Un año después, el tiempo había tejido sus propias historias en nuestras vidas. Doña Ernestina se convirtió en un recuerdo lejano, y nuestras relaciones familiares tomaron caminos diversos. Los domingos se volvieron sagrados con las reuniones familiares en casa de Gabriel y Lucila. Darla, en un cambio sorprendente, suavizó sus asperezas, y el misterio que envolvía a Iván continuaba sin resolverse. Mónica había cruzado el océano, estableciéndose en España, mientras con Nicole la conexión crecía día a día. Florencia, en plena adolescencia, se refugiaba en la computadora como si fuera su propio mundo. Juan y Fernanda, la pareja inestable, seguían con su danza de altibajos. Mi abuela falleció meses atrás por un infarto, y Julio, ahora viviendo con Maya, completaba el cuadro de cambios en la

