Deseaba morirse

1096 Palabras
Cassie se derritió en la silla e intentó que el cuerpo de Mel la cubriera por completo. Era irónico. Hasta hacía pocos segundos intentaba ver la familia feliz que comprendían esas niñas y sus padres. Su añoranza por tener la suya propia le había jugado de la peor manera. Jonas tenía hijas. Gemelas. Iguales a él de no ser por el cabello. Tenían el pelo rizado rubio platino. Debían parecerse a su madre. Su madre… Él nunca mencionó ser casado en la entrevista ni cuando salieron. No llevaba el anillo tampoco. —Tía, ¿te encuentras bien? —Mel la miraba preocupado sin imaginarse que detrás de él estaba el hombre que pasó la noche en su casa. —Sí, solo se me fue el apetito. Pide y nos vamos de una vez. —Cassie se colocó el pelo detrás de las orejas un poco nerviosa. —¿Listos? —Era la camarera, otra de las hijas de los propietarios. La placa decía Ender. Antes los había atendido. Ellos eran asiduos a ir al menos cinco veces al mes. —Sí. Yo quiero una… Mientras Mel pedía, Cassie se debatía en si debía ser una adulta responsable y madura y acercarse a la mesa de al lado solo para ver la cara de asombro de Jonas o si en su defecto debía esperar a que llegara la comida, pagar e irse. Esa última parecía una buena opción. Las cosas estaban mal, muy mal. ¿Cómo es que no preguntó si estaba casado o con alguien? Eran preguntas básicas, pero tenía tanto tiempo sin ver a nadie. Esa noche fue demasiado intensa; volvió a ver a Jason, el encuentro con Jenine… Metió la pata a lo grande. —Cassie, ¿qué vas a comer? —inquirió Ender, la camarera. Obvió el hecho de que la llamara por su nombre. Tendría problemas más grandes si Jonas escuchó cómo la llamaba. Suspiró profundo y, obligándose a mantener la calma, ordenó. Comerían allí. Ella no había hecho nada mal. Él era el que debía estar avergonzado. Una cosa era cometer el hecho sabiendo las consecuencias y otra muy diferente era ser ignorante de todo y caer en la red. Ella solo fue una polilla en la telaraña, débil y solitaria, sedienta de luz y calor. Cassie ordenó su plato con delicadeza y la cabeza en alto. Se acomodó mientras hablaba y se irguió en la silla. No era tan alta como Mel, pero ya no estaba derretida y escondida detrás de su cuerpo. Esperó un minuto después de que la camarera se fue. Dos minutos y Jonas no se giraba. Tres minutos y Mel usaba el celular. Cuatro minutos y volvía a mirar su reloj. Levantó un poco su cabeza para ver si por casualidad Jonas la observaba. Cinco minutos y nada pasó. Entonces su celular vibró en su bolsillo. Danger 6:37 p.m. ¿Vas a evitarme para siempre? Cassie Blake 6:37 p.m. Si puedo hacerlo, sí. Danger 6:39 p.m. Pero ¿quieres hacerlo? No iba a responder más. Cassie no le seguiría el juego. Por supuesto que sí quería seguir hablando con él. Le emocionaba cada mensaje y cada palabra que le decía, incluso ahora al saber que estaba casado. Cassie Blake 6:55 p.m. Sí. Danger 6:55 p.m. Mentirosa. 😊 No iba a continuar. Era lo que él quería. La comida llegó para darle algo en que pensar. —Que la disfruten —comentó la chica con una sonrisa. —Gracias —respondieron ambos al mismo tiempo. Comenzaron a comer de inmediato. Cassie no se fijó en la mesa a su lado, no lo hizo porque sentía que le debía a su consciencia el desenmascarar a Jonas. No era de las que hacían shows y piruetas en lugares públicos. Los problemas se resolvían sin público. Siempre era mejor si las palabras se decían sin oídos de terceros que opinaran. El trozo de carne roja medio que pidió estaba delicioso. No fue hasta que se comió todas las papas fritas y la carne que se dio cuenta del hambre descomunal que la poseía. —Vaya. —Se estribó en la silla y se tocó el estómago—. Necesitaré correr diez kilómetros para bajar esas libras. —No hay forma de que engordes y pierdas ese cuerpo, tía Cas. —Su sobrino sonrió y le dio un sorbo a su refresco. La camarera vino a los pocos minutos y retiró los platos vacíos. Cassie quería ir al aseo, pero para eso debía pasar por la mesa de Jonas, y no podía hacerlo. No podía dejarse ver, ¿o sí podía? «No hiciste nada malo. No debes avergonzarte de nada». Aunque quería creerle a su mente, su corazón le decía una serie de patrañas sobre vínculos y almas gemelas. —Cassie. —Era Jonas. Él vestía una camisa verde pálido y unos pantalones de tela fina azul marino. Su cuello estaba desabotonado y sin corbata. No se parecía en nada al hombre que trabajaba en la oficina. Su rostro denotaba la extrañeza; se imaginaba la cantidad de cosas que podían cruzar como torbellino por su cabeza. —Jonas, ¡qué sorpresa! —Más fingido no pudo haber hablado. —No pensé encontrarte aquí. Entonces ella se fijó en las dos cabezas doradas que la miraban curiosas. —¿Y estas hermosuras quiénes son? — Les sonrió a las niñas sincera y cariñosa. Ellas no tenían la culpa de que su padre fuera un sin cerebro que solo pensaba en su placer y no en la familia. Contempló al responsable de sus pensamientos asesinos y sintió cómo sus ojos echaban toda la chispa de su vergüenza. —Ellas son Melany y Carmela. —Jonas le sonrió y acarició los rizos de las niñas—. Saluden, niñas. Tras un «Hola» poco más que un murmullo por parte de las bebés, Jonas se despidió diciendo que ya era tarde para que las niñas estuvieran despiertas. —¿Estás bien? —Mel tenía las cejas arqueadas. Dejó el celular en algún momento y no había que ser mago para darse cuenta lo incómodo de la situación anterior. —Claro, Mel. Pidamos la cuenta y vámonos. Necesito dormir. —Aunque trató de que sus labios sonrieran tranquilizadores, estos se negaron a colaborar. —¿De dónde lo conoces? —Claro que su sobrino no se quedaría con las dudas. —Trabaja conmigo —le respondió a la vez que se giraba para hacerle señales a la camarera para que trajera la cuenta. —Es el mismo que amaneció en la casa, ¿verdad? «Oh, rayos».
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