Una mala copia de Rapunzel

1126 Palabras
Adrian venía a mi cama todas las noches y me hacía sentir especial, diferente, aunque ya sabía la razón, en realidad no me hacía el amor a mi se lo hacía a su novia muerta, al principio me resisti, pero luego descubrí que de igual forma se metería a mi cama y a las malas dolía más. Cansada de todo eso intenté escapar agarre las sábanas las amarré, usaría esto como escalera, o una liana para ser rapel, yo era una mala imitación de Rapunzel, porque aunque tuviera el castillo, esto no era un cuento de hadas, si me parecía un poco a mi personaje favorito ¿que ironía no? mi cabello largo dorado caía en cascada, mi cuerpo curvilíneo era perfecto para ser víctima de secuestro y mis ojos azules, eso ya era otra cosa. Abrí las ventanas y Lance las Sábanas, trate de no ver hacia abajo y comencé a desender, está vez si iba a salir. Cuando toque el piso. quise gritar de felicidad pero cuando me di la vuelta mi sonrisa se borró ¡ Oh no, me había capturado! y eso que no siquiera había caminado un metro. —¿Se puede saber que estás haciendo?—Pregunto Greta mirándome con maldad —Intentando escapar—respondi como si nada. —No imaginas cuánto te detesto, si fuera por mi ya estarías muerta pero Adrian se distrae contigo, pero ¿adivina que ? —¿Que?—pregunte como tonta —Adrian no está y hoy si recibirás tu castigo. El golpe fue tan fuerte que el mundo se puso n***o y me desmaye. Desperté con un dolor punzante en las sienes, como si alguien hubiera tocado cada rincón de mi mente con agujas ardientes. El colchón debajo de mí era suave, pero las cadenas que me sujetaban las muñecas y los tobillos anulaban cualquier sensación de comodidad. Estaba encadenada a una cama con dosel en una habitación amplia, decorada con paredes de piedra, cortinas gruesas de terciopelo carmesí y una chimenea encendida que no lograba calentar mi alma. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que perdí el conocimiento en ese bar, pero el frío de la realidad me atravesó como una daga. No estaba en casa. No estaba en ningún lugar seguro. Estaba atrapada. —¿Dónde estoy? ¡¿Alguien puede oírme?! —grité con la voz rota y la garganta seca. La puerta se abrió con un chirrido grave. Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos grises como el acero, entró con paso decidido. No era Adrián, el desconocido del bar. Este hombre tenía un aura más cruel, más salvaje. En su mirada no había lástima, solo cálculo. —Intentaste escapar anoche... otra vez —dijo con voz monótona mientras se acercaba—. No aprendes. —¡Déjame ir! ¡No tienes derecho a hacerme esto! Él no respondió. Solo sacó una llave de su abrigo y soltó una a una las cadenas, solo para volver a atarme con correas de cuero más ajustadas. Luego me colocó una mordaza. —Si no puedes comportarte como una invitada, serás tratada como una prisionera. Los días siguientes fueron una mezcla de desesperación y dolor. Cada intento de fuga terminó en castigo. A veces me dejaba horas sin agua, otras me amarraba de nuevo a la cama con grilletes fríos como su mirada. No sabía su nombre, pero empecé a llamarlo "el Carcelero". Pero entendí algo: la fuerza no me sacaría de ese lugar. Así que fingí. Fingí que aceptaba mi encierro, fingí que su silencio me era indiferente, fingí que había olvidado lo que era la libertad. Poco a poco, mi buena conducta empezó a rendir frutos. Las cadenas desaparecieron, la puerta se abría con menos vigilancia, y pronto pude caminar por el castillo... al menos por una parte de él. Greta, la ama de llaves, me vigilaba de cerca. Era una mujer joven, de cuerpo curvilíneo, rostro afilado y labios siempre pintados de rojo oscuro. Su belleza contrastaba con la severidad de su mirada. No parecía mucho mayor que yo, pero en sus ojos había siglos de secretos. —Puedes ir al patio trasero, la biblioteca, el invernadero y el ala este. El resto está prohibido. ¿Entendido? —¿Y si solo quiero... ver? —Entonces terminarás como la última que quiso ver. Nunca aclaró a qué se refería, pero su tono no dejaba margen de duda. Los meses pasaron. El castillo, una fortaleza antigua escondida entre montañas, tenía zonas que parecían no haber sido tocadas por el tiempo. El patio trasero era un jardín inmenso, con árboles centenarios, un estanque y estatuas cubiertas de musgo. En la cocina, Greta daba órdenes con una autoridad que no podía ser cuestionada. Había guardias. Pocos, pero suficientes. Todos armados, todos silenciosos. Un día, vi algo que me dejó helada. Desde la ventana de una de las habitaciones del segundo piso, vi el estacionamiento subterráneo. Normalmente vacío, ese día estaba lleno de autos de lujo: Ferraris, Bentleys, Rolls Royce. Observé escondida entre las cortinas mientras hombres vestidos de traje n***o entraban por la gran puerta delantera, donde a mí jamás me habían dejado acercarme. Esa noche, el Carcelero me advirtió: —Hay invitados importantes. Quédate en tu área y no hagas ruido. —¿Quiénes son ellos? —No es asunto tuyo. —¿Qué ocurre en esa parte del castillo? ¿Por qué nunca puedo ir allí? Él me tomó del mentón con fuerza. —Porque no te corresponde. Y si me entero de que te acercas siquiera, no volverás a salir de esta habitación. Me alejé, pero la curiosidad me quemaba. Días después, bajaba por el pasillo que conectaba la cocina con el sótano cuando escuché voces. Me oculté tras una pared rota cubierta de tapices antiguos. Era tarde en la noche, el castillo en silencio, excepto por los pasos apresurados y las voces graves. —Rápido, hay que limpiar todo. —¿Ya está muerta? —No respira. Vi a Greta, vestida con ropa oscura, su rostro pálido y serio. Con ella iban dos hombres más, empujando un carrito donde, envuelta en sábanas, yacía el cuerpo sin vida de una joven. No se movía. Sus brazos colgaban del borde, la piel amoratada, la boca entreabierta. Era una chica joven, de cabello oscuro como el mío. —Que no quede rastro. Nadie debe saber que ella estuvo aquí —dijo Greta. Contuve el aliento. ¿Qué era este lugar? ¿Por qué habían matado a esa chica? Y lo más importante: ¿cuánto tiempo me quedaba antes de convertirme en la siguiente víctima? Apretando los dientes, retrocedí en silencio hasta mi habitación. Ya no se trataba solo de escapar. Ahora, tenía que sobrevivir... y descubrir la verdad.
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