Capítulo 1: La Kimberly, un culero y el Brian
La Kimberly se quedó mirando el reflejo en el espejo del baño, ese que tenía una mancha de humedad en la esquina que parecía un mapa del olvido. Sus rizos negros, densos y largos hasta la cintura, eran lo único que conservaba de la mujer que alguna vez fue "la reina de la cuadra". Ahora, esos ojos color marrón, que antes disparaban chispas de coquetería, estaban apagados, hundidos en unas ojeras que ni el maquillaje más barato podía esconder. Se tocó la piel canela de los brazos, sintiendo la textura de las estrías que se abrían paso como grietas en una tierra seca. Sus labios gruesos, que antes solo sabían a risas y a planes de grandeza, estaban resecos, mordidos por la ansiedad de no saber qué carajos iba a poner en la mesa mañana.
—¡Ya voy, gorda! —se soltó a sí misma, con una voz que era una mezcla de burla y derrota.
Ese era su mantra diario. La "gorda" ya no era un apodo de cariño; era una sentencia. El sobrepeso no era solo grasa, era el sedimento de una depresión que se le metió en los huesos el día que la sangre corrió por sus piernas y el segundo hijo que esperaba se volvió un recuerdo antes de ser un llanto. Y luego, para acabar de hundirla, el culero de su esposo decidió que "él no estaba hecho para vivir con una mujer rota". El tipo agarró sus cosas y se largó, dejándola a ella y al Brian en una casa que olía a cloro y a sueños podridos. El culero no tuvo los huevos para quedarse a recoger los pedazos; prefirió irse a buscar una vida más "ligera", mientras ella se inflaba con pastillas para la ansiedad que la dejaban atontada, como si estuviera caminando bajo el agua.
La Kimberly apretó el frasco de Sertralina. Esas mugres pastillas eran su única compañía en las noches de insomnio. Cada vez que tragaba una, sentía que le robaba un pedazo de alma a cambio de no sentir ese hueco en el pecho que la hacía querer gritar hasta romperse las cuerdas vocales. Pero no podía gritar. Tenía al Brian, que a sus pocos años ya cargaba con una mirada de viejo, viendo cómo su mamá se transformaba en una extraña que pesaba el doble y sonreía la mitad.
Lo más cruel no era el hambre, ni la soledad, ni la ropa que ya no le cerraba. Lo más culero era la familia. Esas tías que se daban golpes de pecho en la iglesia de la esquina, pero que cuando la veían pasar, cuchicheaban entre dientes. "Ella se buscó esa vida", decían con una superioridad moral que apestaba a naftalina. "A nadie le obligaron a juntarse con ese vago", soltaba su madre mientras le negaba un préstamo de cien pesos para la leche del niño, recordándole que "las malas decisiones se pagan con creces". La Kimberly era la paria, la advertencia que usaban con las primas más jóvenes: "No vayas a terminar como tu tía la Kimberly, toda gorda y abandonada". La sátira social se escribía sola; una mujer con facciones de diosa prehispánica, con esa nariz pequeñita y una belleza que solía detener el tráfico, ahora era el hazmerreír de los que se decían "gente de bien".
Se sentó en la orilla de la cama, que rechinó bajo su peso como si también se estuviera quejando de su existencia. Escuchaba el eco de los besos que el culero le daba antes de que todo se fuera a la chingada. Eran besos que sabían a promesa, pero que resultaron ser puros cheques sin fondo. Ahora, el único eco que habitaba la casa era el del silencio después de una pelea con el Brian porque no había para el internet de la escuela. Las manos del reloj se movían lentas, burlonas, marcando un tiempo que a ella ya no le pertenecía. Se sentía estancada en un eterno lunes de resaca emocional.
—Tengo que salir por el pan —murmuró, tratando de levantarse.
El esfuerzo físico la dejó sofocada. El sobrepeso era una armadura que ella misma se había construido para que nadie más pudiera acercarse a herirla, pero terminó convirtiéndose en su propia celda. Cada escalón que bajaba era un recordatorio de su caída. En la calle, la mirada de los vecinos era como un látigo. La veían y veían el fracaso encarnado. La Kimberly, la que iba a ser modelo, la que escribía canciones, ahora era solo la "señora de los rulos" que compraba lo más barato en el tianguis y que siempre traía la mirada perdida por las pinches medicinas.
Se acordaba de lo que le cantaba su madre cuando era niña, esas canciones de cuna que hablaban de ángeles y de mundos de caramelo. ¡Qué gran mentira! La realidad era este río de lágrimas que ella había tenido que llorar para no ahogarse en su propia bilis. Había repasado cada palabra, cada insulto, cada portazo, tratando de entender en qué momento el destino decidió ensañarse con ella. ¿Fue cuando decidió creerle al culero? ¿O cuando dejó que la depresión le ganara la partida al espejo?
La nostalgia por la mujer que fue la estaba matando más rápido que la ansiedad. Extrañaba su ligereza, extrañaba sentir que el mundo le quedaba pequeño. Ahora, el mundo era demasiado grande y ella se sentía demasiado pesada para recorrerlo. La ironía de la vida era que, mientras más grande se hacía su cuerpo, más invisible se volvía para la sociedad. Nadie veía a la mujer que sufría por un hijo que nunca nació; solo veían a una gorda descuidada que "no se quería a sí misma".
—Brian, ya vámonos —le dijo al niño, que la esperaba en la puerta con su mochila rota.
El chamaco la miró y, por un segundo, la Kimberly vio en los ojos de su hijo el reflejo de la ternura que aún le quedaba. Pero fue un destello fugaz. La realidad se impuso de nuevo: el recibo de la luz vencido, la despensa vacía y esa pinche sensación de que, hiciera lo que hiciera, siempre iba a estar a un paso del abismo.
Caminó por la banqueta, sintiendo el sudor correr por su espalda. El sol de la tarde le pegaba de lleno, resaltando el brillo de sus rizos negros que se agitaban con el viento. A pesar de todo, de la crueldad de su familia, del abandono del culero y de los madrazos de la vida, la Kimberly seguía moviendo los pies. Era una marcha fúnebre, sí, pero seguía siendo una marcha.
Tuvo que llorar un río, y ese río se había desbordado tantas veces que ya no quedaba tierra seca donde pararse. Pero ahí iba, con sus rizos al viento y su corazón medicado, tratando de encontrar una razón para no apagar la luz del mundo definitivamente. Porque, aunque el tiempo pasara y las manos del reloj le recordaran todo lo que perdió, ella sabía que mientras el Brian respirara, ella no tenía permiso de rendirse, aunque la vida fuera una sátira de mal gusto y ella la protagonista de una comedia negra que nadie quería ver.
Se detuvo frente a la panadería. El olor al pan recién hecho le trajo un recuerdo punzante de cuando era feliz. Cerró los ojos con fuerza. "No llores, gorda", se ordenó. "Ya lloraste suficiente". Pero las lágrimas, tercas como ella, se resbalaron por su piel canela, perdiéndose entre sus labios gruesos. El eco de los besos perdidos se mezcló con el ruido del tráfico, y por un momento, la Kimberly deseó que el reloj se detuviera para siempre, para no tener que despertar mañana a enfrentar la misma miseria disfrazada de rutina.
Sin embargo, el reloj no se detuvo. Siguió su marcha indiferente, cruel y constante, recordándole que mañana tendría que levantarse de nuevo, tomarse su pastilla, mirarse al espejo manchado y decirse, una vez más, con todo el dolor y la rabia del mundo: "Ya voy, gorda". Porque en esta vida de perros, a veces el acto más heroico no es triunfar, sino simplemente no dejarse morir, aunque el alma pese más que el cuerpo y el cielo se haya olvidado de tu nombre.