Mi vida había cambiado en cuestión de semanas. A pesar de estar presa, me sentía… feliz. No era libertad lo que tenía, pero había algo en esta nueva rutina que me hacía sentir completa. Tal vez era la certeza de que dentro de mí latía una pequeña vida, la vida del hombre que, contra toda lógica, amaba con todo mi ser. Iba a ser madre. De Adrian.
Y aunque nada había comenzado bien entre nosotros —porque cómo llamarle “bien” a ser secuestrada por un extraño en una noche oscura—, lo cierto era que ahora… todo estaba mejor. Él ya no era el hombre frío y cruel que me miraba con desdén, ni yo la mujer aterrada que rogaba por salir. Algo había cambiado. Nos habíamos transformado. Y con esa transformación, también cambió el castillo.
Greta me cambió de habitación. La nueva era amplia, luminosa, con cortinas de seda que bailaban con el viento, un balcón con vista a los jardines y una cama tan grande que podía rodar y aún así no llegar al otro lado. Las comidas mejoraron: frutas frescas, sopas caseras, panes calientes, jugos naturales. Ya no era prisionera, era… algo más. Y aunque no tenía nombre lo que era para él, para mí bastaba saber que cada vez que me miraba, sus ojos ya no eran de hielo, sino de fuego.
Caminaba por el castillo ese viernes, uno de esos días templados donde el sol entra por las ventanas con la suavidad de un susurro. Me dirigía hacia la biblioteca, cuando sin darme cuenta me interné en el ala prohibida. Antes no podía estar allí, pero ahora tenía permiso. Adrian me lo había dicho la noche anterior, mientras me acariciaba el cabello:
—Puedes ir a donde quieras, mientras no me niegues la oportunidad de encontrarte.
Y yo le había sonreído, sin saber del todo qué significaban sus palabras.
Estaba por marcharme cuando algo me detuvo.
Un sonido.
Un quejido.
Fruncí el ceño. No era un sonido común, ni propio del castillo. Venía de más allá, de una puerta de madera oscura con detalles dorados, al final del pasillo. Dudé por un segundo, mi sentido común me dijo que no debía seguir, que lo prudente era dar media vuelta. Pero ya era tarde. La curiosidad era una llama que no podía apagar.
Avancé con paso lento. El sonido se repetía, más claro: gemidos, cadenas, un zumbido como el chasquido de un látigo. Algo no estaba bien. Apoyé mi oído contra la puerta. Respiraciones agitadas, jadeos, incluso algunas risas. Tragué saliva. La puerta no estaba cerrada con llave. La empujé apenas, con cuidado, intentando no hacer ruido.
Lo que vi me dejó petrificada.
Era un salón grande, iluminado con candelabros bajos que bañaban todo en una luz ámbar. En el centro, varias mujeres… encadenadas. Algunas con ropa elegante, otras con vestidos cortos, otras directamente desnudas. Sus muñecas estaban sujetas con cadenas doradas que colgaban del techo o de columnas talladas. Alrededor de ellas, hombres enmascarados, vestidos con trajes impecables, portaban látigos, plumas, aceites, objetos que no supe reconocer.
Las mujeres gritaban. Algunas de placer. Otras, no lo podía asegurar.
Me llevé la mano a los labios, incrédula.
No era una escena de dolor… tampoco de amor.
Era como una representación exagerada, una mala copia de esas novelas oscuras de “amo y sumisa”. Una versión retorcida de las masmorras modernas.
Pero había algo más.
Entre las sombras, distinguí a Greta. Llevaba un vestido de terciopelo n***o, ajustado al cuerpo, y una máscara de encaje que apenas cubría sus ojos. Estaba de pie, con una copa de vino en la mano, observando todo como una anfitriona que disfruta el espectáculo que ha montado. A su lado, otro hombre —de espaldas— hablaba con ella. Su voz era baja, gutural, y aunque no lo reconocí de inmediato, algo en su postura me hizo fruncir el ceño.
Retrocedí.
El corazón me latía con fuerza. Cerré la puerta sin hacer ruido, pero mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. Di un paso atrás. Luego otro. Me sentía sucia. Aturdida. ¿Qué era ese lugar? ¿Qué hacía Greta allí? ¿Sabía Adrian de esto? ¿Formaba parte?
Caminé por el pasillo como si huyera. El castillo que hace un momento me parecía cálido ahora me resultaba amenazante. Bajé por las escaleras con rapidez. Necesitaba aire. Salí a los jardines.
El aire fresco me golpeó el rostro. Caminé sin rumbo, tratando de borrar la imagen que se había grabado en mi cabeza. Cruzando los rosales, llegué al sendero empedrado que serpenteaba hacia la parte trasera del castillo. Y sin pensarlo, seguí caminando. Los árboles comenzaron a rodearme. Estaba entrando al bosque, aquel que había descubierto, me senté en la tierra
¿Que era todo eso? ¿Acaso la chica de la otra noche fue una víctima ? ¿era esto acaso un castillo del terror?
Tenía que averiguar, esa era mi meta, pero había perdido el tiempo creyendo en la casita feliz, si Adrian era parte de todo esto, tendría que buscar la manera de escapar y abandonarlo, no sería buen padre.
Camine de regreso al castillo, por suerte nadie me buscaba, así que aproveche para ir a la cocina y agarrar una manzana para que los empleados me vieran, para luego ir al lugar donde prometí no volver, El sótano.