Martina iba de copilota en el coche que conducía Vanessa. Era la hora de almorzar, pero preferían estacionar cerca de su local y dejar las cosas ya en la tienda. Aunque tuvieran menos tiempo, al menos almorzarían tranquilas, sin las prisas por volver y buscar aparcamiento en la zona, que solía estar bastante complicada a esas horas. La mañana había sido intensa, cosa que Martina agradeció, porque tras la conversación con Leo prefería tener la cabeza amarrada a algún ancla, antes que dejarla a la deriva por mareas de rencor o autocompasión. Pero a pesar de todo, Martina no había podido evitar pensar en el asunto que había puesto patas arriba su vida: desde que cometió aquel error con Víctor todo había ido de culo, cuesta abajo y sin frenos. ¿Se podía tener peor suerte? Pero no, no era sol

