Estúpida

1287 Palabras
¿Ahora qué le pasaba a Cassie? Esa mujer lo descolocaba y lo sacaba de su centro. Desde el primer día en la entrevista sabía que tendría problemas para sobrellevar la atracción que se hizo notar desde el momento cero. Esa mujer era fuerte, como un huracán en un pueblo pequeño y atrasado. Él no estaba acostumbrado a ser quien anduviera detrás ni de adolescente ni de adulto. Las mujeres siempre lo buscaban para comer, para salir de juerga, para tener sexo sin compromiso… ¿Por qué ella debía ser distinta? Las cosas se complicaron de forma extraña entre él y Cassie. Ciertamente las mujeres eran seres raros y difíciles de comprender. Al salir del restaurante con sus sobrinas en cada mano, se imaginó doscientas maneras distintas en cómo pudo haber terminado esa breve conversación. Ninguna de ellas incluía un incómodo silencio ni una fría mirada por parte de Cassie. Pensaba que habían avanzado. No era como si él buscara una esposa y madre para sus niñas. Sin embargo, pensó que después de haber hecho el amor con una mujer decente y respetada lo mínimo que podía obtener a cambio era una respuesta sincera. No fue mal sexo. Si hasta aún podía escuchar sus gemidos complacidos. Subió con Carmela y Melany al vehículo, las acomodó en la silla para niños y les abrochó los cinturones. A esta altura de su vida se había vuelto natural, simple, algo normal, abrochar cinturones y cargar con bultos llenos de toallitas y galletas, ropas extras y demás cosas. Hacía un año se hubiera burlado de cualquiera que le dijera un absurdo así. ¿Jonas Cortes haciendo de papá? Nunca lo hubiera soñado, no porque no le gustaran los niños, sino porque estaba tan enfrascado en su trabajo y su libertad personal que nunca se dio cuenta de la necesidad que tenía de ser alguien para alguien —¿Listas ahí atrás? —Encendió el carro. —Sí —chillaron al unísono. —Espero que no le cuenten a la abuela que comieron helado antes de dormir. Él sabía que lo decía en vano. Nada más llegar a la casa ambas chillarían lo que habían cenado, incluidas las dos bolas de helado de chocolate. Su vida cambió sin previo aviso. Nadie esperaba ser tutor de las hijas de su hermano mayor. No era como esperar una ropa que ya no le quedaba o un carro de modelo viejo al conseguir uno mejor y más actualizado. Había recibido lo mejor de la vida de su hermano, su mejor legado y creación. La carretera estaba tranquila. Eran las siete y tanto de la noche. El viaje lo hicieron con la típica sonata de gritos y risas y las miradas cada dos minutos al asiento trasero. Desarrolló una especie de sentido arácnido. —Llegamos —gritaron al ver la casa de sus padres. Jonas bajó a las niñas poco a poco mientras su madre salía a recibirlos. Era idílica la imagen. Se le ensanchaba el pecho al contemplar la felicidad de su madre y nietas al abrazarse. Eso era amor puro y sincero. Su móvil vibró. Cerró la puerta del carro y fue hacia su madre, que le plantó un beso en la mejilla. Aun con treinta años seguía haciéndolo. Y él disfrutándolo. Esperó un abrazo de su madre y la palmada en la espalda de su padre con paciencia. Era tradición en su ser. Cursi o no, era lo suyo. Se detuvo en el pórtico y revisó el móvil. Le sorprendió ver los mensajes de Cassie. Cassie B 7:50 p.m. Eres lo peor! Procura no hablarme más de lo necesario en el trabajo. Tienes suerte de que no me lo tomé más personal de la cuenta y te mandé a la mierda en el trabajo. Eres un cerdo! Releyó los mensajes una, dos y tres veces. Nada tenía sentido para él. Eran dos opciones: a). A Cassie le patinaba el cerebro. b). Él había hecho algo muy malo sin darse cuenta. Lo difícil era que no podía pensar en nada que fuera tan terrible como para que ella reaccionara así. Apagó el móvil y entró a la casa. Luego trataría con locas de atar. Cassie Cassie tenía diez minutos mirando la pantalla del celular como si el mismísimo diablo fuera a salir para arrastrarla hasta los confines del infierno. En un impulso de sus emociones había enviado unos cinco mensajes al w******p de Jonas. Él no respondió Ahora le carcomía la duda de haberse pasado la línea, aunque una parte de ella pensara que la línea la cruzó él al acostarse con ella siendo casado, ¡y con hijas! ¿Y si estaba errada? En ocasiones veíamos sin ver. Veíamos un producto de nuestros deseos o dolor. Veíamos algo que en verdad no estaba allí, pero lo veíamos como si fuese real. Cassie agarró el móvil con sus temblorosas manos. Ella no daba palos a ciegas. No era de esas mujeres sin cerebro que se dejaba llevar por sus sentimientos sexuales y de romance. Se consideraba hasta el momento como práctica y razonable. Hasta que se sintió engañada otra vez. Primero Jason y ahora Jonas. ¿Acaso era una presa fácil? Entonces, contrario a todo lo que su cerebro imaginaba, su teléfono sonó. Vio el número y no quiso responder. No podía hacerlo. Respiró fuerte, buscó llevar aire suficiente a sus pulmones. Los sentía calentarse en su interior. Soltó el aire y volvió a tomarlo. Le pareció eterno el instante antes de tomar la llamada. —Cassie. —Después de varios segundos sin responder, Jonas dijo su nombre. Sonaba tan profundo en sus labios, como una promesa de jamás dejarla ir. «Céntrate, Cassie». Se apretaba la cien sin lograr aflojar el dolor de cabeza que la había poseído. —Cassie —dijo él un vez más—, ¿vas a decirme de qué iba el mensaje que enviaste? Otro silencio. No le salían las palabras. Tan fuerte y su voz la volvió tan sumisa, como una liebre a vísperas de su muerte. Sentía su león detrás de la línea. —No te he mentido. Lo que sucedió entre nosotros fue lo mejor que he tenido en mucho tiempo. No diré tonterías para llevarte otra vez a la cama. No busco nada más de lo que estés dispuesta a darme. —Tomó aire—. Vivo el día a día desde que mi hermano murió. No sé en qué momento pueda pasarme algo igual o simplemente quedar postrado en una cama. Me gustaste y tuvimos sexo. Te hice el amor, no una maldita propuesta matrimonial. Tu mensaje de hace minutos me descolocó y no tengo ni puta idea de por qué o qué te hizo enviarlo. Solo necesito que me hables. A Cassie le ardían los ojos y su respiración volvió a su ritmo normal. No podía rebatir su sentir. Al igual que Jonas, ella sabía por vivencia propia que ahora estaba aquí y mañana podría ser atropellada por un conductor ebrio, igual que sus padres. Podía morir sin disfrutar de un café en París, despertar entubada a una cama en un hospital, descubrir un cáncer o alguna otra enfermedad. Entonces pensaría y lamentaría todo lo que no pudo hacer por miedo. —¿Por qué no me dijiste que estabas casado? —Segura de haber escogido las palabras precisas, las soltó despacio. —¿Será porque no lo estoy y nunca lo he estado? —masculló tajante—. ¿Qué te hizo pensar que yo…? Cassie apretó el móvil en la mano. Él había entendido. Y ella también. Se volvió una celosa sin motivos herida por sus propias traicioneras emociones. No eras sus hijas, eran las hijas de su hermano muerto.
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