Alejarse

1350 Palabras
Jonas, tiempo después Habían pasado ya tres semanas desde el suceso con la llamada de Cassie. Él no quería decir que no volvió a verla, pues claro que sí, se cruzaban en los pasillos de la empresa, en una que otra reunión y a la hora de almorzar podían encontrarse cuando salían en el parqueo o regresaban de hacerlo. No cruzaban más palabras que las necesarias. Su ceño siempre estaba fruncido desde el momento cero y él no sabía qué hacer para acercarse a ella. No había otra manera de describir el deseo que le atusaba el pecho y le estrujaba los sentidos desde que la veía caminar distraída o absorta de su presencia. También ella lo veía, él lo sabía por cómo sus mejillas blancas se tornaban rojas al pasar cerca de él mientras trataba de disimularlo con sus labios apretados y ojos arrugados. —¿Estas bien? —le cuestionó ese martes cuando la encontró con la cabeza entre las manos en su carro apoyada contra el guía. La vio a lo lejos en el parqueo. Era sospechoso, tanto que no pudo resistirse a la tentación por más que todos sus sentidos le dijeron que la dejara en paz. Cassie necesitaba tiempo para pasar la vergüenza que ella misma se ocasionó. Había conocido a otra persona así en su vida, su hermano. —No es de tu incumbencia. —Levantó la cabeza y lo miró con sus ojos llorosos. Se le veía tan bella y rota, como una muñeca con sentimientos puros. Intentaba ser fuerte cuando era obvio que algo la lastimaba. —No, no es de mi incumbencia, pero ya sabrás que me meto siempre donde no me llaman. —Vete de aquí, Jonas, necesito estar sola. —Giró su rostro para no verlo, pero no lo suficientemente deprisa para que él no notara cómo su labio inferior temblaba. Entonces él abrió la puerta y sin permiso la abrazó; metió su mano entre la espalda de Cassie y el asiento del carro. No iba a dejar la sola, no cuando lo necesitaba, no cuando ni ella misma lo sabía. —Tranquila, todo estará bien. —Acarició su cabello suelto y desparramado. Cassie comenzó a llorar con lentitud sin detenerse, se derrumbó en sus brazos y le devolvió el abrazo forzado. Él no sabía ni se imaginaba lo que sucedía para que su jefa y amante de una noche estuviera en esa situación. —Tranquila, Cassie, todo irá bien. Al menos eso esperaba. A su edad sabía que nada era tan malo como para derrumbarse, incluso luego de haber pasado días de la muerte su hermano, cuando pensaba que el vacío lo absorbería, cuando su madre no dejaba de llorar. Aun allí, en ese momento, supo que las cosas irían mejor. Tenía la posibilidad de criar a Carmela y Melany, de darles la familia que merecían. Eso le dio la felicidad sobrecogedora que necesitaba en ese instante funesto. —Gracias, Jonas —susurró sin despegarse de sus brazos. Continuó con las caricias en su cabello. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que Cassie se alejó unos centímetros de él. —¿Quieres hablar de ello? —Le pasó los pulgares por sus mejillas y recogió unas cuantas lágrimas que aún paseaban solitarias. —No realmente. Por más que se moría por preguntar más, se hizo el entendido. No forzar era la mejor opción cuando alguien que te interesaba no quería hablar. Las palabras saldrían solas cuando estuviese lista. —Vamos por un café. Bájate, yo conduzco. —Se alejó lo suficiente para que Cassie bajara del carro. Con los brazos cruzados parecía lista para refutar, pero no lo hizo. Se montó en el asiento del copiloto y con la mirada fija en el frente se abrochó el cinturón de seguridad. Jonas se subió y prendió el carro. No podía darles tregua a los arrepentimientos. Al menos en su estado de soledad y tristeza aceptó acercarse a él. O él se había acercado, inmiscuido y acaparado su atención. Quizás eso había hecho, pero a lo hecho pecho. Su madre le enseñó a estar ahí cuando alguien lo necesitara, más aún si ese alguien resultaba importante de alguna manera para él. Jamás dejaba solo a alguien triste. Condujo hasta la cafetería más cercana. Suponía que, aunque Cassie estaba alejada por completo de su alrededor, no debía incomodarla yendo a un lugar alejado de su entorno regular. —Aquí venden unos capuchinos caramel excelentes. —Sonriéndole, bajó del carro y corrió unas cuatro zancadas para abrir su puerta. —Sabes que no soy de caballeros en brillantes armaduras y corceles blancos. —Lo miró a los ojos. —De caballero solo llevo la c porque mi madre aún no ha podido dejarme ir, pero mis modales siempre me acompañan. —Ajá. —Caminó sola hacia la cafetería. Toni’s los recibía con sus grandes puertas abiertas. Era una cafetería tipo terraza. —Después de usted, bella y educada dama —satirizó mientras la seguía adentro. El local era pequeño y casi al aire libre cubierto por unas delgadas paredes pintadas de un rosa viejo. El techo con simple madera seguramente manejada para que no fuera hogar de bichos y humedad. Era como trasladarse siglos atrás con la calma y la tranquilidad que les brindaba estar en las afueras de MeadVille. La calle de enfrente, seguida de un enorme césped con descuido y amarillentas puntas, era la vista perfecta para quien estaba harto de la tecnología y el bullicio de los carros al transitar por las calles del vecindario. Por eso Jonas Cortes era tan asiduo a visitar Toni’s. Ficha conocida por la esposa del viejo Toni y sus dos hijas solteras, según su madre, en edades perfectas para contraer matrimonio. —Hola, Mary, ¿qué tal estás hoy? —Luego de varias palabras de saludos e invitaciones para cenar, Jonas pidió—: Un café doble espresso para mí y para la señorita… —Un macchiato, por favor —interrumpió antes de que él pidiera por ella. La señora casamentera levantó las cejas, asintió y se fue, no sin antes evaluar a Cassie de pies a cabeza. Ya se imaginaba lo que se comentaría al otro día en todo MeadVille. Su madre sería de las primeras en timbrarle al móvil. Hasta el momento nadie se interesó en él como compañero de Cassie, pero mirando la cantidad de pares de ojos que los observaban mientras Mary les ponía sus respectivos cafés la cosa iba a estar difícil. —Gracias… por quedarte. —Le regaló una sonrisa forzada y le dio un trago largo a su café. Jonas vio con deleite cómo sus ojos se cerraron para saborear mejor el líquido oscuro. Cuánto deseaba besarla. Sus labios eran un peligro social. Hacía cometer adulterio emocional a todo el que le mirara esa boca tan tentadora. ¡¿Cómo es que seguía soltera?! ¿Sería posesiva en la relación? ¿Celosa y dominante? Dios era testigo de que se dejaría dominar por esa mujer de pelo oscuro y sedoso. Cassie carraspeó y lo devolvió a la mesa. —Deja de mirarme así —le murmuró mirándolo de frente. —¿Cómo te miro? —Inocente como una monja, le respondió con otra pregunta. Si su entrepierna estaba dura con solo verla tomar café, no quería pensar en cómo lucían sus traicioneros ojos azules. —Como si quisieras arrancarme la ropa aquí mismo. —Ahí estaba el sonrojo que tan hermosa e inocente la hacía notar. —¿Y cómo oculto algo que se me escapa por la piel? Cierto es que quiero comerte entera, saborear otra vez esa boca tan hermosa, besarte hasta hacerte enloquecer en mis brazos… —Cállate ya. —Puso una mano sobre la de él—. Vas a sacar lo peor de mí, y eso no nos conviene a ninguno de los dos. Sus grandes ojos marrones lo miraron suplicantes. No pudo determinar si era por el deseo que encendía en ella o por la vergüenza de estar en un lugar tan público. —Eso precisamente es lo que necesito.
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