Cap 9. Otro año.

1540 Palabras
ASIA —Dellacosta, ahora vas tú. Parpadeo. — ¿Qué? Miro a Petrov con los ojos más abiertos que una trampa de oso. — ¿Yo? ¿Contra él? En el centro del patio está Damian Ionescu: enorme, inmenso, un muro con piernas. Tiene dieciocho… quizá diecinueve. No sé por qué demonios sigue aquí, si ya parece un maldito guardaespaldas de película. Intento decirle algo al instructor, cualquier queja lógica. — Petrov, ¿en serio? ¿Quieres que me pelee con un edificio? Pero él solo niega, aburrido. —No me importa si te encuentras con un muro o con un gigante —gruñe—. Nadie te va a preguntar si estás lista. ¡Pelea, maldita sea!. Asiento. No hablo. Camino al centro. Damian se estira como si fuera a atrapar un gatito. Yo soy ese gatito… pero uno con garras. El tipo intenta agarrarme. Me agacho. Me deslizo. Aprovecho que soy más pequeña… "por ahora". Él se ríe. Le meto un golpe rápido en las costillas. Su risa se interrumpe, pero no le dura. Me atrapa del cuello con una sola mano, como si fuera una muñeca de trapo. Me estrella contra el suelo. Dos golpes directos a la cara. Siento el sabor metálico en la boca. Otro golpe en las costillas. Me falta el aire. Forcejeo. Golpeo. Muerdo. Nada. Me agarra del pelo y me levanta a medias. Clavo mi rodilla directo en su entrepierna. Él gruñe. Le meto un puñetazo en la garganta. Su agarre falla. Caemos los dos. Me subo encima antes de que pueda reaccionar y le estrello la frente contra el piso una, dos, tres veces. Silencio. Ionescu queda tirado, sangrando. Petrov levanta una mano. —Suficiente. Manden a Damian Ionescu a la clínica. Yo solo escupo a un lado. Han pasado ocho meses desde ese día. Ocho meses de infierno puro. Aprendo a pelear, a leer movimientos, a no llorar. A sobrevivir. A ser fría. A ser una Dellacosta. Duermo con mi cuchillo bajo la almohada. Si el que Esben me obsequio. Porque una noche uno de esos idiotas entró a mi cama, creyéndose muy valiente. Salió con el acero metido en el costado y la lección bien aprendida. Desde ese momento… nadie se acerca demasiado. Lo único que me mantiene cuerda es el pequeño libro de poesía que me dio Esben. Lo escondo como si fuera oro. Más de uno intentó robármelo. Ahora tienen marcas en las manos para recordarlo. Estoy sentada en mi cama, afilando mi cuchillo, cuando la puerta del dormitorio se abre. —Dellacosta. Tienes visita. Se me congela el estómago. Por fin papá. Tiene que ser él. Camino hacia el pasillo con el pulso firme, la espalda recta, esa frialdad que aprendí a vestir como armadura. Pero cuando la puerta se abre… …no es Renzo. Es Esben. Y por dentro, aunque no lo muestro, algo se enciende tan rápido como una chispa en gasolina. —Isy —dice él, con esa voz que siempre reconoce mis desastres. Respiro. No sonrío. No corro hacia él. Pero mis dedos tiemblan apenas. Porque, por primera vez en meses… me siento en casa. Esben, en cambio, entra en modo alarma nuclear. Apenas me ve el rostro y prácticamente me dispara con preguntas. Si viera a Damián Ionescu, se horrorizaria. Y eso que este hombre ha visto cadáveres que vivos. Intento mantenerme firme… no pienso permitir que nadie toque ese punto donde aún sangro. Pero Esben tiene ese algo, esa manera absurda de desarmar a cualquiera, y termino aflojando un poco. —Asia… ¿te duele? —pregunta. No me quiebro. Pero una fisura, mínima, sí aparece. —Todo. Pero no voy a llorar —respondo. Esben me abraza y yo lo rodeo sin pensarlo. Me permito inhalar su colonia. Su fragancia es deliciosa, cálida… él siempre logró eso: hacerme sentir segura. Hacerme sentir en casa. Pasamos la tarde charlando. Yo le cuento un poco de todo; él también se abre, como siempre. Me confiesa que Freja, su esposa, acaba de tener su segundo aborto espontáneo. —Lo siento, Esben. No es tu culpa —digo. Él me regala una sonrisa triste. —Lo sé, Isy. Cuando la tarde cae y la luz se vuelve casi dorada, me mira fijo. Es nuestra forma silenciosa de decir que es hora de despedirnos. —Si pudiera, te invitaría un helado —dice. Sonrío. A él lo llama su mundo, y a mí… este infierno que aún no me suelta. —Volveré a verte, Isy. Y no permitas que te quiebren… —dice antes de girarse. Niego suavemente mientras lo veo alejarse. Regreso a mi habitación, abro mi libro y vuelvo a los poemas. A ese refugio donde, al menos por un momento, todo duele menos El tiempo pasa a una velocidad absurda, como si alguien hubiera mordido el reloj y lo hubiera puesto a correr con rabia. Entre entrenamientos, clases de estrategia y toda esa “mierda” palabras textuales del instructor, como si fuéramos a salir de aquí oliendo a gloria y no a miseria, apenas respiro. He resistido este infierno como he podido. A punta de carácter, terquedad y algún que otro insulto mental que me guardo para no perder dientes. Pero hoy… hoy es diferente. El maldito instructor decidió que “mi actitud desafiante” merecía castigo. Claro, porque preguntarle si él sabía atarse las botas sin ayuda aparentemente es un crimen militar. Y ahora estoy aquí. Sola. A la intemperie. La nieve cae con una furia que parece personal, casi vengativa. Mis botas están húmedas, mis dedos entumidos, y siento cómo el frío se me mete por los huesos, como si quisiera romperme desde adentro. Mi cuerpo está al borde del colapso. No siento las manos. Tampoco los labios. Y mis pensamientos empiezan a ponerse lentos, peligrosamente lentos. —No te duermas —me digo—. Ni se te ocurra. Debo pasar la noche en vela. Completamente alerta. Si me duermo, mis músculos se congelan… y yo con ellos. Mañana tenemos la prueba final. Si logro pasarla, saldremos de este infierno. Si no… bueno, no quiero pensar en el “si no”. Pues cada año, hay una prueba, está te gradúa y te da la boleta a la libertad, o te encierra otro año más. Cierro los ojos por un segundo, solo para respirar, y un escalofrío me sacude de inmediato. —Despierta, Asia. Vamos, carajo, despierta. La nieve empieza a acumularse sobre mí, pesada, fría, casi burlona. El viento gime entre los árboles como si estuviera celebrando mi sufrimiento. Y aun así… sonrío apenas. Porque cada vez que creo que voy a romperme, recuerdo quién soy. La hija de una mafia. La futura líder. La niña que aprendió a disparar antes de aprender a multiplicar. La que sobrevivió a cosas que harían llorar a estos cadetes gigantescos. Esta noche no me matará. Nada aquí va a matarme. Porque mañana… mañana demostraré de qué estoy hecha. Y si la prueba final es tan sangrienta como dicen… más les vale que estén preparados. Porque yo sí lo estoy. El bosque está helado, oscuro, traicionero. Y yo sigo viva de milagro después de la noche en vela. El instructor explica la prueba final como si nos hablara de una actividad recreativa: Robar la bandera enemiga. No dejarse disparar. El que cae, pierde. El silbato corta el aire y me muevo entre los árboles como un fantasma. El primer idiota se delata con una rama rota; lo elimino sin dudar. Dos más caen después. La bandera está cerca. Lo siento en el aire. La encuentro custodiada por tres. Toman posición, pero no son más rápidos que yo. Un disparo. Dos. El tercero intenta rodearme, casi me vuela la oreja. Ruedo, disparo, lo saco del juego. La bandera ondea sobre un tronco. La arranco justo cuando otros dos enemigos aparecen, más expertos, más fríos. Intentan encerrarme. Yo río bajito. Salto la roca, intercambio fuego, me escondo entre los arbustos, aparezco detrás de ellos y los elimino. Fácil. La bandera es mía. Corro de regreso mientras escucho a mi equipo caer. Da igual. Nunca he necesitado respaldo. Llego al punto final con la bandera levantada como un trofeo. El instructor me mira sorprendido. —Prueba super… —comienza a decir. Un disparo corta su frase. Y no viene del bosque. Viene del puesto de observación. Y me da a mí. Siento el impacto como un puño caliente atravesando mi chaleco. El mundo gira. El aire se me rompe en el pecho. Caigo de rodillas, luego de lado, la nieve recibiéndome como una tumba blanca. Escucho pasos. Voces confusas. El instructor grita algo, pero ya no lo entiendo. La vista se me nubla. Una voz fría, metálica, sin emoción, suena sobre mí: —Dellacosta ha sido neutralizada. Fallo total. Repetirá el año. ¿Muerta? Sí. Según sus reglas, estoy oficialmente “muerta”. Y en este infierno… los muertos vuelven a empezar. La última imagen antes de que todo se apague es la bandera cayendo de mi mano y enterrándose en la nieve, como si también la hubieran ejecutado. Oscuridad. Silencio. Y la certeza amarga: Un año más aquí. Un año más con ellos. Un año más sin poder escapar. ───────────────────────────
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR