ALEJANDRO Golpeé el volante. - Mierda y otra vez. —Mierda. El dolor sordo en mi mano era un ancla, algo real en el caos absoluto que acababa de desatar, como un masoquista me quedé frente a su edificio, vi la luz de su ventana encenderse. "Feliz Navidad, Ogro." El veneno en su voz y la furia en sus ojos llorosos, lo merecía, Dios merecía eso y más. Arranqué. Conduje sin rumbo, las calles vacías de la ciudad en la madrugada de Navidad como un fantasma en una máquina de lujo. ¿Qué carajo había hecho? "Creo que es un hombre muy solitario." "Solo la besé." La había besado yo, Alejandro Montenegro, el hombre que no salía con empleadas, el hombre que no sentía, el hombre que había construido un muro de hielo tan alto que nadie podía escalarlo y ella... ella no lo escaló, ella solo lo

