Me dirigía a mi habitación cuando un sonido estridente que provenía del estudio interrumpió todos mis pensamientos. Me acerqué y abrí la puerta con sigilo, Tomás estaba sentado en el sillón grande frente a su computadora.
—¿En qué momento llegaste? —pregunté al colocarme a su lado.
—No hace mucho —besa mi mano.
—¿Qué haces?
—Intento descifrar lo que la grabación en bucle dice, pero se me es difícil.
—¿Otro caso sin resolver?
—Sí, y debo cubrir a mi compañero que está enfermo.
—¿Otra vez fue herido en la investigación?
—Sí, investigar estos casos pone en riesgo nuestras vidas.
—Por eso te he dicho muchas veces que renuncies...
—No puedo simplemente renunciar, qué comeríamos, cómo cuidaría de ti.
—Podemos vivir de mi salario.
—No puedo hacerte eso.
—Nunca encuentro la forma de convencerte —me siento sobre su regazo—. ¿Quién es la víctima?
—Una señora de 56 años llamada Luisa, fue asesinada en manos de su marido y él se grabó a sí mismo confesando el crimen.
—Estoy segura que solo era un loco.
—No, cuando llegamos al lugar habían velas, cráneos pequeños por lo que creemos que su esposa fue parte de un rito.
—Por favor no sigas en este caso....
Comienzo a temblar perdiendo el control sobre mis piernas, Tomás lo nota de inmediato y amortigua mi caída. La grabación seguía rodando sin detenerse.
—Cariño debes tranquilizarte, respira hondo y fuerte.
—¿No oíste? —cojo mi cabeza con ambas manos—. ¡Deshazte de esa computadora!
—Cariño, si lo hago perderé el empleo.
—Elliot Andrés Zambrano López mató a su esposa con un cuchillo en el corazón y maldijo a todo aquel que entrara a su casa...
—¿Estás segura que eso fue lo que oíste?
—Completamente, por favor deshazte de la computadora.
Tomás se colocó unos guantes que estaban en el cajón y cogió la computadora para tirarla al tacho de basura y prenderle fuego.