LINA No puedo creerlo —le dije por décima vez, con rabia contenida. —Lo siento —repitió él, igual de inútil que las nueve veces anteriores. Estaba sentado en una celda, y yo caminaba de un lado a otro frente a él, al otro lado de los barrotes. —Toma, no quiero que nadie vea tu cuerpo —dijo de pronto, pasándome su chaqueta por el hueco entre los barrotes. Me burlé. Negué con la cabeza. ¿Ahora se hacía el caballero? —Tómala, Lina —me advirtió. —Solo porque tengo frío —murmuré, aunque la verdad es que la piel se me estaba erizando. Suspiré al ponerme su chaqueta. Era grande, cómoda, y el calor me envolvió de inmediato. Qué fastidio que todavía me conociera tan bien. —Han pagado su fianza, señor Vintage —anunció uno de los agentes. —Tienes suerte de que haya conseguido sobornar al ti

