El reclutador

1040 Palabras
La oscuridad del sótano era más densa de lo que esperaba. El aire estaba viciado, cargado de un olor a humedad, sangre seca y perfume caro. Mis pasos resonaban ahogados sobre el suelo de piedra, y aunque intentaba mantenerme en silencio, cada movimiento me parecía un estruendo. Apreté los puños. Mi corazón palpitaba con fuerza, no solo por el miedo… sino por la furia. No podía creer lo que había visto arriba, en aquella sala de supuestas “fantasías” que más bien parecía un espectáculo enfermo para mentes retorcidas. Pero nada, absolutamente nada, se comparaba con lo que encontré allí abajo. Había una hilera interminable de puertas de hierro, como celdas modernas. Una luz roja parpadeaba sobre cada una. Me acerqué con cuidado a la primera y me asomé por la ventanilla diminuta. Lo que vi me heló la sangre. Una joven, no mayor que yo, encogida en una esquina, con el rostro amoratado, la piel del cuello con marcas visibles de presión. En su mirada no había miedo: había resignación. Dolor. Derrota. —¿Estás bien? —pregunté en voz baja, pegando mi rostro a la ventanilla. La chica me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. —¿Quién eres? —musitó. —Una amiga —respondí con rapidez—. Vine porque escuché ruidos… Vi cosas arriba, pero esto… esto es peor. ¿Hay más chicas? Ella asintió. —Muchísimas. Estamos en habitaciones separadas para que no nos unamos. Para que no podamos comunicarnos ni pensar en rebelarnos. —¿Quién… quién las trajo aquí? Hubo un silencio denso, y entonces, otra voz se sumó desde la celda contigua: —Adrian. Él es el que nos trajo. Sentí que se me helaba la sangre. Adrian. El mismo hombre que me había salvado la vida. El mismo que me hablaba con dulzura en los pasillos. El que me miraba como si yo fuera la única cosa buena en su mundo podrido. —¿Están seguras? —logré decir, aunque sentía que el mundo se tambaleaba a mi alrededor. —Nos prometió trabajos en Europa. Algunas veníamos de la calle, otras de orfanatos. Todas queríamos una oportunidad… Y él sabía exactamente qué decir para convencernos —dijo una tercera voz, ronca y débil—. Luego nos drogó. Despertamos aquí. Tragué saliva. Me sentí estúpida. Ingenua. Había confiado en él. Había dejado que me besara. Había empezado a amar su voz, su forma de mirarme, esa tristeza que arrastraba en los hombros como un peso maldito. ¿Todo había sido mentira? —Lo siento tanto —susurré, sin poder contener las lágrimas—. Voy a sacarlas de aquí. Lo juro. Voy a encontrar una forma. Pero necesito que me ayuden. ¿Cuántas habitaciones hay? —Cincuenta y seis —dijo una—. Pero no todas están llenas. A veces se las llevan… y no vuelven. No pude evitar estremecerme. Caminé por el pasillo contando puertas. En algunas celdas no había nadie. En otras, encontré chicas dormidas, deshidratadas, muchas con heridas abiertas. Me sentía impotente. ¿Cómo demonios había llegado hasta ahí? ¿Cómo no vi antes lo que realmente era este castillo? Una idea cruzó mi mente: tenía que sacar pruebas. Saqué el pequeño celular que guardaba en el sostén, uno de los pocos objetos personales que conservaba desde mi arresto. Había logrado cargarlo usando una toma secreta en la biblioteca del ala norte. Encendí la cámara, activé la opción sin flash y empecé a grabar. —Voy a sacar a todas —dije, asegurándome de que mi voz se escuchara en el video—. Esta es una red de trata. Están encerradas bajo tierra. No sé cuántos más están involucrados, pero voy a salir de aquí. Voy a regresar con ayuda. Entonces escuché pasos. Apagué la cámara de inmediato, guardé el celular y corrí a esconderme detrás de unas cajas llenas de sábanas. Mi respiración era agitada. Las pisadas eran firmes, seguras… conocían el camino. Luego escuché una voz que no esperaba. —¿Qué haces aquí? Salí de mi escondite lentamente, con el estómago revuelto. La silueta de Adrián emergió de la penumbra. Llevaba su ropa habitual: camisa blanca impecable, mangas arremangadas, las manos metidas en los bolsillos. Su expresión era tranquila, pero sus ojos… sus ojos ya no eran los mismos. —¿Qué haces tú aquí? —repliqué con dureza. Adrian me miró largo rato. No dijo nada. Caminó hasta una de las puertas y pasó la mano por la cerradura biométrica. Miró a la chica del interior y luego volvió a mirarme. —No era para ti —murmuró—. Nunca ibas a saberlo. Tenías que quedarte en el ala norte. Segura. Protegida. —¿Protegida? ¿Mientras tú secuestras mujeres? ¿Las encadenas como animales? ¡Son humanas, Adrian! —No entiendes —gruñó, más dolido que molesto—. No sabes lo que hay detrás. Este castillo… esta red… No soy el único. Si yo caigo, no me llevaré a uno o dos… sino a toda una red que incluye políticos, empresarios, jueces. Si las dejo ir, todos morimos. Ellas incluidas. Me acerqué con furia. —¡Eso es una excusa cobarde! Ellas están rotas, destruidas… ¿y tú hablas de protegerlas? Se acercó más, tan cerca que podía sentir su aliento. —Lo hice por ti —susurró con los ojos clavados en los míos—. Porque te enamoraste de mí. Porque yo… también me enamoré. Me paralicé. —¿Y eso qué cambia? —Cambia que por primera vez en años tengo algo que perder. Y odio que seas tú la que me destruya. Me temblaban las piernas. Lo odiaba. Lo amaba. Lo odiaba por hacerme amarlo. Y lo amaba por odiarme. No dije nada. Solo caminé hacia la escalera. Él no me detuvo. Subí con pasos firmes, el corazón roto, la mente confundida, pero la decisión tomada. Iba a sacar a todas. Iba a quemar ese infierno hasta los cimientos. Y si eso significaba destruir al hombre que había empezado a amar… lo haría. Porque ahora no solo era una prisionera. Era una madre. Y ninguna madre permite que su hijo nazca en un mundo donde el silencio protege a los monstruos.
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