LINA Había pasado aproximadamente una semana desde el baile y le conté a Leo mis sospechas sobre Alberto. A partir de ahí, Leo fue a hacerle una visita, según él, amistosa que terminó con Alberto empotrado contra la pared, un ojo morado y las manos de Leo apretándole el cuello. Alberto gritaba que no sabía de qué estaba hablando, pero terminó admitiendo que se había robado un par de envíos de droga. No sé si le creo del todo, pero ya no podíamos hacer mucho más. —Hola, cariño —me dijo Leo al entrar en una de sus muchas salas de estar. —Hola —respondí, saliendo de mis pensamientos, y le sonreí cuando se inclinó desde el respaldo del sofá para besarme. —Estás muy sexy tumbada aquí en este sofá. No sé si podré contenerme —soltó. —Bueno, quizá tengas que hacerlo, porque todavía estoy dol

