Fausto Villanueva.
Carmín.
Ese nombre no sale de mi cabeza por que más que quiera.
Su rostro tan perfecto y angelical no deja de aparecerse en mi mente.
El tono de su voz se ha vuelto inolvidable para mis oídos.
Sus labios...un pecado mortal que me lleva directo al infierno.
Su sola presencia logra colmarme de deseos e inseguridades. Al principio cuando la vi pensé que podría lidiar con ella, que solo sería una cara bonita más a la cual le impartiría clases, pero ahora...
El beso.
La besé, y estoy seguro de que a ella le gustó tanto como a mí.
Y es que creo que todo está claro, no creo que todos los encuentros que tuvimos hasta ahora hayan sido solo coincidencia, es más, estoy seguro de que el destino se empeña en unirnos. La vida se encargó de ponerla en mi camino para volver a hacerme sentir como antes, para brindarle esa emoción, la cual perdí hace años.
No pienso desaprovechar esta oportunidad, definitivamente no. Ahora que probé sus labios, tan azucarados como la miel y adictivos cuan cualquier droga, me será imposible olvidarme de que algo pasó.
Ella será mi aventura más preciada, mi pase al parque de diversiones.
Mi dulce Carmín.
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Dos semanas más tarde.
—Bien, no olviden por favor que la semana que viene van a tener su primer parcial— escucho el quejido de todos mis alumnos—ya sabían que ese momento llegaría. Además, les ha ido bien a cada uno de ustedes en los prácticos, un parcial no será nada para ustedes— animo.
O eso intento hacer debido al poco mal humor que me cargo.
Ya han pasado dos benditas semanas desde que he besado a Carmín y desde ese momento, creí que todo cambiaría, pero no. De hecho, hasta se alejó de mí y me evita, ya no he tenido suerte de verla en el club deportivo o en la oficina.
Simplemente parece que, se ha esfumado.
Es un decir ya que la tengo en frente. Respondo un par de dudas más y al escuchar el timbre encuentro el momento.
Es ahora o nunca.
—Bien, recuerden estudiar, el examen es el martes a la primera hora—miro como recogen sus cosas—Señorita Altamirano, necesito que se quede unos segundos por favor—
Su mirada se levanta y por primera vez en estos largos días, sus preciosos ojos color pardo se posan en los míos. Asiente mientras termina de acomodar su bolso en el hombro.
—Te esperamos afuera— le dice su amiga codeándole.
Esa chica sí que me cae bien.
Luego de que el resto de los estudiantes, especialmente las féminas recogieran todas sus pertenencias de manera lenta, procedí a cerrar la puerta del aula, dejándonos encerrados a los dos.
Solos.
—Dígame en qué le puedo ayu...—me es imposible dejarla terminar ya que mis impulsos me dominan.
La tomo de la nuca y estampo mis labios en los suyos, primero lento, disfrutando y después, subiendo la intensidad, dejándole saber que estoy desesperado, que la necesito, que ha sido una tortura estar alejado de ella.
Mi emoción es innata al notar como ella me corresponde, abriendo su boca, dejando paso para que nuestras lenguas se acaricien la una con la otra, ella sube de tono el ambiente enredando sus dedos en mi cabello y acercándonos más y más.
El borde del abismo toma parte en nuestra piel, todo se tensiona y me siento arder por dentro. Mi cuerpo es fuego líquido en estos instantes, siento que en cualquier momento la barrera de todo lo correctamente moral está a punto de romperse.
La excitación llega a mis pantalones a medida que, sin despegarnos, la hago caminar hasta el escritorio, en donde la tomo de los muslos para sentarla y proceder a saborear su cuello. Carmín me da más espacio ladeando su cabeza, amaría tener una cámara de video solo para ver todas y cada una de sus facciones contraerse.
Su respiración está agitada al igual que la mía, mis manos inquietas van hasta el dobladillo de su deliciosa falda negra, la cual levanto un poco para deleitarme con la suavidad de sus muslos.
Es ahí cuando todo para.
—No, basta. Esto-esto está mal— habla con dificultad.
Es ahí cuando agarro con firmeza su nuca para que no se mueva, mi boca va a su oído.
—¿Sientes esto?— no tuve pudor alguno en refregar mi intimidad con la suya—estoy seguro de que estás tan jodidamente ardiente como yo— susurro y reparto besos en su lóbulo—ayúdame a apagar este fuego, Carmín, te lo suplico—
Ruego por palabras de aprobación, pero, al parecer, la cordura sigue en sus venas.
—No-no puedo, de verdad. Aquí no— me rechaza.
Un poco molesto, me restriego un poco más para que note lo duro que me encuentro.
—¿Pero por qué no? ¿Acaso no te gusto?— pregunto un poco frívolo mientras sigo dejando caricias mojadas con mi lengua.
—E-es que yo— titubea un rato y la siento tensarse—soy virgen— habla.
Es cuando me despego de ella y miro su rostro, incrédulo. Observando como el suyo se vuelve completamente rojo de la pena, y es cuando me digo a mí mismo.
Mierda, esta chica es el paraíso puro.
Tan dulce, tan sensual e inocente y pura.
A partir de ahora será mi pequeña travesura y pecado permanente, o por lo menos, lucharé porque así sea.
Para que seda y se entregue a mí, que sea solo mía.
Mi dulce Carmín.
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