven a comer la comida ya está hecha y si no bajas se lo comerá tu padre y sabes que con lo gloton que es se comera hasta el plato y no te dejara nada de nada, ni a ti ni al Hael asi que baja de una sola ve vez Me detengo, confusa. El mensaje tiene el flujo de una conciencia atropellada, sin pausas, sin oxígeno, como si hubiera sido escrito mientras corría por la cocina, esquivando ollas hirvientes y platos servidos, gritando mentalmente hacia el pasillo. Es un llamado urgente, pero también una crónica: el peligro inminente del apetito paternal, la injusticia anticipada, la preocupación por Hael, y esa corrección final que parece una batalla perdida contra el teclado. Intento comprender el mensaje en conjunto y no por partes. Hay una clara intención: que baje de inmediato, porque la comida está servida y mi padre, con su glotonería legendaria, está en posición de devorarlo todo sin contemplaciones. Pero más allá del contenido, lo que me detiene es el cómo. Esa ausencia total de comas, de puntos, de mínimas pausas. Ese estilo de escritura en oleada, donde cada frase embiste como una ola sobre la anterior. Me imagino a mi madre tecleando con un dedo apurado, repitiéndose la frase en voz alta mientras la pantalla no cooperaba. Hay algo profundamente entrañable en ese caos. Quisiera explicarle, con cariño, cómo funcionan los signos de puntuación. Cómo un pequeño punto puede transformar un llamado desesperado en una súplica legible. Pero sé que, al final, esa es su voz. Su manera de comunicarse. Y quizás, por más errático que sea, no necesito puntos para saber que me espera la cena. Que hay amor en el apuro. Y que, si demoro más, es probable que ya no quede ni arroz para contar. El desgano se instala como una manta invisible sobre mis hombros. No es tristeza profunda ni enojo evidente, es esa inercia quieta que brota cuando la idea de salir del cuarto se siente hostil. Me quedo un instante más tendida, mirando el techo, escuchando el leve zumbido del ventilador, con el cabello enmarañado en una suerte de rebelión sin importancia. Me incorporo despacio. En servicio al cliente se aprende a sonreír por inercia, a modular la voz como quien afina un instrumento para otro, pero en casa ese entrenamiento se vuelve agotador. Hay días en que incluso mirar a alguien se vuelve difícil. Hoy es uno de ellos. Suspiro, sin dramatismo, sólo dejando salir el aire. Me acerco al armario con la idea de tomar mi chaqueta -esa que, por su simplicidad, me evita tener que pensar demasiado en qué ponerme. Pero al abrir la puerta, me recibe una imagen desoladora: ganchos vacíos, una pared desnuda, el eco de un espacio que alguna vez estuvo lleno. Me quedo inmóvil. Parpadeo. Me da una extraña sensación, como si me faltara una parte de mí. ¿Dónde está mi ropa? La colección no era solo funcional: era testimonio de días diversos, suficiente para no repetir conjuntos en dos meses. Ropa que eliges según tu ánimo, tu humor, tu necesidad de invisibilidad o de presencia. Y sin embargo, todo ha desaparecido. Me invade un leve malestar, no por la falta en sí, sino por la duda. ¿Cómo pudo suceder? Entonces reviso mentalmente la semana. Cada día, cada entrada, cada prisa. Y ahí está la respuesta. Toda mi ropa está sucia. Sonrío, sin querer, en ese gesto resignado que aparece cuando uno se encuentra consigo mismo. Me inclino y abro la gaveta con la esperanza tenue de hallar algo que haya escapado del olvido. Mis dedos tantean la madera de la gaveta como quien busca una reliquia perdida. Y entonces, justo en un rincón que parecía vacío, aparece. Una blusa azul marino. Arrugada. Polvorienta. Perfecta para bajar a cenar. La tomo con cuidado, la sacudo suavemente como si tuviera polvo de recuerdos, y me dispongo a ponérmela. No salgo aún. Sigo ahí, en el umbral del cuarto, con la prenda en las manos. Abro la puerta, y justo en ese instante, Bartolomé aparece. O mejor dicho, se dispara. Corre como si hubiera escuchado el llamado de un universo alterno. Su cuerpo felino se desliza como una flecha viva, rumbo a las escaleras, dejándome atrás con el viento de su estela. Miro la escena con fastidio leve. Ese tipo de molestias que tienen cariño dentro. Lo sigo. Atravesar el corredor es como entrar en otra dimensión: el pasillo en penumbra, la luz cálida al fondo, los ecos suaves de una casa que vive en capas. Me detengo en lo alto de las escaleras. Es ahí donde me pongo la blusa con la habilidad de quien ha aprendido a vestirse en cualquier lugar, a cualquier hora, incluso emocionalmente. Me la ajusto bien. No tanto por estética, sino porque conozco las sutilezas de mamá. Sé que basta un botón mal abrochado para que surja el comentario, la corrección, el gesto de desaprobación envuelto en amor. Y hoy, sinceramente, no tengo energía para enfrentar observaciones. Así que me aseguro de que todo esté en orden antes de descender.
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