Greta fue quien entró esa mañana con una actitud completamente distinta. Por primera vez desde que puse un pie en ese castillo, me sonrió. No la típica sonrisa fingida que uno lanza por compromiso, sino una sincera, casi cálida.
—Señora... —dijo con una leve inclinación de cabeza—. El señor Adrian ha solicitado que le prepare otra habitación. La anterior no era digna de usted.
La miré confundida desde la cama. La noche anterior había sido extrañamente tranquila, pero ese nuevo tono en su voz me descolocó.
—¿Otra habitación? ¿Por qué?
—Porque lo ha pedido él —repitió como si con eso bastara—. Y cuando él lo pide... se hace.
No me dio más explicaciones. Me ayudó a vestir con más cuidado, me cepilló el cabello y, aunque no dijo nada más, pude notar que hasta el trato con las otras criadas había cambiado. Yo ya no era una prisionera más. No sabría decir qué era, pero sentía que algo se había transformado.
La nueva habitación estaba en una de las alas más altas del castillo. Tenía un ventanal enorme con vistas al jardín trasero y un balcón lo suficientemente amplio como para sentarse en él. La cama era grande, con sábanas suaves, recién puestas, y había una bandeja sobre la mesa: frutas frescas, pan tibio, zumo recién exprimido. Ni rastro de la comida insípida y fría que solían traerme.
—¿Qué cambió? —le pregunté a Greta cuando me dejó allí.
Ella bajó la mirada un segundo y, como si tuviera miedo de hablar de más, dijo:
—A veces... él tarda, pero ve. Solo hay que tener paciencia.
Y se fue.
Pasé buena parte de la mañana explorando la habitación, respirando ese aire limpio que entraba por el ventanal. Por primera vez, me sentí casi libre dentro de esas paredes. Después de desayunar, no me encerraron. Salí. Caminé por los pasillos alfombrados, crucé la galería donde colgaban los retratos antiguos, recorrí los salones en silencio.
Nadie me detuvo.
Y entonces, lo hice: empujada por la curiosidad y algo más fuerte que yo misma, salí por una puerta lateral y caminé por los jardines. Los arbustos estaban podados con precisión, el aroma a lavanda y jazmín flotaba en el aire como un perfume delicado. A lo lejos, vi un sendero. Un camino de grava blanca que se internaba en la vegetación más espesa.
Mis pies me llevaron por él sin pensarlo.
Las flores comenzaron a escasear, los arbustos se tornaron salvajes. Y, después de varios metros, el camino desembocó en algo inesperado: un bosque espeso y profundo. No había cerca, ni rejas, ni guardias. Solo árboles altos y la sensación de que, si daba un paso más, estaría fuera. Libre.
Escuché agua. Un río o un arroyo cercano. El sonido me envolvía, como un canto lejano que me invitaba a seguir adelante.
Podía huir. Podía escapar.
Me detuve justo en el centro del sendero, entre la seguridad del castillo y la promesa del bosque.
Mi corazón latía con fuerza.
Todo ese tiempo, había soñado con ese momento. Soñado con salir, con correr sin mirar atrás, con dejar a Adrian y sus muros y sus reglas en el pasado. Pero ahora que estaba allí, con la oportunidad real de escapar… algo dentro de mí no se movía.
No quería irme.
No porque no pudiera. No porque tuviera miedo. Sino porque… algo más fuerte me ataba.
Adrian.
Pensé en él. En su mirada tormentosa, en la manera en que me hablaba sin decir todo, en cómo se contenía y al mismo tiempo me protegía. En cómo me buscaba incluso cuando decía que no lo haría.
El mundo afuera ya no tenía nada que ofrecerme. Y aunque la lógica gritaba que corriera, que huyera antes de que fuera demasiado tarde, el corazón... ese traidor... solo quería volver a verlo.
Así que di media vuelta.
Mis pies me llevaron de regreso por el mismo sendero, y cuando estuve cerca del jardín otra vez, escuché voces. Voces apuradas. Pasos. Órdenes cortantes.
—¡Revísenlo todo! ¡Jardines, torres, invernadero!
Era su voz.
Adrian.
Avancé un poco más y lo vi. Estaba rodeado de hombres de seguridad, su rostro tenso, los ojos buscando en todas direcciones.
—¡No puede haber salido! ¡Quiero que la encuentren ahora!
Di un paso al frente, saliendo de entre los arbustos. Mi vestido blanco estaba manchado de tierra y mis zapatos empolvados, pero no me importó.
—Estoy aquí —dije, alzando la voz.
Él se giró como si lo hubieran golpeado en el pecho.
—¡¿Qué demonios estabas haciendo?! —gritó, caminando hacia mí con pasos rápidos, furiosos, dolidos.
Pero yo no me moví.
—Estaba en el bosque —respondí con calma—. Vi una posible ruta de escape… y no la tomé.
Él me miró, jadeando, como si no pudiera creer lo que oía.
—¿Y eso qué significa? ¿Me estás provocando?
Negué con la cabeza. Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Significa que pude irme, Adrian. Pero no lo hice. No quiero escapar.
—¿Y por qué no? —espetó, clavando sus ojos en los míos.
—Porque no hay nada allá afuera para mí. Porque no quiero correr más. Porque… quiero estar contigo —confesé, sin rodeos.
El silencio que siguió fue tan espeso como el bosque. Los guardias se alejaron discretamente. El mundo se detuvo.
Él me miró, su mandíbula tensa, la emoción peleando por salir a la superficie.
Yo lo abracé. Sin pedir permiso, sin miedo. Lo rodeé con mis brazos y apoyé mi cabeza en su pecho. Su respiración era agitada, y por un instante temí que me apartara. Pero no lo hizo.
Sintió mi vientre contra él.
Y entonces ocurrió algo que me quebró por dentro.
Adrian se agachó lentamente, con las manos en mis caderas, y sin decir una sola palabra… besó mi vientre.
Con dulzura. Con devoción. Como si ahí estuviera el secreto más sagrado del universo.
—Ahora entiendes —murmuró, todavía inclinado, con la frente apoyada sobre mi estómago—. Por qué no puedo dejarte ir. Por qué no soportaría perderte.
Sus palabras me atravesaron.
Yo ya lo sabía.
Y también sabía que ese momento lo cambiaba todo.
No había vuelta atrás.
El castillo podía tener mil puertas, pero mi corazón ya había elegido quedarse.
Con él, con mi secuestrador