MARIANA Nueve de la mañana del veinticinco de diciembre. El sol entraba por la ventana de mi sala, iluminando la escena de un crimen: dos botellas de vino vacías, un tazón de palomitas a medio comer, y Damián, roncando con la boca abierta en el sofá, aún con los restos de la mascarilla verde en las sienes, Valeria estaba en su cama, en un coma etílico-emocional. Y yo... yo estaba despierta. No había dormido ni un minuto, después del tequila, la ducha y el interrogatorio, me había quedado en mi cama, mirando el techo, cada vez que cerraba los ojos, lo sentía. El beso. Me metí a la ducha con el agua hirviendo, necesitaba quemar el sabor de su boca, el tacto de sus manos, aunque fuera imposible. Salí, me sequé el pelo con furia y fui a mi clóset. ¿Qué me ponía para mi ejecución? ¿Para l

