Capítulo 2: De Cristales Rotos y Papas Quemadas

1631 Palabras
La Kimberly se despertó con el sabor amargo de la Sertralina pegado al paladar y el rugido de sus tripas exigiéndole algo más que agua de la llave. El sol de la mañana entraba por la ventana sin cortinas, castigándole los ojos marrón que sentía hinchados, como si dos hormigas le estuvieran picando por dentro de los párpados. Se levantó de la cama, que soltó un quejido de madera vieja, un "ay, cabrona" metálico que ya era parte de la banda sonora de sus días. Miró al Brian, que seguía dormido en el colchón del suelo, hecho bolita, tratando de ignorar que el hambre también despierta temprano. —Ya voy, gorda —se masculló frente al espejo, mientras se amarraba los rizos negros en una cola de caballo que pesaba como una culpa. Se puso la blusa más holgada que tenía, una que alguna vez fue de un color lila vibrante y que ahora parecía el trapo de cocina de un taller mecánico. Tenía que conseguir lana. El casero, un viejo rabo verde que se creía dueño de medio barrio, ya le había advertido que si para el viernes no había renta, sus chivas iban a amanecer en la banqueta decorando la calle. Su primera parada fue en las Lomas de la Chingada, o sea, esa colonia donde la gente tiene pasto en lugar de banquetas y perros que comen mejor que el Brian. Había conseguido el dato de una doña que necesitaba "ayuda general". Al llegar, la mujer, una "güera" de esas que tienen la cara tan estirada que no pueden parpadear, la barrió de arriba abajo con una mirada que olía a desinfectante caro. —¿Tú eres la que viene a limpiar? —preguntó la doña, haciendo una mueca como si hubiera olido un calcetín sudado—. Te ves... un poco pesada, ¿segura que puedes con la escalera? —Ni que fuera a volar, jefa. Nomás vengo a trapear —contestó la Kimberly, tragándose el "pinche flaca oxigenada" que le bailaba en la punta de la lengua. Todo empezó mal. El medicamento para la ansiedad la traía en una frecuencia de radio vieja, medio lenta, medio ida. Mientras intentaba sacudir unas figuritas de cristal que costaban más que su libertad, el cuerpo le traicionó. El sobrepeso no perdonaba; al tratar de alcanzar un ángel de porcelana en un estante alto, su cadera rozó una mesita de centro que parecía estar hecha de aire y pretensión. ¡Cata-plum! Un florero de Murano terminó convertido en confeti de vidrio. —¡Mi jarrón de la herencia! —chilló la doña, entrando al cuarto como si hubiera visto al mismo diablo. —Fue un accidente, jefa, es que el piso está muy encerado... —¡Déjate de pendejadas, gorda! Eres un peligro andante, pareces una vaca en una cristalería. ¡Lárgate antes de que rompas la casa entera! Y ni creas que te voy a pagar el tiempo, me sales debiendo media vida. La Kimberly salió de ahí con las orejas calientes y el orgullo hecho trizas. Se sentó en la banqueta a esperar que el mareo se le pasara. "¿Ves, gorda? Por eso no podemos tener cosas bonitas", se dijo, mientras veía a una jardinera pasar con una podadora manual. Se le prendió el foco. "Cortar pasto no tiene ciencia, nomás es empujar", pensó con una ingenuidad que rayaba en el masoquismo. Se acercó a un vecino que tenía el jardín como selva de Jumanji. El señor, un tipo con cara de pocos amigos, le prestó una podadora vieja a cambio de unos pesos si terminaba rápido. La Kimberly se escupió las manos, agarró el manubrio y empujó. Pero el pasto estaba alto y húmedo, y la podadora era de esas que exigen que le metas el alma. A los tres metros, el corazón empezó a zapatearle en el pecho como si quisiera salirse por la boca. El sudor le corría por la piel canela, empapándole los rulos y bajando por su espalda en cascadas de derrota física. El sobrepeso se le hizo presente en las rodillas, que empezaron a tronar como palomitas de maíz. Se sofocó. El aire no le llegaba a los pulmones, se le quedaba atorado en la garganta, bloqueado por la grasa y la angustia. Se tuvo que apoyar en la máquina, jadeando como un perro viejo al mediodía. El dueño del jardín salió a ver qué pasaba. —Oiga, doña, ¿se va a morir ahí o qué? Ya lleva media hora y nomás ha hecho un camino de hormiga. Quítese de ahí, no me vaya a dar un infarto en mi propiedad que luego sale más caro el entierro. —Espéreme... déjeme agarrar aire... —balbuceó ella, sintiendo que la presión se le subía hasta las cejas. —Nada de aire, mejor agarre sus cosas y camínele. Se ve que lo suyo es comer, no trabajar. Ese comentario le dolió más que el hambre. La sátira de su existencia era que la gente pensaba que comía por gusto, cuando cada bocado era un intento desesperado por tapar el hoyo n***o que le dejó el aborto y la huida del culero de su ex. Se fue de ahí sin un peso, con las piernas temblando y una rozadura en los muslos que ardía como el mismísimo infierno. Eran ya las dos de la tarde y el sol no tenía piedad. El Brian ya debía de estar buscando qué roer en la cocina. Con la última pizca de dignidad que le quedaba, se arrastró hasta el mercado municipal. El olor a cilantro, sangre de carnicería y fruta podrida la recibió como un abrazo de realidad. Se acercó al puesto de "Don Chon", un señor con una panza casi tan grande como la de ella, pero con unos ojos que no juzgaban, sino que calculaban. —¿Qué paso, Kimberly? Te ves como si te hubiera pasado un tráiler por encima —dijo el viejo, mientras acomodaba unas cajas de jitomate. —Busco chamba, Don Chon. Lo que sea. Aunque sea acomodando la mercancía o atendiendo a la gente. Necesito lana para el Brian. El viejo la miró un momento, vio el sudor, vio la desesperación y, sobre todo, vio que la Kimberly seguía de pie a pesar de parecer un árbol a punto de caer. —Órale pues, ponte ahí en el puesto de las verduras. Atiende a las doñas, grítales que tenemos lo mejor de la temporada. Pero no te me vayas a quedar dormida por las pastillas esas que te metes. Ahí fue donde el mundo empezó a tener un poco de sentido. La Kimberly tenía ángel, o tal vez era que su voz, profunda y curtida por el cigarro y el llanto, atraía a la gente. Empezó a despachar bolsas de cebolla, a pesar los chiles serranos y a regalarle una sonrisa de labios gruesos a los marchantes. Su sentido humor salió a flote; cuando una señora se quejó de que las papas estaban "un poco sucias", la Kimberly le contestó: "Pues claro, jefa, vienen de la tierra, no de una estética. Si las quiere bañadas y peinadas, le van a salir al doble". La doña se rió y se llevó tres kilos. Al final de la jornada, sus pies eran dos tamales hinchados y la espalda le pedía clemencia a gritos, pero Don Chon le extendió unos billetes arrugados y una bolsa con unos jitomates medio mallugados, dos papas y una cebolla que ya quería retoñar. —Ten, para que le lleves algo al chamaco. Mañana te espero temprano, no me falles. La Kimberly caminó de regreso a casa, sintiendo el peso de la bolsa como si fuera un tesoro. Al llegar, el Brian la esperaba sentado en el escalón, con la cara lavada pero los ojos tristes. —¿Trajiste algo, amá? —preguntó el niño. —Traje cena, gordo. Metete que te voy a hacer unas papas con jitomate que te vas a chupar los dedos. En la cocina, la Kimberly puso a calentar el sartén con un chorrito de aceite que le quedaba. Cocinó las papas con una dedicación religiosa, cuidando que cada pedazo estuviera bien cocido. Sirvió un plato generoso para el Brian y ella se quedó con lo que sobró: un par de rodajas de papa quemada y un pedazo de cebolla frita. El Brian devoró la comida en silencio, mientras la Kimberly lo miraba desde la sombra. Su estómago protestaba, mandándole señales de dolor que ella ignoraba cerrando los ojos. Ella solo comería un poco, apenas para engañar a la tripa y que el medicamento no le hiciera pedazos el hígado. Lo que importaba era que el Brian no tuviera que soñar con comida esa noche. Se sentó en la silla desvencijada, sintiendo cómo el cansancio se le trepaba por el cuello. ella, la que antes era una "preciosura", ahora era una sombra que trabajaba por sobras, una madre soltera que el sistema prefería ignorar o usar de mal ejemplo. Pero ahí estaba, masticando su papa quemada, con el sabor a ceniza y a gloria mezclados en la boca. —Mañana va a ser otro día, gorda —susurró, mientras veía al Brian limpiar el plato con un pedazo de tortilla vieja. Mañana tendría que volver al mercado, volver a aguantar los pies hinchados y las miradas de lástima, pero por hoy, el hambre se había ido a dormir a otra parte. Se tocó los rizos negros, ahora llenos de polvo de mercado, y sintió un pequeño triunfo. Un triunfo amargo, oscuro, con sabor a medicina y a mercado, pero triunfo al fin. El culero se había ido, la familia le había dado la espalda, pero la Kimberly seguía ahí, gorda, rota, pero de pie, cocinando papas en el fin del mundo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR