Prólogo
El agua resbalaba por el cristal del coche mientras mi mirada perseguía la huella que había dejado en su trayectoria. De la misma forma que hacía meses había hecho antes de ver a mi mejor amiga en el coche de en frente.
Entonces el coche frenó, dejando ver por mi ventanilla un portal. El portal número 7, cual estaba perdido por un laberinto de calles vacías. Hacía años que ya no vivía nadie allí, de hecho, aquella zona era conocida por ser muy peligrosa, aunque no entendía muy bien el motivo. Antes me parecía una zona peligrosa, pero ahora había entendido que las peleas que surgían eran entre seres no humanos, por lo que cualquier persona estaba a salvo allí, excepto los vampiros. Aunque, claro, ahora yo también era sobrenatural, así que debía tener cuidado.
—¿Esta es la casa? —dudó el hombre que estaba sentado en el asiento del conductor.
—Eso creo —respondí sin quitar ojo al portal.
—No tienes que hacerlo si no quieres, puedes vivir conmigo, no me importa que seas...
—Papá —le interrumpí—, debo hacerlo, es la única manera de usar lo que soy para hacer el bien.
—¿Estás segura que eso es hacer el bien?
Retiré la mirada del portal y la fijé en mi padre, o más bien, en mi padrastro.
—Necesito que tu confíes en mí, necesito que alguien lo haga.
—Está bien, Lia, todo está bien —mintió sonriéndome dulcemente—. Todo irá bien.
—Gracias —agradecí agarrando la mochila que llevaba con parte de mis cosas.
—Sabes que puedes llamarme en cualquier momento, da igual el día o la hora, si necesitas hablar o que venga a buscarte lo haré.
Le abracé con todas mis fuerzas. Lo cierto era que me agradaba como figura paterna. Tanto que incluso a veces me imaginaba que él fuera mi verdadero padre, aunque ese fuera algo estúpido, ya que sabía la verdad. Pero odiaba pensar en mi verdadero padre, era horrible.
—Estaré bien.
—Lo sé.
Salí del coche, dejando que todo mi cuerpo se mojara, pero ni siquiera me di cuenta. Mi corazón latía demasiado rápido como para escuchar la lluvia, y mi cuerpo estaba totalmente tapado, por lo que tampoco sentía la humedad que se creaba en mi ropa.
—Allá vamos.
Elevé la mochila y me la coloqué en la espalda. Suspiré varias veces y al fin me decidí a entrar. Todo estaba en silencio y oscuro, abrí la primera puerta, la cual daba a un portal aparentemente normal, con un espejo a mi izquierda. Habían dos lámparas colgadas de la pared de mi derecha y las escaleras estaban enfrente. Arriba del todo, junto a la segunda puerta, los buzones. El interruptor estaba al lado de las lámparas, lo encendí. Dándole la señal a mi padrastro de que se podía ir, ya no iba a dar marcha atrás.
Escuché como el motor se alejaba antes de subir las escaleras, quería asegurarme de que mi padre salía sin problema de esta zona. Cuando lo confirmé subí y abrí la segunda puerta. No necesitaba llave para ninguna de las dos ya que estaban mal cerradas, por lo que pude abrirlas sin problema.
Pasé a la segunda fase, el camino hasta la puerta de mi nuevo hogar. La luz estaba encendida, por lo que me acerqué a unas escaleras tan brillantes como elegantes, irónicamente hablando. En realidad estaban tan destrozadas y sucias como todo lo demás.
—¡Tú debes de ser Lia! La nueva —Gritó un hombre detrás de mi haciendo que saltara del susto.
Hubiera jurado que no había nadie, pero allí estaba.
—S....si —afirmé sin saber quién o qué era.
Observé el alrededor, detrás de mí solo había una planta y la pared, no entendía de dónde había salido..
—Yo soy Gabriel, el portero del edificio. Siento si te he asustado, pero me han hablado mucho sobre ti.
—¿Sobre mí?
—Sí... eres una Hoean ¿Verdad?
—Una...Oe... ¿Qué?
—Ya sabes... la hija de Henry.
—Aah, sí, eso dicen.
El hombre me miró extrañado, como si tuviera que conocer aquella palabra tan conocida.
El señor era un hombre de metro ochenta, o quizá algo menos. Vestía ropa antigua y destrozada, tenía un bigote acabado en punto y una barba que casi le llegaba al pecho, lo cual le hacía parecer de todo menos portero. Su cabello era oscuro, pero apenas le quedaba mucho pelo y caminaba encogido.
—Toma, esta es tu llave, la semana pasada se fue una pareja, por lo que has tenido mucha suerte. El edificio está completo.
Dejó la llave en mi mano, una roñosa llave con forma antigua.
—Gracias —Dije.
—Ve al primer piso, gira a la izquierda. Allí verás dos puertas, la letra F y la letra E, la tuya es la F.
—Bien, gracias.
Me di la vuelta, dispuesta a seguir mi camino.
—¡Ah! El ascensor esta averiado, mañana vendrán a arreglarlo, por lo que hasta entonces sube andando.
—Bien.
Me giré para sonreírle, solo quería despedirme e irme a mi nueva casa. Pero el hombre ya no estaba. Un esaclofío recorrió mi cuerpo, todo era muy extraño.
Comencé a subir las escaleras, mientras los truenos retumbaban por todas partes y la lluvia sonaba tan fuerte que deducía que ya no era lluvia sino granizo. Recé porque mi padre hubiera llegado a casa sano y salvo, pero era buen conductor por lo que supuse que no le molestaría aquel temporal.
Hice un cambio de sentido, continuando la trayectoria de las escaleras. Cuando apenas me quedaba dos escalones para llegar se apagó la luz, de golpe, haciéndome forzar la vista para poder ver. Por suerte, aún se veía algo, aunque lo más mínimo, por lo que pude diferenciar la letra F.
Me apoyé en la pared suponiendo que por ahí estaría el interruptor, pero no toqué nada más que la fría piedra. Al final, terminé dándome por vencida. Un nuevo trueno sonó al lado del edificio, justo por el lado de las escaleras, por lo que miré para arriba ya que en el cambio de sentido había una pequeña ventana. Pero esta vez me choqué con un chico que aguardaba de pies, no le veía los ojos, pero aun así su mirada penetraba mis ojos haciendo que un escalofrió recorriera todo mi cuerpo. Si eso fuera una película de miedo, lo cual tenía toda la pinta, seguro que en cualquier momento sacaba una hacha y me asesinaba despiadadamente.
Intenté apartar aquellas ideas de mi cabeza y saludar, pero la voz no salía de mí, parecía que se había apoderado el miedo de mi cuerpo. Entonces otro trueno, algo más flojo que el anterior sonó al lado de la ventana, haciendo que retrocediera hasta chocarme con la pared, y cuando enfoqué mi atención de nuevo en las escaleras, el chico había desaparecido.
Me limité a que el pánico no se haría conmigo, pero realmente estaba asustada, por lo que corrí a la puerta y metí la llave. Giré haciendo que la puerta se abriera, saqué la llave cerrando la puerta de un portazo, haciéndome caer al suelo y apoyando mi cuerpo en la madera de la entrada, mientras intentaba escuchar el mínimo ruido. Alerta a cualquier hachazo.
En aquel momento se escuchó otro portazo, unos pisos más arriba.
No lo había imaginado, había un chico en las escaleras observándome.
¿A caso iba a ser así todos los días?
Entonces algo me dejo sin aliento, una duda surcó mi mente sin permitirme moverme en minutos. ¿En qué me había metido?