Al llegar con mi maleta y las pertenencias de Florencia a la casa, el aire estaba impregnado de la mezcla familiar de emociones y expectativas. El timbre de la puerta resonó, anunciando mi regreso a este espacio que llamábamos hogar. Diego, con una sonrisa cálida, nos dio la bienvenida. — Bienvenida. Siéntete como en tu casa — expresó, sus ojos reflejando la complicidad que siempre compartíamos. Agradecí la hospitalidad y dirigí mi atención a Florencia, indicándole dónde se encontraba su futuro refugio. — El cuarto de al fondo a la derecha — le informé, viendo cómo asentía antes de encaminarse hacia su nuevo espacio. Mientras Florencia se instalaba, la curiosidad de Diego se hizo evidente. — ¿Le pasa algo? — preguntó, detectando quizás la sombra de preocupación en mi rostro. — Está

