Las sorpresas de la vida

1752 Palabras
—¿Señora Blake? —Persie la llamó de inmediato nada más verla regresar a su oficina. No se veía bien, tampoco se sentía de ánimos para ver ni hablar con nadie. —Que nadie me moleste. Tengo trabajo que hacer. Se encerró, tiró fuerte la puerta y dejó salir el aire que contenía sin darse cuenta. Estaba harta de que sus emociones la cogieran desprevenida. No estaba acostumbrada a ser débil. Supo hacer todo sola y salir airosa del proceso. Unas lágrimas se escaparon de sus ojos tristes, se las barrió con rapidez y se sentó a trabajar. Las remodelaciones le fascinaban, era una de las partes más importantes de que alguien contratara sus servicios. Remodelar al gusto de los clientes, a sus sueños e ideas, conseguir plasmar lo que ellos solicitaban, era un placer. La empresa se esforzaba en lograr hasta lo imposible por satisfacer a sus clientes. La fachada de los Dickson era por donde debía comenzar. Con eso en mente se volcó de lleno en la casa y se olvidó de lo que hacía un momento le molestó tanto. Horas después salió de la oficina. No comió nada, el tiempo de almuerzo se le escurrió. A las cuatro de la tarde, cuando salió, decidió irse a casa temprano. Dejó los trabajos pendientes en sus respectivos fólderes e informes listos para comenzar con la compra de los artículos. La compra… Dejaría que Persie le dijera los detalles a Jonas. Su carro por fin se lo entregaron después de varios días sin él. Resultó que la transmisión no funcionaba. Un gasto más que no tenía agendado. Ella llamó en el instante a la compañía donde compró el vehículo y estos se hicieron cargo del 40% del gasto. Al menos eso logró conseguir. Tal parecía que había tenido razón. Su vida se complicó. Y aún tenía pendiente el tema Jonas Cortes. —Persie, cualquier cosa, que me localicen al móvil —le dijo al pasar frente a su escritorio. —Sí, señora. El señor James la ha estado llamando, pero le dije que usted estaba ocupada. —La miró con sus enormes ojos y Cassie solo pudo notar la incomodidad. El novio de Persie la dejó por una más fácil. Tenían eso en común. Tal parecía que era un virus. —Déjalo. A ver si se seca esperando mi respuesta. —Le sonrió. No tenía ganas de fingir ser fuerte, no esa vez. —Descansa, Cassie. —Le devolvió la sonrisa. Apenas le llevaba unos pocos años, aunque Persie estaba rodeada de una inocencia ya casi extinta en las veinteañeras. Salió de la oficina y miró el pasillo que conducía a la oficina de Jonas. Debía dejar lo que sea que tuvieran. No tenía un nombre, pero fuera lo que fuera, debía parar. ¡Por Dios! ¿En qué pensaba cuando lo llevó a su casa? Su celular vibró y olvidó por un segundo dónde estaba. Lo encontró en el bolsillo de la chaqueta que traía puesta. Danger 4:30 p.m. ¿Saliste? Cassie Blake 4:30 p.m. Sí. Se montó en el carro con lentitud. La verdad era que estaba cansada. Si la invitaban a un maratón para apoyar niños enfermos, fácilmente pagaba el costo y no iba. Y ella era muy prosalud y competencia. Guardó el celular y encendió el carro. No debía quedarse más tiempo. El hambre comenzaba a nublarle las ideas. No había probado nada en todo el día, solo café de tanto en tanto mientras trabajaba. Por lo menos Persie respetó su decisión y nadie pasó a su oficina. Estaba segura de que las llamadas fueron rebotadas. La chica era de las buenas. Un buen futuro. La convenció de que se inscribiera en la universidad al poco tiempo de comenzar a trabajar para ella. Nadie debía dejar los estudios. Para las personas como ella, nacida rodeada de escasos recursos, los estudios eran lo único que podía darle un buen futuro. Por eso se esforzó tanto, aunque su padre no la pudo llegar a ver convertida en una profesional. Danger 4:52 p.m. ¿Tienes planes para hoy? Porque siento que me estás evadiendo. Cassie observó el celular mientras conducía. Estaba a pocos minutos de su casa. Intentaría sacar a Mel hoy quizá por unas hamburguesas o al cine. No le respondió a Jonas. No tenía nada que decir a eso. Lo evadía, era la verdad. Lo hacía por su propia salud mental. No podía cerrar los ojos sin imaginarse esos ojos avellanados y tupidos de pestañas largas y oscuras. No podía pensar en él sin recordar cómo había recorrido su cuerpo y besado cada espacio de su piel. Se erizó al instante de pies a cabeza. Era el efecto Jonas. Llegó a los pocos minutos a su casa y salió del carro con rapidez. No estaba dispuesta a que ningún vecino quisiera comentarle sobre el misterioso hombre que salió en la madrugada de su casa. Un pueblo pequeño implicaba ciertas deficiencias en la comunicación, más bien demasiada comunicación. Sus vecinos eran como espartanos sedientos de sangre. Y no quería ver su sangre correr entre las del pueblo. Las mujeres que tenían más de cuarenta, que habían conocido a sus padres, se empeñaban en verla emparejada, casada y con diez hijos. No entendían por qué le gustaba trabajar tanto y mucho menos por qué no se iba de juerga como las demás mujeres solteras de su edad. En ocasiones sentía que tenía cincuenta y no veintinueve. —Tía —la saludó Mel nada más llegar. —¿Qué tal tu día, Mel? —Lo abrazó y soltó luego la cartera y el móvil. —Encerrado aquí no hay mucho que contar —contestó entre risas. —Pues hoy no estarás encerrado. Cenaremos fuera. —Le guiñó el ojo y agregó—: Mi día también estuvo bien, gracias por preguntar. Subió las escaleras y entró a su habitación. Allí estaba bien. La tranquilidad se inhalaba en su cuarto. Después de desvestirse se duchó y se vistió con unos jeans y un t-shirt con cuello n***o. Se dejó el pelo húmedo y suelto; caía en su espalda ligero. Se calzó unas sneakers y bajó a la cocina. Miró sin ver los trastes sucios en el fregadero. Eran pocos. De inmediato, y como por maldad pura y simple, su cerebro le hizo recordar cómo la noche anterior estuvo a punto de hacer el amor con Jonas sobre la encimera de la cocina. —Tienes un grave problema, Cassie —se dijo en voz alta. Se puso un té de camomila y limpió todo en lo que el sobrecito soltaba la esencia en el agua caliente. Veinte minutos después, ya estaba sentada frente al televisor de cuarenta y dos pulgadas con los pies sobre el otomán rojo chino. Su casa estaba decorada con simpleza; muebles blancos de piel, dos otomanes rojos, una mesa de cristal con madera negra en los extremos, fotos por todas partes de sus padres, su hermano y ella de pequeños y una familiar de cuando ambos eran pequeños, una alfombra negra que contrarrestaba tanto blanco de las paredes y los muebles y el mueble del televisor era de unos dos metros, donde había más libros que espacio para las cuarenta y dos pulgadas de pantalla. Libros que pertenecían a su madre. Recuerdos que en papel podían ponerla a llorar. Su madre pasaba horas sentada en el pórtico mirando su jardín mientras leía una de sus novelas con una taza de café al lado. Cassie no recordaba un día en el que su madre no tuviera un libro en su mano. Su felicidad eran las letras. Una solitaria lágrima se escapó de uno de sus ojos. Extrañaba a sus padres. —Tía Cas, ¿es que no tienes hambre? Sabes que estoy en pleno desarrollo, así que no debo pasar hambre. La lógica de su sobrino la hizo sonreír. Se limpió la lágrima que había llegado a su barbilla y se levantó del mueble. —Estaba esperando por ti, Mel. Yo estoy lista. Revisó el reloj en su muñeca; eran las seis de la noche ya. Salieron sin prisa y llegaron a los pocos minutos a Parador el principiante, un negocio enorme. Era una reliquia de MeadVille. Con más de cincuenta años en la familia, tenían las mejores hamburguesas y carne a la parrilla. Un lugar familiar que por un módico precio ahorraba trabajo a las amas de casa. Unas cuantas cabezas se giraron cuando los vieron llegar. Estaba acostumbrada a eso. Su pelo castaño chocaba ligero sobre su espalda. Ella era la joven que muchos padres querían para sus hijos como nuera o como jefa. Había rechazado a la mitad de los hombres de MeadVille, los había obviado por Jason. Vaya mierda. Al final no sirvió tampoco. —Bienvenidos, chicos —saludó Maurice, la hija menor de los dueños del negocio. Unas coquetas pecas adornaban su rostro, dándole un aire de niña, de menos edad de la que seguro tenía. No debía pasar de quince años. —Hola —tartamudeó Mel. Cassie sonrió. Con razón estaba tan ansioso por salir. —Misma mesa de siempre, si está disponible —le dijo para romper la burbuja en que esos dos adolescentes se habían metido. —Claro. Síganme. —La jovencita caminó con rapidez y se olvidó de esperarlos. A Cassie en otro momento le hubiera molestado, pero no cuando ya sabía que su sobrino estaba colado por la recepcionista. Ambos estaban nerviosos. —Espero que no les moleste tener niños al lado. —Sonrió y les señaló la mesa de al lado, la cual estaba ocupada por dos hermosas niñas de tres o cuatro años. Parecían princesas. Su pecho se apretó. Ella soñaba con una familia. «La tendré cuando llegue el momento», era lo que se repetía cada año de tanto en tanto. —No tenemos problema, gracias… —miró la placa metálica y pronunció las palabras allí escritas para darle a los sueños de su sobrino un nombre— Camille. Mel seguía de pie al lado de Camille sin sentarse ni pestañear, rojo como un tomate, era tierno ver como su sobrino se había quedado sin palabras. Camille se despidió con una sonrisa y se fue con rapidez. Había clientes en la puerta. —Mel, siéntate. —Agarró a su sobrino por la mano y lo hizo aterrizar en la tierra—. Reacciona, niño. Sonrió y miró por encima del hombro a las niñas. Entonces vio quién se sentó con ellas. No podía ser. Jonas Cortes tenía hijas.
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