Cap 8. Freja Olsen.

1516 Palabras
ESBEN Llego corriendo. Ni siquiera recuerdo si estacioné bien la camioneta; solo sé que la puerta del centro médico golpea contra la pared cuando entro como un huracán rubio con más miedo que músculos. —¿Freja Olsen? —pregunto, casi sin aire. La enfermera me mira con esa mezcla de lástima y eficiencia profesional que detesto. Me señala un pasillo. Yo camino rápido, después corro, después prácticamente vuelo. Mi corazón late tan fuerte que me retumba en los oídos… como si quisiera salir huyendo antes que yo. Abro la cortina. Ahí está ella. Mi esposa. Mi amor. Mi desastre. Pálida, con los ojos hinchados y la bata arrugada. Cuando me ve, algo en su expresión se quiebra… y no sé si es alivio o rabia. —Llegas tarde. —Su voz es un susurro cargado de veneno, como si cada palabra cortara. Me acerco sin atreverme a tocarla. —Freja, vine tan rápido como pude. Me llamaron hace— —No me importa. —me interrumpe, y su tono pasa de hielo a fuego en un segundo—. ¡Te necesitaba aquí y tú no estabas! Trago duro. Este es el momento donde cualquier hombre inteligente se queda callado. Y yo, aunque a veces parezca lo contrario, sí sé ser inteligente… de vez en cuando. —Perdimos al bebé, Esben. —sus ojos se enrojecen más—. Y todo es por tu culpa. La frase me cae como un puñetazo en pleno pecho. No porque la crea, sino porque sé que es su dolor hablando, rompiéndose, arañando lo que puede para no derrumbarse sola. —Frej… —¡No me digas mi nombre como si te importara! —grita, hundiendo los dedos en la sábana—. Tú… tú eres el problema. ¡Siempre lo has sido! Cuatro años de matrimonio y nada. ¡Nada! Dos embarazos y dos pérdidas. ¡¿Por qué no puedes darme un hijo?! ¡¿Qué tienes de malo?! Cierro los ojos un segundo. Respiro. Aguanto. Yo soy el muro al que ella puede golpear sin romperse. —No es tu culpa. —le digo despacio—. Y tampoco es la mía. Pero ella ríe, amarga, rota. —Ah, claro. Seguro fue el viento, ¿no? El destino. O quizá fue por ella. —me lanza la mirada como si fuera un cuchillo—. La niña. Tu obsesión. Tu desvelo. Tu maldita responsabilidad. Mi estómago se tensa. —Freja, no digas eso. —¡Es por ella! —grita—. ¡Por esa niña que nunca debiste traer a nuestra vida! —No esta, Yo mismo la llevé a Rumania. —respondo firme, sin elevar la voz—. Hace más de ocho meses. Tú lo sabes. Ella no tiene nada que ver Freja, no busques culpables. —¡Mentira! —sus manos tiemblan—. ¡Ella siempre está entre nosotros! ¡Aunque no esté, aunque no exista, aunque Dios se la lleve… siempre la eliges a ella primero! Me duele escucharla… pero más me duele verla así. El monitor a su lado marca un pulso acelerado. Mi primer impulso es acercarme, tocarla, contenerla… pero sé que ahora mismo cualquier contacto sería gasolina sobre la llama. —Freja. —susurro—. Estoy aquí. No me fui. No te dejé sola. Ella aprieta los labios y por un instante creo que va a romper a llorar otra vez… pero se endurece, como si prefería sangrar antes que mostrarse débil. —Ojalá hubieras llegado a tiempo. —murmura—. Ojalá fueras el hombre que necesito. Me trago el dolor. No respondo. No puedo. Porque esta herida no requiere palabras. Requiere aguantar junto a ella… incluso cuando ella cree que soy el enemigo. Me acerco solo lo suficiente para que pueda verme sin esfuerzo. —Voy a quedarme contigo. Toda la noche. Todo el tiempo que necesites. —digo suave. Ella no responde. Mira hacia otro lado, como si odiara necesitarme. Yo me quedo ahí, de pie, rígido, con el corazón hecho trizas… y aun así, dispuesto a recoger cada pedazo de ella si es necesario. La dejo dormida. Freja tiene los ojos hinchados, la respiración pesada, y el monitor junto a su cama por fin marca un ritmo menos errático. Contrate una enfermera privada en cuanto los médicos le dieron el alta. Es una mujer estricta, mirada afilada, de esas que parecen capaces de no dormir nunca. "Perfecta para cuidar a Freja…" y para asegurarse de que no se levante a gritarme otra vez mientras no estoy. Porque no puedo quedarme. No hoy. No con el peso que me aplasta el pecho desde que escuché su nombre. Asia. Mi niña. Mi condena. Mi debilidad más grande… y el secreto que nadie entendería excepto yo. Tres horas después estoy en un avión. Ni siquiera llevo maleta. Solo un nudo en la garganta y la sensación de que algo anda terriblemente mal. Muy mal. Cuando llego a Valhalla, el aire frío me golpea como un ladrillo. El lugar huele a metal, a disciplina, a silencio impuesto. Entro directo al área administrativa y doy mi nombre. —Vengo a ver a la cadete Asia Dellacosta. Es urgente. El guardia no pregunta nada. Solo me dice: —Espere. Y espera es lo único que no sé hacer cuando se trata de ella. Treinta minutos. Treinta eternos minutos donde mi cabeza inventa mil escenarios, ninguno bueno. Hasta que escucho pasos. Levanto la mirada. Y se me hunde el estómago. Asia viene caminando con lentitud, los hombros rígidos, la barbilla alta… pero su cuerpo cuenta otra historia. El pómulo derecho está morado, tan hinchado que apenas puede abrir el ojo. Su labio tiene dos cortes, uno seco y otro todavía fresco. Lleva vendas gruesas en ambos antebrazos y camina con una leve cojera. Y aun así… Aun así mantiene la expresión de alguien que no piensa mostrar dolor jamás. Me acerco rápido. La tomo del rostro, con una suavidad que siento que se me deshace en las manos. —Isy… —mi voz se quiebra sin permiso—. ¿Qué demonios pasó? ¿Te golpearon? ¿Quién te hizo esto? Ella no se mueve. No retrocede. Pero tampoco me corresponde. Sus ojos están vacíos. Duros. Casi extraños. —Estoy bien. —dice, plana. Fría como el invierno de este país. —No. —susurro—. No estás bien. Mírate. Alza la mirada solo un segundo. El ojo izquierdo está tan hinchado que apenas se ve el color. Pero cuando habla, su voz no tiembla. Su voz es un arma. —Fue un enfrentamiento. —responde—. Y el otro quedó peor. Me quedo quieto. Ella… ¿así? ¿Esta niña… hablando con esa frialdad… con ese orgullo helado? —¿Un enfrentamiento? ¿Contra quién? —pregunto, intentando mantener la calma—. ¿Quién te autorizó algo así? Asia, esto no es normal. Ella respira hondo. Un inhale seco. Casi doloroso. —Me asignaron una prueba. —dice finalmente—. Y aunque no te guste, gané. Eso es lo único que importa aquí. Gané. No dice “me defendí”. No dice “me atacaron”. Dice “gané”. Y esa palabra me cala como una bala. —¿Ganaste? —repito con incredulidad—. Isy, casi no puedes abrir los ojos. ¿Qué te hicieron? Ella desvía la mirada. Por primera vez desde que llegó, veo una grieta mínima. Un parpadeo lento. Un rastro de cansancio que intenta ocultar a toda costa. —El otro está en enfermería. —añade—. Con el tabique roto. Tres costillas fracturadas. Y un brazo dislocado. Me quedo en silencio. No porque no pueda creerlo. Sino porque… sí lo creo. Porque Asia siempre ha sido una tormenta disfrazada de niña. Pero también sé lo que le cuesta llegar a ese punto. —Eso no debería haber pasado. —murmuro. Ella me mira por fin. Unos segundos. Duro. Implacable. —Aquí sí debe pasar. —dice—. Aquí… si no rompes, te rompen. Su frialdad me pega como un puñetazo. —Isy… —acorto la distancia y le sostengo el mentón para que no baje la cabeza—. Esto no es fuerza. Esto es crueldad disfrazada. —Es entrenamiento. —corrige ella—. Y me dijeron que debía aprender. Las palabras se le escapan en un hilo helado. Pero sus manos… Sus manos tiemblan apenas, igual que los labios cuando el aire roza la herida. La acerco despacio. Ella no se aparta. Pero tampoco se quiebra. —Asia, ¿te duele? —pregunto, casi en un susurro. Ella parpadea. Y por primera vez en toda la noche, responde con algo real: —Todo. —admite, bajito—. Pero no voy a llorar. Mi garganta se cierra. Porque sé que no es que “no quiera”. Es que alguien le enseñó que llorar aquí… es peligroso. ─────────────────────────────
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