Capítulo 3: Dagas Frías y Pasas Secas

1963 Palabras
El despertador no era una maquinita, sino el Brian sacudiéndole el brazo con esa delicadeza que solo tienen los niños que han aprendido demasiado pronto que su mamá es de cristal y se puede romper. La Kimberly abrió los ojos y lo primero que vio fue la carita de su hijo, esos ojos que parecían cámaras fotográficas registrando cada grieta del techo. El Brian, con apenas cinco años, ya andaba en primero de primaria porque en el kínder se aburría soberanamente; el chamaco leía las etiquetas de los frascos de medicina mejor que ella y sabía sumar el cambio de las tortillas antes de que el señor de la tienda terminara de picar las teclas. —Ya es hora, amá. Te traje agua —dijo el niño, pasándole un vaso de plástico con una seriedad que dolía. La Kimberly se sentó en la orilla de la cama, sintiendo cómo la espalda le tronaba como si trajera una bolsa de totopos en la columna. Se tomó su pastilla para la ansiedad, esa que la mantenía en un "viaje" constante donde el mundo se veía borroso pero al menos no sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Se miró al espejo. Sus rizos negros, largos y apretados, le llegaban hasta la cintura, enredándose en las carnes que ahora le sobraban por todos lados. Se pasó un peine con rabia, tratando de domar esa melena que era lo único que le quedaba de cuando era "la Kimberly", la que todos querían sacar a bailar en las quinceañeras. Se puso sus tenis viejos y salieron al mercado. El Brian iba agarrado de su mano, pero a veces se adelantaba para recoger un envase de plástico o para señalarle que el semáforo ya iba a cambiar. El niño era un imán de emociones; la miraba de reojo y sabía perfectamente si ella traía la nube negra encima o si ese día la pastilla sí estaba haciendo su chamba. Llegaron al puesto de Don Chon. El olor a cilantro mojado y a tierra de papa le llenó la nariz. La Kimberly se puso el mandil, que apenas le cerraba, y empezó a acomodar las pirámides de jitomate con una precisión casi religiosa. El Brian se sentó en una cajita de madera a un lado, sacó un cuaderno y se puso a dibujar figuras geométricas, pero sus orejas estaban bien paradas, escuchando todo el chisme del mercado. —¡Llévele, jefa! ¡Marchante, hay aguacate del bueno, no como el corazón de su ex! —gritaba la Kimberly, tratando de que la voz no se le quebrara. A media mañana, cuando el calor empezaba a apretar y el sudor le bajaba por la piel canela, entre los rizos empapados, la vio. Ahí venía su madre, la Doña Enedina. Venía caminando con esa tiesura de quien trae un palo metido por la espalda, cargando su bolsa de mandado con una elegancia de mentira, como si no viviera en la misma colonia polvorienta que todos los demás. La Kimberly sintió que el estómago se le hacía un nudo, y no era por el hambre. Su mamá siempre había sido su crítica más feroz, no porque fuera perfecta, sino porque era un fracaso disfrazado de decencia. La Enedina quiso ser cantante, quiso ser rica, quiso ser la envidia del barrio, y como terminó vendiendo catálogos y aguantándole borracheras a un marido que luego también la dejó, puso todas sus fichas en la Kimberly. Cuando la Kimberly se puso "bonita" y empezó a llamar la atención, la Enedina se sentía la dueña del mundo. Pero en cuanto la vida se puso perra, en cuanto llegó el aborto y el abandono del culero de su esposo, y la Kimberly empezó a inflarse de tristeza y pastillas, la Enedina la borró del mapa. No podía soportar ver en su hija el mismo reflejo de derrota que ella cargaba. La Enedina se detuvo frente al puesto. Miró los jitomates y luego, lentamente, subió la vista hacia la Kimberly. Sus ojos eran dos dagas frías. —Vaya... así que aquí terminaste, Kimberly. Entre la mugre y las moscas —soltó la vieja, sin saludar, con una voz que chorreaba veneno. —Aquí se trabaja, amá. O qué, ¿esperabas encontrarme en un spa de las Lomas? —contestó la Kimberly, apretando un pepino con tanta fuerza que casi lo parte—. El hambre no sabe de estéticas, y pues ya ves, con este cuerpo de ropero que me cargo, en algún lado tengo que acomodarme. La Enedina soltó un bufido de asco, mirando los brazos gruesos de su hija y la blusa manchada de jugo de fruta. —Mírate nomás. Das lástima. Yo que te puse clases de danza, que te cuidaba el pelo para que parecieras de comercial... y ahora pareces una botarga de la Micheline. ¡Qué desperdicio de genes! Me da vergüenza decir que eres mi hija. Todo por no saber amarrarte a un hombre y por dejarte caer como vaca en el lodo por un chamaco que ni nació. La Kimberly sintió el pinchazo en el pecho, ese que no se quitaba con ninguna Sertralina. Se rió, una risa seca, de esas que suenan a vidrio roto. —Ay, amá, pues perdóname por no ser el trofeo que querías presumir en el rosario. Pero mira el lado bueno, si me muero mañana, no vas a gastar en caja grande, me pueden enterrar en un tinaco y hasta sobra espacio para tus catálogos. Además, el cabrón de mi ex no se fue porque yo estuviera gorda, se fue porque era un cobarde, igualito que el que te dejó a ti, ¿o ya se te olvidó que a ti también te cambiaron por una que no gritaba tanto? La cara de la Enedina se puso roja, como los jitomates de primera. Estaba a punto de soltarle otra injuria cuando sintió un tirón en su falda. Era el Brian. El niño se había levantado de su caja y la miraba con una fijeza que le dio escalofríos a la vieja. Brian no tenía la mirada de un niño de cinco años; tenía la mirada de alguien que podía verle los pecados a la gente a través de la piel. —Abuela, ¿por qué estás enojada? —preguntó el niño con una voz clarita, casi angelical—. Mi amá dice que la gente que grita mucho es porque le duele la panza del coraje de no poder ser feliz. ¿A ti te duele mucho la panza? La Enedina se quedó muda. El chamaco era demasiado inteligente para su propio bien. Lo miró con desconfianza, viendo en él los mismos ojos marrón de la Kimberly, pero con una chispa de malicia brillante. —Tú no te metas, escuincle. Ve a jugar por allá —masculló la vieja, tratando de recuperar la compostura. —No quiero ir a jugar. Estoy contando cuántos jitomates vas a comprar. Pero si no tienes dinero, mi amá te puede regalar uno que esté fufurufo, como tú dices que está ella. Así se acompañan —dijo el Brian, con una sonrisita que no tenía nada de inocente. La Kimberly tuvo que agacharse para que su madre no viera que se estaba aguantando la carcajada. El Brian era su mejor defensa. El niño sabía perfectamente que esa señora era "la mala" de la historia, y con su inteligencia de genio en potencia, le estaba dando donde más le dolía: en su orgullo de gran señora. —¡Eres un impertinente, igualito a tu madre! —gritó la Enedina, agarrando su bolsa y dándose la vuelta—. Sigue así, Kimberly. Sigue tragando pastillas y vendiendo cebollas. Al rato que te saquen de tu cuarto por no pagar, no vayas a chillar a mi puerta, porque para mí, tú ya estás muerta y enterrada bajo toda esa grasa. La vieja se alejó a paso rápido, tropezando con un huacal de naranjas. La Kimberly la vio irse, sintiendo un vacío frío, pero también una extraña ligereza. Se limpió una lágrima traicionera que se le escapaba por el pómulo y sintió la mano chiquita del Brian apretándole la suya. —No le hagas caso, mami. Ella está triste porque es flaca por fuera pero está seca por dentro. Como las pasas que dejamos al sol —dijo el niño, volviendo a su caja de madera como si nada hubiera pasado. La Kimberly se quedó mirando a su hijo. El chamaco ya andaba resolviendo problemas de división en su cuaderno, ignorando el caos del mercado. Ella se acomodó el cabello, que se sentían pesados como plomo, y suspiró. La jornada seguía. Don Chon le gritó que atendiera a una señora que quería diez kilos de naranja para jugo. Trabajó como una mula el resto del día. Las piernas le pesaban, la ansiedad le zumbaba en los oídos como un enjambre de abejas, y el hambre empezaba a morderle las paredes del estómago. Al final de la tarde, Don Chon le pagó. Era poco, apenas lo suficiente para cubrir lo que debía en la tienda y para comprar un litro de leche y un poco de jamón para el Brian. De camino a casa, pasaron por una panadería. El olor era una tortura. El Brian se detuvo un momento, mirando las conchas azucaradas. —¿Quieres uno, gordito? —preguntó ella, revisando las monedas que le quedaban. —No, amá. Mejor compramos el jamón. Yo con un taco tengo. Tú tienes que comer más para que no te marees con las medicinas —dijo el niño, dándole un beso en la mano. La Kimberly sintió que el corazón se le hacía chiquito. Llegaron al cuarto, ese espacio reducido que olía a humedad y a encierro. Cocinó el jamón con un poco de cebolla que se había traído del puesto. Le sirvió al Brian un plato lleno, con dos tortillas calientes. Ella se sirvió apenas una rebanada delgada, la mitad de una tortilla y un vaso de agua para pasarse la pastilla de la noche. —Come, amá. Te ves cansada —insistió el Brian, ofreciéndole un pedazo de su taco. —No tengo mucha hambre, mi amor. Es que la gorda tiene que cuidarse, ¿no ves que luego no quepo por la puerta? —bromeó ella, aunque por dentro sentía que se desmayaba de la debilidad. Se acostaron temprano para no gastar luz. El Brian se quedó dormido rápido, con la respiración tranquila de quien sabe que es amado. La Kimberly se quedó despierta un rato más, mirando la sombra de sus rizos proyectada en la pared por la luz de la calle que se colaba por la rendija. Pensó en su madre, en la crueldad de sus palabras, en el culero que la abandonó y en el hijo que no pudo abrazar. Pero luego miró al Brian. Su hijo inteligente, su niño que entendía el mundo mejor que ella. Se tocó la panza, sintiendo el peso de su cuerpo y el vacío de su vida, pero también sintió una chispita de algo que no era ansiedad. Era la rabia de seguir viva. Mañana tendría que volver al mercado, tendría que aguantar los insultos de la gente y los dolores de su cuerpo roto, pero mientras el Brian tuviera comida en su plato y ella tuviera fuerzas para levantarse, la comedia de su vida iba a tener que esperar para el acto final. —Ya voy, gorda —susurró para sí misma en la oscuridad, cerrando los ojos mientras el hambre le arrullaba el sueño con un gruñido sordo. Mañana sería otro día de pelea, y ella, con sus rizos al viento y su alma medicada, estaba lista para otro asalto contra el mundo que tanto la quería ver caer.
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