Desperté con la sensación aún latente de los barrotes invisibles que me aprisionaban el alma. El silencio del castillo era denso, casi pegajoso, como si el aire se resistiera a moverse entre las paredes de piedra. Aún me dolían las muñecas por las marcas de aquellas cadenas, aunque ya no estaban. Me levanté despacio de la cama, vestida con una bata de seda que no era mía. Nada en este lugar lo era.
Adrian m había drogado y traído a este infierno aquella noche que mi madre murió, ya no sabía cuánto tiempo había pasado, al principio me tenían con cadenas. Pero eso ya era cosa del pasado.
Una bandeja con el desayuno ya me esperaba sobre la mesa de la esquina. Jugos recién exprimidos, pan caliente, frutas cortadas con precisión y café humeante. El lujo era otra prisión más. Lo tenía todo, menos libertad.
La puerta se abrió sin aviso. Mi cuerpo se tensó. Mis manos temblaron.
Era él. Adrián.
Se apoyó en el marco de la puerta como si aquel castillo fuera suyo... y yo también.
—Buenos días —dijo con voz baja, como si temiera romper algo dentro de mí.
Yo no contesté. Mis ojos se llenaron de lágrimas que no pude contener. Mis piernas me llevaron hacia él por impulso, aunque parte de mí quería gritarle, arañarle el rostro, exigirle respuestas.
—¿Por qué? —logré sollozar—. ¿Por qué me hiciste esto?
Mi voz se quebró como el cristal fino, temblorosa, rota. Lo miré desde abajo, desde ese rincón emocional al que me había llevado. Adrián me miraba con esos ojos grises como tormenta contenida, y no dijo nada. Solo levantó una mano y acarició mi mejilla.
—Si me dejas ir... te juro que no diré nada. Nadie sabrá lo que pasó aquí. Solo... déjame regresar a mi vida...
—¿Volver a qué? —susurró, inclinándose lentamente hacia mí—. Allá nadie te cuidaba. Nadie te protegía.
Sus dedos se deslizaron por mi rostro, bajaron por mi cuello, y mi cuerpo reaccionó con una mezcla de miedo, rabia... y deseo.
No podía explicar qué me pasaba, pero sus caricias tenían un efecto anestesiante. Su calor me confundía. Y cuando sus labios tocaron los míos, me quedé quieta. No lo rechacé. Al contrario, me aferré a su camisa como si en ella hubiera encontrado refugio.
Sus besos eran fuego contenido, y mi alma era pura gasolina.
Me besó con una calma calculada, como si ya supiera lo que vendría después. Su boca bajó por mi cuello, sus manos recorrieron mi cintura, mis muslos, mi espalda. Me desnudó sin violencia, sin apuro, como quien descubre un secreto largamente deseado.
—Eres hermosa —murmuró contra mi piel.
Yo quería odiarlo. Quería resistirme. Pero cuando se metió en la cama conmigo, cuando me tomó con firmeza y ternura a la vez, solo cerré los ojos. Me aferré a su espalda y dejé que lo hiciera. Me hizo el amor con una intensidad que me desarmó por completo.
Esa noche no dormí.
No porque no pudiera, sino porque no quería olvidar cómo me había hecho sentir. Era confuso. Inmoral. Pero real.
Pasaron los días. Y con ellos, la rutina extraña de aquella nueva prisión: cada noche él venía a mí. Me desvestía, me besaba, me poseía. Me daba placer y silencio, caricias y comida. Me traía vestidos nuevos, zapatos, perfumes. Se sentaba conmigo a cenar, hablábamos poco. Pero cuando llegaba la noche, su lenguaje era otro.
Mi cuerpo comenzó a traicionarme. Esperaba su llegada. Me arreglaba. Me peinaba. Me sorprendí una vez imaginando su olor cuando aún no había entrado a mi habitación.
Y fue en una de esas noches, después de hacerme suya, cuando se quedó mirándome con los ojos abiertos, perdido en mis facciones.
—¿Qué estás pensando? —le pregunté, apenas rozando su pecho con mis dedos.
Tardó unos segundos en responder. Luego, giró hacia mí y me acarició la mejilla.
—Te traje aquí porque te pareces a alguien.
Mis dedos se detuvieron. Lo miré. Su voz tenía un filo extraño. Doloroso.
—¿A quién?
—A mi exnovia —respondió—. Ella murió.
Me quedé en silencio.
El mundo pareció desmoronarse de nuevo. Cada palabra que había dicho se me quedó pegada en la piel, como cuchillas.
—¿Me trajiste porque te parezco a una muerta?
—No es eso —dijo, como si supiera que no era suficiente—. Es solo que cuando te vi... fue como volver a verla. Como si la vida me estuviera dando una segunda oportunidad.
Me levanté de la cama, desnuda, envuelta en furia y en vergüenza.
—¡Yo no soy ella! ¡No soy un maldito reemplazo!
—¡No lo eres! —gritó él, incorporándose—. Pero al principio... al principio solo te vi así. Ahora no.
Me abracé a mí misma. No sabía si llorar, gritar o reír como una loca.
—¿Y ahora qué soy, Adrián?
Se acercó despacio.
—Ahora eres tú. Y me importas. De una forma que no sé manejar.
—No sé si eso lo hace mejor... o peor —dije entre lágrimas.
Y esa noche no le permití tocarme. Me envolví en las sábanas y dormí de espaldas a él. Pero, en lo más profundo de mí, una parte no quería que se marchara.
Una parte maldita, herida... enamorada.