Cassie no sabía si llorar o reír por la coincidencia de necesitar alguien con quien hablar y distraerse. Quería desahogo y tranquilidad. Justo ahí le escribía Jonas.
¿Casualidad?
No lo sabía y tampoco tenía urgencia en investigarlo.
Dejó el teléfono en el escritorio y comenzó a hacer lo que tenía años ejecutando: trabajar. Era lo único que tenía después de que sus padres murieran y de que su hermano se fuera al otro lado del país. Trabajar la sustentaba y distraía de todo.
Bajó un poco la guardia cuando comenzó a salir con Jason, pero todo fue un fiasco.
Estaba sola otra vez.
Los planos para la reformación de dos propiedades distintas entre sí por completo.
Los Dickson querían una fachada blanca colonial con arbustos redondeados en la entrada.
Cassie se soltó el cabello y se masajeó la nuca. Últimamente hacía mucho eso. Era como si le pesara cada hebra de su cabeza.
Las horas parecían estancadas, paralizadas, no avanzaban ni un ápice. Miró el reloj más veces que antes. Imaginaba que el dios del tiempo bajaría y movería las agujas para que dieran las doce del mediodía.
—Señora Blake, el señor James la solicita en su oficina. —La voz de Persie la sacó de la ensoñación.
Debía enfocarse.
El intercomunicador encendido como siempre era un plus, así no tenía que estar pendiente del teléfono, a menos, claro, que por error ella misma lo apagase.
Suspiró.
¿Qué diablos podía querer Jason?
«No ha pasado ni una hora», pensó airada.
Ella tenía cosas que hacer, cosas para las que no lograba concentrarse.
—Dile que voy en camino. —Se levantó de la silla.
Con toda la calma se dirigió al baño que tenía dentro de su oficina. Se colocó un poco de polvo y rubor seguido de labial rosa pálido. No quería dar la impresión de estar siendo afectada más de lo obvio.
«Estaré bien», se repitió eso como un mantra mientras salía de la oficina.
—¿Me llamaste? —le cuestionó al instante en que entró.
—Toma asiento, por favor. —Le indicó el mueble n***o de piel que adornaba la oficina que por tanto tiempo fue de Brown.
Tan poco tiempo y tantos cambios.
—¿Vas a tardar mucho? Porque tengo mucho trabajo pendiente…
—Necesito un listado de todos los trabajos que tengas pendientes, también quiero saber qué tan involucrada estás con tu nuevo encargado de compras —la interrumpió. No le dio el chance de prever lo que sucedería.
Cassie abrió los ojos hasta casi salirse de las cuencas.
¿Cómo se había enterado?
—No sé de qué estás hablando —mintió—. Con relación a mis obligaciones, te pasaré el listado por correo.
—Perfecto. —Se levantó y se acercó con lentitud—. ¿Qué tan involucrada estás?
Otra vez la pregunta.
Él no iba a soltarla.
Lo conocía lo suficiente como para saber que él no imaginaba cosas, no porque ella hubiese estado con Jonas en realidad, sino porque Jason jamás hacía una acusación a la ligera, no sin antes haberlo considerado por días.
—No estoy involucrada con Jonas Cortes, ni con nadie en esta oficina, ni en ninguna parte.
—Entonces supongo que no te molesta decirme por qué hace dos días te recogió en tu casa a las siete de la mañana.
Cassie no se había sentado, pero sintió que debía hacerlo. Las piernas le fallaron y la obligaron a poner el trasero en el sillón.
—¿Cómo…? ¿Cómo sabes eso?
—No soy un tonto, Cas. Vi cómo te miró en la fiesta pasada.
—Es nuevo, ni siquiera lo conozco, Jason. —Sonó tan hueca como se sentía. Era como ser pillada a los trece con el novio metiéndole la lengua hasta el infinito.
—Te conozco, Cassie, lo sabes. Lo vi, y Jenine…
—¡No te atrevas a decirme su maldito nombre! —Se incorporó airada.
Ahí estaba.
«De eso se trata».
Jenine volvía a meterse en su vida.
—No tengo nada más que hablar contigo. No es de tu incumbencia con quién salga o con quién no. Soy bastante mayorcita y los meses ya van pasando. Tu desastre puede irse a otro lado porque ya no puedes destruirme más de lo que lo hiciste cuando te encontré chupándole hasta la vida a esa maldita zorra.
Cassie tragó fuerte, su boca se había resecado de repente. Sin darse cuenta, admitió que tenía alguna clase de roce con Jonas Cortes.
Esperó que Jason lo pasase por alto, que entre tantas verdades no notara el desliz de decirle que era capaz de salir con quien quisiese.
Su respiración se aceleraba cada milésima de segundo. Se dirigió a la puerta. Había escuchado suficiente y había dicho más que demasiado.
Jason la vio salir por la puerta sin decir media palabra más.
No pudo hacerlo, ya que él le falló y era cierto que la destruyó. Había convertido a la mujer que más amó en alguien frívolo.
Y su enemiga.
Ahora debía trabajar con ella a pesar de haber sido el causante de todo ese dolor.