Estaba mirando por la ventana, habían pasado muchísimos días y no estaba menstruando, nunca fui regular pero me venía un mes si y uno no. estaba segura que tenía unos cuantos meses de cautiverio.
La tormenta rugía afuera cuando escuché el sonido del motor apagándose frente al castillo. Mi corazón dio un vuelco. Adrian había regresado.
Me estremecí. No sabía si era por miedo… o por una absurda emoción que se enredaba con mi nueva realidad. Aquel escape fallido me costaría caro, lo sabía. Y sin embargo, había algo en su presencia dominante que me tenía atrapada, como una mariposa que vuela directo hacia la llama.
La puerta de mi habitacion se abrió de golpe. Su silueta alta se recortó contra la lluvia, empapado, con los ojos brillando como un animal que ha encontrado a su presa.
—¿Creíste que podías huir de mí? —dijo con voz grave, cerrando la puerta tras de sí.
Retrocedí, pero era inútil. Me alcanzó en tres zancadas y me arrastró hasta la habitación principal. Me empujó contra la cama sin delicadeza y se quedó mirándome como si analizara cada centímetro de mi cuerpo.
—Hoy pagarás por tu desobediencia —gruñó.
Y así lo hizo.
Pasó el día entero encerrado conmigo, castigándome sin descanso. No con golpes, sino con su cuerpo. Me tomó una y otra vez, como si quisiera borrar todo rastro de rebeldía de mi piel. Pero lo que él no sabía… era que ya me había rendido mucho antes. No por miedo. Sino por algo que me negaba a admitir: yo también lo deseaba.
Mis manos dejaron de resistirse. Mi boca dejó de gritar. Mis piernas dejaron de temblar por miedo, y empezaron a hacerlo por deseo. Me perdí en sus besos bruscos, en su aliento caliente, en su forma de poseerme como si le perteneciera. Y quizás, en parte, ya lo hacía.
Cuando finalmente el atardecer cayó y su respiración se volvió más lenta contra mi cuello, aproveché para observarlo. Su rostro dormido parecía el de un ángel caído: hermoso, pero manchado por la oscuridad de sus actos. Me dolía admitirlo… pero estaba enamorada de mi captor.
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Pasaron dos días. Durante ese tiempo no volvió a mencionarme el escape. Me trató como si nada hubiera pasado, aunque sus ojos seguían clavándose en mí con una mezcla de vigilancia y deseo insaciable.
Pero yo no olvidaba el sótano.
Ese maldito sótano. Cada vez que pasaba por el pasillo y veía la puerta reforzada, un escalofrío recorría mi espalda. ¿Qué escondía ahí? ¿Qué secretos guardaba Adrian bajo esta casa?
Una tarde, mientras él se duchaba, me atreví a buscar la llave entre sus cosas. No la encontré. Pero sí descubrí una caja de madera cerrada con un candado… y una pequeña nota doblada. No me atreví a leerla. Aún no.
Esa noche, él se sentó junto a mí mientras yo leía en la cama. Me acarició el muslo con calma, como si todo lo demás no importara. Como si ya no necesitara usar la fuerza conmigo.
—Voy a salir por unos días —me dijo de repente.
Levanté la vista, tratando de no parecer demasiado interesada.
—¿A dónde vas?
—Negocios. No te incumbe.
—¿Y si te extraño?
Me miró como si no esperara esa respuesta. Luego sonrió, una mueca oscura.
—Será mejor que te quedes quieta esperando mi regreso —dijo, su voz suave y peligrosa al mismo tiempo—. Sin pensar en escapar. De lo contrario…
De pronto, me sujetó del cuello con una mano. No con fuerza, pero lo suficiente para que me sintiera atrapada. Luego giró mi rostro con brusquedad hacia la pared de enfrente.
Una pared cubierta de herramientas.
Cuchillas. Pinzas. Cadenas. Mordazas. Instrumentos que ni siquiera sabía para qué servían.
Sentí cómo mi cuerpo se helaba. La amenaza estaba clara sin necesidad de más palabras.
Pero algo dentro de mí, una rabia vieja, un odio reprimido, salió a la superficie. Mi pecho subía y bajaba con fuerza, los ojos me ardían.
Hasta que su mirada me desarmó otra vez.
—No tengo a dónde ir —susurré.
Él parpadeó.
—Ya no tengo familia. Ni nadie que me espere. Y además… —me detuve, bajando la vista— estoy embarazada.
Hubo un silencio brutal.
—¿Qué dijiste?
—Estoy esperando un hijo tuyo, Adrian —repetí, levantando la mirada—. ¿Y sabes qué es lo peor? Que no me falta nada aquí. No paso hambre. No duermo en la calle. Y tú… eres todo lo que tengo ahora.
No sé si lo dije por estrategia o por desesperación. Tal vez era verdad. Tal vez no quería regresar a esa vida miserable antes de él, no sabía si estaba embarazada pero eso me daría más tiempo para escapar.
Adrian me observó largamente. No había rabia en su rostro, ni sorpresa. Solo algo nuevo… algo parecido al miedo.
Se inclinó hacia mí, esta vez sin dureza, y me besó. Fue un beso lento, quebrado, como si no supiera cómo hacerlo sin violencia.
Y entonces supe que lo tenía. Aunque él creyera que era yo quien estaba atada a él… en el fondo, también él era prisionero de mí.
—Voy a buscar un medico que te revise y si descubro que es mentira, no tendré piedad contigo.
Mi cuerpo tembló.