– ¿Qué harás para corregir eso? –pregunta sonrojada, mirándome a los ojos. Es una maldita sucia, mi querida Alissa. –Esta noche, te castigaré tan duro que después no podrás ni caminar –respondo con voz ronca y le doy una nalgada con mi mano derecha. –Ya quiero que llegue la noche –dice, haciendo un puchero muy tierno. –Todo a su tiempo y con calma –digo con una sonrisa y luego beso, de forma violenta y hambrienta, aquellos labios que tanto me gustan. Después de haber estado besándome con mi mujer, durante cinco minutos, como si fuera el último beso, salimos al centro comercial a comprar ropa. Y, por cierto, estaba un poco molesto porque Alissa no quiso ponerse la chaqueta. Todo hombre que pasaba, tenía el descaro de mirarla. Pero, claro que me recordarían para siempre. Había mand

