MARIANA Salí del edificio, el sol de la mañana de Navidad me golpeó la cara. El aire de Reforma estaba limpio, frío. Saqué mi teléfono y pedí un Uber y solo entonces, cuando estuve sentada en el asiento trasero de un Versa, mis manos dejaron de obedecer. Temblaban, temblaban tanto que apenas podía sostener el teléfono. - ¿Se siente bien, señorita? —me preguntó el conductor. - Sí... sí, gracias, es solo... la emoción de la Navidad —mentí. El conductor me miró por el retrovisor. - Ah, sí la familia. ¿Viene de la fiesta? - Algo así —murmuré, viendo pasar los árboles de Reforma Llegué a mi edificio y subí, mi llave tembló en la cerradura, abrí la puerta y el departamento estaba en silencio, olía a café quemado y a las palomitas de anoche. Damián y Valeria estaban

