Enamorada

1322 Palabras
Cassie Blake Sus manos estaban por todas partes. Cassie no sabía dónde terminaba el cuerpo de uno y dónde comenzaba el del otro. ¿Cómo había sucumbido? «Porque te trae boba», pensó irritada. Jonas la besaba con pasión, volviéndola loca con sus manos. Casi no tenía espacio de procesar un pensamiento con sentido. Estaban en su casa. Minutos antes habían llegado de la cafetería hechos un manojo de sensaciones y poderío s****l. Jonas la besó al salir del lugar y ella, sin pensarlo, invitó de nuevo al demonio a su casa. El beso fue como tocar la seda; suave, tan lento, tan excitante. El beso se volvió más apasionado, más voraz. No pudo resistir gemir en el carro, arqueó el cuello por instinto y sintió cómo sus senos se elevaban al cielo en busca de una caricia perdida, algo que apagara el fuego que se despertó en ella y que estaba a punto de consumirla. Se sintió con fuerza, con poder, entonces se separó y salió del carro. Él la siguió adentro. —Oh, Dios… —murmuró mientras él chupaba con talento uno de sus pezones. De vuelta a una realidad más placentera. Qué fuerza tenía ese hombre en esos labios. Iba a llegar al orgasmo sin haberla penetrado siquiera. Podía disfrutarlo esa noche, saborearlo, comérselo entero como si no hubiese un mañana. No quería arrepentirse, pero ella necesitaba desahogarse, sentirse amada, sentir que alguien la deseaba sin reservas. Jonas tenía un poder que Cassie no sabía en qué momento se le otorgó, más bien él lo robó como un pirata con un tesoro perdido. Con su preocupación y su carismática forma de abordarla, en tan poco tiempo se adueñó de su mente. Y sabía que ella no le era indiferente, lo sabía por esa gran erección que ocupaba sus dos manos. Entretanto, con agilidad lo subía y bajaba. Ella era su… «¿Su qué?», su cerebro no la dejó ni sacar un conclusión. No eran nada. Jonas deslizó su cabeza por su abdomen y masajeó sus caderas justo antes de sumergirse entre sus piernas, en su reino secreto, ese que no fue visitado por muchos. —Jonas… —Déjate ir, no pienses —fue lo último que escuchó. Sintió su lengua dar lametazos en su clítoris. La condujo a un lugar en el espacio jamás visitado. Era como como volar mientras sabía que no llevabas paracaídas. La adrenalina no la dejaba respirar. El deseo la quemaba. Apretó la cabeza de Jonas contra su mojado y sediento clítoris; con la mano libre agarró las sábanas con fuerza. Se moría de placer y no sabía cómo iba a sobrevivir. Se obligó a hacer un esfuerzo para llevar el aire a sus pulmones por enésima vez. Sentía que por primera vez caía a un vacío infinito y que cedía el control a la misma vez. Él murmuraba su nombre cuando la besaba allí abajo. Cassie arqueó la espalda para recibir sus caricias. Deseó más y más de lo que él le ofrecía. Fue entonces cuando sintió una oleada de placer absoluto, oleada de irrefrenable e incontenible deseo. Gritó su nombre y sintió irse entre sus brazos. Subió al cielo con un orgasmo atómico. —Déjame llevarte al infinito, Cassie —murmuró al subir y la besó en los labios. Estaba tan húmeda. Lo sabía, él la preparó con lentitud y saboreó todo su cuerpo, su ser. Creía que había llegado hasta su alma. Ese hombre sabía para qué Dios le dio lengua. Con rapidez, sintió cómo él se removió. Luego de dos segundos ya tenía el preservativo puesto y su m*****o listo para la acción. —Vas a matarme si sigues moviéndote así. —Jonas agarró las caderas de Cassie, que se movían en búsqueda de un pedacito de placer—. ¿Estás lista, preciosa? Quería gritarle que estaba lista desde el momento cero cuando llegaron a su casa, pero él le interrumpió las palabras apoderándose sin piedad de su boca. Esta vez no fue un beso cálido y suave, no, lo hizo con malicia, con deseo puro y carnal. Con un solo movimiento se clavó en ella; su espalda se arqueó al recibirlo. Era como estar hechos el uno para el otro. Cassie comenzó a sentir el movimiento de Jonas dentro de ella, primero lento, con él besándola y ella acariciando su espalda con suavidad. Se hacían el amor. «Esto no está bien, Cassie». No podía dejarse ir con todo y corazón, ella no estaba lista. No quería nada más que sexo y creía haber dejado claro eso. Parecía que quien no lo entendió era justo ella misma. Se obligó a olvidar cualquier pensamiento incongruente y amoroso. Sus temores desaparecieron como llegaron mientras él se movía más rápido en su interior. Cualquier duda sobre sus sentimientos se convirtieron solo en sexo. Eso era. Los dos se dejaron llevar por lo que sentían. Con cada embestida su placer se multiplicaba y los arropaba, hasta que Cassie no pudo más; gritó su nombre y se agarró con fuerza al hombre que la condujo al mejor orgasmo de su existencia. Jonas llegó segundos después y la acompañó en un clímax absoluto. Allí, sudorosos, juntos y abrazados, con sus cuerpos aún unidos, con las piernas entrelazadas, Cassie se sintió plena, llena y satisfecha como nunca, como si siempre hubiese estado en esa plenitud. Sin embargo, sabía que no podía aferrarse a esa felicidad. Eso acordaron, al menos ella dejó clara su posición. «Soy su jefa». Era solo sexo, no una relación. Ninguno de los dos quería una, ¿o sí? —Eres asombrosa. —Le plantó un beso en la frente y salió con lentitud de su cuerpo. Se sintió fría por unos segundos. Trató de controlarse, que no se le notara la incertidumbre. Era sencillo caer en una adicción emocional. Era fácil con un hombre tan cariñoso y cuidadoso como Jonas. —¿Cassie? No te vayas. —Se sentó a su lado en la cama. —Serás tonto, ¿no ves que estoy aquí? —Tu cuerpo lo está, pero tu mente, por otro lado, hace unos segundos tomó el tren. —Se rio. —¿Vas a psicoanalizarme ahora? —Irritada, más de lo que debería, le preguntó. Se subió la sábana y se cubrió el cuerpo. —¿Tenemos algún problema del que aún no me percato? —Arrugó el ceño y se puso alerta. Cassie vio cómo su actitud cambiaba. «Genial, Cassie, ofendiste a tu hombre». ¿Su hombre? No era su hombre, solo el tipo con el que se acostaba. Asimismo, era su subalterno. Además, era el padre soltero de sus dos sobrinas huérfanas. Vaya expediente. Hacía unos minutos todo era tan simple, tan sencillo. No obstante, ahora nada parecía simple en absoluto. Intentó sonreír, pero fue en vano. Estaba asustada. Se abrió más de lo que esperaba y, sin haberlo calculado, se enamoraba de Jonas Cortes. —Ningún problema —soltó con rapidez. —¿Quieres que me vaya? —Se levantó y recogió su ropa, la cual fue esparcida en el suelo gracias a su furia s****l. —No. —Contra todo lo que le asustaba, se incorporó también—. Deja que prepare algo de cenar para los tres. —¿Tres? Debes saber antes que nada que no soy muy de tríos y orgías que digamos. Cassie soltó una carcajada. —Payaso. ¿Tengo cara de hacedora de orgías? —Lo observó y colocó sus manos alrededor de su cuello. —Tienes cara y cuerpo de no ser una sumisa, de disfrutar y de provocarme un placer y unas ganas increíbles. Con eso le bastó a Cassie para besarlo con pasión. Él lo sabía, la leía mejor que nadie, y eso la aterrorizaba. —Vamos a ducharnos. —Se separó de él y se encaminó al baño. Contoneó las caderas y provocó más deseo en Jonas, que no la perdió de vista en ningún momento.
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