Era cierto

868 Palabras
Cuando vi entrar al médico, un escalofrío recorrió mi columna. Adrián estaba detrás de él, serio, sin decir nada, con los brazos cruzados y esa mirada que me desarmaba. Sentí que las piernas me temblaban. Mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de mi pecho. Tragué saliva, intentando mantener la compostura, pero por dentro… por dentro estaba aterrada. —Quiero que te revisen —dijo Adrián con suavidad, como si no quisiera asustarme, pero igual me puso en alerta. —¿Revisarme? —pregunté, fingiendo sorpresa. El médico, un hombre mayor de rostro amable y manos precisas, ya estaba abriendo su maletín. Quise retroceder, inventar algo, cualquier cosa que me salvara. Pero ya no podía huir. Me senté en el sofá mientras Adrián se mantenía a unos pasos, observando cada uno de mis gestos. El médico me pidió que me recostara. Sentí cómo me temblaba todo el cuerpo mientras me tocaba el vientre y me hacía preguntas. No podía estar embarazada. No. No era posible. O eso me repetía yo misma para no caer en la desesperación. Pero entonces, cuando el doctor terminó la revisión, su voz quebró el silencio: —Está embarazada. De pocas semanas… pero el embarazo es real. Mi mundo se paralizó. Todo lo que había dicho, la mentira que creí que serviría para manipularlo, me explotó en la cara… y sin embargo, era verdad. Abrí los ojos, sorprendida. Miré al médico como si me hubiera dado una sentencia. Pero cuando giré la cabeza hacia Adrián, no vi furia… no vi decepción… vi una sonrisa. Una que se fue ampliando hasta que, de pronto, me tomó entre sus brazos y me levantó del sofá, girando conmigo como si fuéramos niños. —¡Vamos a tener un bebé! —exclamó, riendo como nunca antes lo había escuchado. Yo no sabía si reír o llorar. Él me apretaba con fuerza contra su pecho, besándome la frente, las mejillas, la nariz. Me sentí tan confundida, tan abrumada… pero tan extrañamente protegida. —Te juro —susurró mientras me bajaba lentamente—, te juro que te voy a cuidar como no he cuidado a nadie en mi vida. No vas a sufrir. Te lo prometo, mi cielo. Me quedé muda. Nadie me había hablado así nunca. —¿Qué quieres? —me preguntó entonces, con los ojos llenos de ternura—. ¿Qué deseas? Lo que sea. Dímelo. —Quiero… —dije con voz temblorosa—, quiero poder caminar libre por el castillo. Quiero salir al jardín, sentir el sol en la cara. No quiero estar encerrada. Dudó. Se lo vi en los ojos. Bajó la mirada por un instante, luego volvió a mirarme. Finalmente asintió. —Está bien. Puedes caminar. Solo... solo no te alejes mucho. Le sonreí por primera vez de verdad. No fue una sonrisa forzada, no fue una fachada… fue real. El médico nos interrumpió para entregarle la receta con las vitaminas, suplementos y demás cosas que necesitaría. Adrián le agradeció, luego lo acompañó a la puerta. Yo me quedé en la sala, sentada, mirando mis manos, aún en shock. Entonces escuché la puerta abrirse de nuevo, pero no era el médico. Era Greta. Entró sin anunciarse, como siempre, con ese aire de superioridad que no podía ocultar. —¿Qué está pasando? —preguntó con los ojos entrecerrados. Adrián se giró y la miró. —Está embarazada —dijo, directo, sin rodeos. Greta se quedó helada. Sus ojos se abrieron como platos, y su rostro, antes tan pulcro, se llenó de ira. —¿Qué hiciste? —escupió, caminando hacia él—. ¡¿Qué carajo hiciste, Adrián?! ¡La cagaste! No necesitamos más problemas, ¡tú sabes eso! Adrián no se inmutó. Al contrario, se acercó a ella y, para mi sorpresa… la abrazó. —Vamos a ser padres —le dijo al oído—. No lo planeé, lo sé… pero pasó. Y voy a hacerme cargo. No como mi padre. No como los nuestros. Ella lo empujó, pero no con tanta fuerza como esperaba. Estaba confundida, furiosa… y sin embargo, vi cómo su expresión cambiaba, poco a poco, mientras él la miraba con calma. —Después que ella dé a luz —añadió—, puedes criarlo si quieres. Si eso te tranquiliza. Puedes ser parte de esto. Greta lo miró, perpleja. Su rostro aún tenía rastros de rabia… pero sus labios se curvaron levemente. —¿Lo dices en serio? —Claro que sí. No voy a abandonar a este bebé… ni a ella. Se hizo un silencio extraño. Greta asintió, con una media sonrisa en los labios, aunque sus ojos seguían lanzándome dagas. No dije nada. No podía. Todo esto me estaba sobrepasando. Más tarde, esa noche, cuando Adrián volvió a mi habitación, se sentó a mi lado y me acarició el vientre. —¿Lo sientes? —susurró. —No todavía. —Yo sí —dijo con una sonrisa—. Lo siento aquí. —Se tocó el pecho—. Está vivo. Y es nuestro. Me quedé mirándolo, sin saber qué decir. Por primera vez en mi vida… no sabía si estaba cayendo… o si, por fin, alguien me estaba sosteniendo.
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