Se montaron en el carro de Jonas. Las luces de la mansión iluminaban todo el parqueo.
«Debe haber mucho dinero invertido en iluminación y estructura», pensó Cassie inconsciente.
Bebió más de lo que nunca solía beber. El Macallan pareció haber sustituido la sangre por alcohol corredizo.
Procuró no decir ni media palabra en el trayecto. Estaba tímida, pero quería tener más de Jonas. Sabía por dentro y por fuera que sus acciones estaban siendo afectadas por el incorporación de Jason a la empresa y por el reencuentro con Jenine, su secretaría.
Problemas de un pueblo pequeño, todo se sabía y estabas condenada a ver a quienes te lastimaron al menos dos veces por mes.
Se alejaron de la mansión Brown y el dolor en el pecho de Cassie disminuyó. La carretera era solitaria, solo había solares vacíos o poblados por malezas.
Un trayecto de quince minutos de silencio y pensamientos absurdos.
Cassie miró su reloj; eran apenas las nueve de la noche. ¡Qué vieja se había vuelto cuando pensaba que esa hora era tiempo de dormir!
O quizá solo era el efecto alcohol más emociones.
—Un dólar por tus pensamientos —expresó Jonas en voz alta.
—¿De dónde conoces a Jenine? —le preguntó directa como siempre.
«Si quiere mis pensamientos, ahí los tiene», pensó orgullosa.
No entendía su molestia por que hablara dos minutos con Jonas. Lo que sí entendía era que le molestaba que esa mujer se acercara a cualquier cosa que ella estuviera dispuesta a tocar. Era una víbora, una sin corazón. Le era fácil hacerse un juicio sobre ella. Nunca le dio buena espina, ni de adolescentes ni ahora de adultas. Incluso siendo secretaria de Jason y ella visitándolo en ocasiones, esa rubia jamás le pareció de fiar.
Su instinto no había fallado.
—Nos criamos juntos. Al menos fuimos vecinos muchos años.
Él no parecía nervioso.
La observación de la tranquilidad con la que Jonas conducía hizo que Cassie confiara en su respuesta. Al menos parecía no haberse acostado con ella. Quizá debía hacer una lista de los hombres con los que podía dormir o no dormir.
—¿Cómo es que nunca nos vimos? Si viviste tantos años aquí, ¿por qué no te recuerdo?
—¿Con quince mil habitantes te preguntas por qué no nos topamos? —Sonrió—. creo que deberías hacer otras preguntas. ¿Cómo quieres que acabe la noche, Cassie?
Su corazón se aceleró y no supo cómo responder. ¿Qué quería de él? Cruzar la línea de jefa y empleado sería una muy mala idea. Mala idea que sus hormonas estaban dispuestas a ejecutar.
Miró por la ventana y se distrajo. El bosque espeso la relajada. Por eso amaba tanto a MeadVille. Su frondosa flora era un paraíso lleno de tranquilidad. Adoraba sembrar flores en su tiempo libre; le encantaba hacer el jardín ella misma. Su madre le enseñó desde pequeña cómo abonar las plantas, cómo sembrarlas, incluso a cultivar hortalizas. Decidió escoger una vida de oficina, pero su corazón era de una mujer campestre y de hogar.
—Cassie —pronunció su nombre alto para que sus neuronas se pusieran en funcionamiento.
—No sé qué quiero de ti. No tengo ni la más remota idea. No sé por qué me siento atraída por ti, Jonas Cortes. Intento descifrarlo, pero no puedo, no he podido…
—Creo que piensas mucho —la interrumpió—. No podemos olvidarnos una noche de la posición que ocupa cada quien y solo ser dos personas que se atraen mutuamente. Y sí, Cassie Black, me atraes más de lo que ninguna mujer lo hubiera hecho nunca.
Cassie lo observó y esbozó una sonrisa. Su rostro se iluminó; pareció de veinte años y no de casi treinta. Era una situación hilarante.
—Vamos a mi casa.
Cassie se bajó del carro segura de haber tomado la decisión más arriesgada y extrovertida de toda su vida. Abrió la puerta y se hizo a un lado para que Jonas pasara. Haber bailado con él, tenerlo tan cerca, no ayudó a bajar su deseo. En vez de disminuir había incrementado de manera colosal.
—¿Quieres algo de tomar? —Se acercó a la cocina y abrió el minibar.
Jonas escudriñó la cocina organizada y limpia a la perfección. De no ser por una caja de pizza abierta sobre la mesa, diría que no vivía nadie más que ella en la casa.
¿Tendría hijos? No los mencionó en ningún momento.
—¿Jonas?
—Lo más fuerte que tengas.
—¿Debes embriagarte para meterte entre mis piernas? ¿Qué pasó con el discurso de parecerte sumamente atractiva?
—¿No puedes considerar que estoy nervioso, que tengo pavor de dañar una relación laboral por un polvo?
Ella abrió los ojos de par en par por las palabras que él había empleado.
Al diablo con el trago.
Caminó directo hacia él y lo besó con intensidad. Él no respondió de inmediato por la invasión. Sus labios tomaron el control de la situación. Ardía por dentro y por fuera se encargó de hacerle notar su erección; la acorraló y la subió sobre la mesa de la cocina con un rápido movimiento. Besó su cuello con crueldad y sintió todo de ella, incluso cómo sus senos pequeños y redondos se aplastaban contra su traje. Sostuvo su cintura contra su cuerpo y sus piernas alrededor de sus caderas. Cassie inclinó el cuello hacia atrás, dejándole el camino libre de besos, el cual lo condujo directo al nacimiento de sus senos. Ella colocó las manos sobre su pecho y lo empujó con suavidad.
—Vamos a mi habitación. No quiero tener público para lo que vamos a hacer.
Él se alejó y ella se bajó de un tirón de la mesa.
Jonas quiso preguntar a quién se refería, pero prefirió dejarlo para otro momento.
Ya en la habitación, ella buscó sus labios de nuevo. Sintió cómo las manos de Jonas recorrían su cuerpo sin reparo. Le quitó la chaqueta con desesperación y rapidez. En una fracción de segundos sus cuerpos solo estaban separados por la fina tanga de encaje que ella tenía puesta y por el bóxer de Jonas. Él la arrastró a la cama a tientas sin perder el tacto en ningún instante. Ladeó su cabeza, besó su cuello y masajeó sus pecho con pericia. Jonas estaba encantado con la receptividad de Cassie en cada roce de sus manos. Deseaba hacerla disfrutar al máximo aunque su m*****o estuviera gritándole lo contrario. Él sabía que su placer sería mucho mejor si lo hacía esperar, si aguantaba lo suficiente como para volver a esa ninfa lujuriosa en una nube de placer inmenso.
Se colocó sobre una ardiente Cassie, que deseosa recibió el peso de su cuerpo. Casi 1,95 de pura musculatura moderada. Era como una versión de un dios griego con ojos avellanados.
—Dios, eres la mujer más hermosa que he visto —murmuró mientras saboreaba un poco uno de sus pezones.
—Umm… —No podía articular palabra. Moría del gusto en boca de ese peligro andante.
—¿Lista para ir al cielo?
No esperó una respuesta, trazó un camino de besos sobre su estómago plano.
Ella no dejaba de murmurar palabras ininteligibles, pero que sonaban indecorosas a la misma vez.
Con un rápido movimiento, rasgó la tanga de encaje. Gracias al material que cedió de inmediato, besó con suavidad la punta de su placer. Ella vibró con delicadeza.
Agarró la cabeza de Jonas, acarició con ímpetu su cabello oscuro y lo instó a que hiciera más que darle un simple beso en su clítoris. Él entendió la indirecta y arremetió con fuerza; besó y absorbió todo de ella. Su sabor le embriagó y lamió la entrada al paraíso; introdujo un poco la lengua dentro de ella.
—¡Dios mío, vas a matarme! —Agarró las sábanas con fuerza.
—Aguanta para mí, Cassie —le dijo a la vez que introducía uno de sus dedos seguido de otro.
¡Estaba tan receptiva! Su humedad lo envolvió e hizo que perdiera la cabeza. De un movimiento se quitó el bóxer y se introdujo en ella sin avisar. Provocó que gritara al recibirlo por la sorpresa. Su cuerpo no tardó en aceptarlo y abrazarlo. Lo abrazó fuerte, clavó las uñas en su espalda y respiró agitada. Él la miraba con los ojos abiertos de par en par. Encajaba tan bien en ella. Era como si hubiese encontrado su lugar, su hogar. Ella le devolvió la mirada sorprendida y confundida.
—Estoy tomando la píldora —fue lo primero que comentó.
—¿Estás lista? —Abrumado por la confesión, pestañeó para sacar la idea cursi de su cabeza.
Ella asintió y él comenzó a moverse en su interior. Su m*****o no era más grande de lo normal, pero sabía por cómo Cassie se ajustó a él que debía ir despacio.
Moviéndose cada vez más fuerte, más intenso, con más deseo de consumir el fuego que ardía dentro de sus cuerpos, Cassie abrazó el cuerpo de su amante y siguió el ritmo. Se movió junto a él en la danza más antigua.
Sintió cómo su cuerpo húmedo por el sudor se volvía uno solo junto al de Jonas. Ese hombre la volvía loca.
La besó de nuevo y masajeó sus pechos. Era como si él estuviera en todas partes, lo sentía en cada milésima de su cuerpo.
Cuando se avecinaba su orgasmo, Cassie mordió fuerte el hombro de Jonas para aguantar la ola de placer que la arrasó sin avisar.
Un orgasmo arrebatador la elevó a lo más alto.
Su v****a se contrajo y apretó el m*****o endurecido y grueso hasta lo máximo. Hizo que segundos después Jonas se derramara dentro de ella y juntos alcanzaron el mayor orgasmo que ninguno de los dos tuvo en sus vidas.