Capítulo 1

2982 Palabras
Caminé por los oscuros pasillos, la luz del corredor tintineaba ocultando vagamente mi cuerpo bajo la oscuridad. Continué mi camino buscando una simple cama donde poder dormir. Necesitaba descansar para que la mañana próxima organizar todo, con luz natural que alumbraría la escena y no aquella tortura visual. Al fin encontré una imitación a tal. Era un colchón mugriento en una esquina de la habitación. Coloqué mi mochila a la par y me dejé caer creando una nube de polvo que conquisto todos mi alrededor. Cerré los ojos y en mi mente surgió un recuerdo de hacía un par de semanas, cuando conocí a aquella gente que me llevo hasta esta misma casa. Cuando aún las nubes lloraban la muerte de mi hermana acompañándome en cada suspiro con un trueno que dejaba inmóviles. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, lloré hasta desear mi muerte. Pero una de esas mañanas me desperté con el cielo despejado, y eso me hizo plantearme el siguiente paso. Descubrí entonces que mi padrastro estaba enfermo en su cuarto, probablemente llevaba días y no me había dicho nada para no molestarme. Me sentí tan mal que me obligó a salir a por algo de comida ya que mi padrastro estaba enfermo en la cama. Me vestí con lo primero que encontré, iba totalmente desarreglada, con un chándal poco gris y una tela tan rota como mi interior. Me dio igual. Simplemente no me apetecía arreglarme, no tenía fuerza para ello, ni llevar ropa pegada, prefería algo cómodo y rápido.  Alcancé las llaves y salí guardando un billete de veinte entre mi ropa. Aún era temprano, apenas daban las 8, pero no había podido dormir en todo el día por lo que pensé que tomar el aire no me vendría mal, sin contar que así no me vería mucha gente con esas pintas. Pronto llegué a la tienda y cogí  cuatro cosas, las juntas para hacer algo de comer sin pasarme de veinte euros. Cuando acabé me coloqué en la fila y observé a un grupo de chicos que entraban por la puerta. No conté cuantos eran, me dio bastante igual, pero estaba segura de que los podía contar con una sola mano. Todos reían y gritaban. La tienda había estaba en silencio, por lo que las voces de aquellos chicos creaban sonido en lo que anteriormente podía haber pasado como un funeral. La tienda estaba prácticamente desierta, al menos hasta que llegaron, ni siquiera hacía ruido la caja registradora, lo cual me hubiera sorprendido de estar de mejor humor. Todos pasaron por mi lado sin percatarse de mi presencia, a excepción de un chico que me miró inquietado, como si me estuviera indicando con la mirada que estaba en el lugar equivocado. Pero pronto paso y logré respirar, expulsando todo mi temor. —Diecisiete con ochenta y tres— Anunció la cajera, pero seguía mirando atontada al lugar por el cual habían pasado esos chicos— ¿Señorita?. —Oh, sí, disculpe. Aquí tiene —Reaccioné al fin, estirando la mano y dejándole el billete al lado de la bolsa. En cuanto me dio las vueltas salí. Una brisa azotó mi cabello, lo cual me hizo respirar aquel aire tan fresco que hacía tiempo que no apreciaba.  —¡Aaah! —Aulló alguien detrás de mí. Miré dentro de la tienda, asustada. El gritó provenía de aquel lugar. Tiré la bolsa sin pensarlo y me adentré de nuevo en aquel supermercado, donde, esta vez, la luz empezó a parpadear. La cajera que me había atendido ya no estaba y el alboroto que creaban el grupo de amigos había muerto. Un mal presentimiento recorrió mi cuerpo en forma de escalofrío. No pude evitar estar preocupada, sabía que no me ocurriría nada, no podían hacer nada contra una vampiresa. O, al menos, yo me acerraba a aquella idea, ya que nunca imaginaria lo que estaba a punto de ocurrir, o más bien, lo que estaba a punto de descubrir. —¡Ayuda! —Exclamó una voz, una voz que apenas conocía, pero me sirvió para descubrir quién pedía ayuda. Era la cajera. Corrí permitiendo que mis ojos se tiñeran de rojo, deseaba ayudarla, necesitaba ayudarla. La imagen de mi hermana me invadió con fuerza. No había podido salvarla, pero podía rescatar a esa chica. Entonces la alcancé, estaba tirada en el suelo y parecía tener el pie roto, lo cual no me lo puso nada fácil, no porque no podría andar, sino, porque la sangre chorreaba de su pierna. Intentaba evitarlo, ignorarlo, pero aquel olor conseguía apoderarse de mí. Hacía mucho que no comía y mi sed de sangre crecía. No quería hacerla daño, no quería alimentarme. No ahora, no así. —Vaya, tenías razón es un vampiro —Comentó alguien detrás de mí. Era una chica, una de las chicas del grupo que había entrado. —Una vampiresa —Corregí. —Perdóneme —Se disculpó agachándose. —Me debes diez euros —Manifestó un muchacho mientras aparecía de la nada y rozaba mi pelo. Me aparté de un salto y mis colmillos crecieron, hasta que me di cuenta que era el mismo chico que se me había quedado mirando, el de la mirada inquietante. Pero aquello a penas me importo, lo que me dejó de piedra fue sus colmillos, sus ojos rojos, su piel pálida. Todos eran... Todos eran como yo. Eran vampiros. —Sois... vampiros —Acusé. —Y vampiresas —Corrigió la chica con una sonrisa mientras se acercaba a mí y me extendía la mano—. Mi nombre es Vanesa, este chico de aquí es Dylan, siento si te ha asustado, no es bueno relacionándose, y menos si es con chicas —se burló, dijo esto último en un susurro que todos pudieron escuchar. —¡Eso no es verdad! —Bramó el muchacho. —Claro que lo es— Respondió alzando la mano, como si con aquella acción la razón iría sola ante ella. —No les hagas caso, son tal para cual, sin tener en cuenta que son primos— Reveló otra chica, esta parecía algo más pequeña, incluso más pequeña que yo— Mi nombre es Amelia, pero me llaman Ame, por lo que puedes llamarme de esa forma. —Y yo soy David, pero todos me llaman D. —¿D? —Dudé suponiendo que aquella letra provenía de su nombre. —D de diabólico —Corrigió acercándose a mí, muy serio, como si fuera a matarme, lo cual me hizo retroceder. El chico con el que había hecho contacto visual primero, le paró con la mano para que no se acercase más a mí y se empezó a reír. —¿Tú diabólico? —No le hagas caso, D de David, como es obvio —Afirmó Amelia. —Joe, solo era una broma. Ya no me dejáis ni divertirme —Se quejó el chico. —Pero la has asustado, D —Regañó Vanesa. —Perdóname, amor —Se disculpó abrazando a la chica. —No pasa nada, cielo —Contestó ella, besándole. El otro chico, Dylan, que aún tenía la mano alzada, me miró y puso los en blanco. —¡Y yo soy Jaime! —Chilló un último m*****o, emocionado. Se acercó a mí muy brusco y estiró su mano, espernada a que yo hiciese lo mismo. —En... encantada, yo me llamo Lia —contesté juntando mi mano con su fría piel. —Así que... Lía... ¿eres m*****o de algún club? —Se interesó Amelia. Jaime se apartó de mí y volvió a su sitio. Me sentí más cómoda cuando lo hizo. —¿Club? ¿De qué? —De caza vampiros...—lo dijo feliz, pero me quedé callada, tratando de entender a qué se refería y mi duda hizo que su sonrisa se borrase, poniéndose en guardia— O es que tú eres uno de ellos. —¿Qué? —Tartamudeé sin comprender nada. ¿A caso ellos no eran vampiros? Pero tenían colmillos... y los ojos rojos. No, eso no era posible, me lo habían confirmado. Pero entonces... ¿de que hablaban? ¿Cómo unos vampiros hablaban de cazar a otros? —¿Creéis que puede ser una de ellos? —Cuestionó Dylan y todos retrocedieron dejándome sola. Al mismo tiempo que empezaron a susurrar entre ellos mientras me dirigían miradas acusatorias y destructivas. Me acerqué lentamente a la cajera, cual hacía rato que se había desmayado de dolor. —¡Ey, vosotros! —Llamó un hombre al fondo. —¡Es ese! ¡Matarlo! —Señaló Jaime. Los chicos corrieron hacia el hombre y este agarró una pala que había en la sección de jardinería, que era por la zona que estaba pasando. —¡Unos simples críos no podrán contra mí! —Escupió empezando un combate que destrozó el supermercado. —¿Pero qué? —Pronunció la chica que sujetaba con mis brazos mientras veía aquello— ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué mi jefe lucha contra esos monstruos? ¡Tienes que ayudarle! Nada más decir esto me agarró del cuello para fijar su mirada en mí, lo cual fue lo peor que podía haber hecho, ya que descubrió mis ojos rojos y mis colmillos. —¡Aaah! ¡Suéltame! ¡Eres uno de ellos! —Me limité a agarrarla y explicarle que no debía temerme, pero entonces algo que dijo me bloqueó—. ¡Eres un monstruo! La chica se escapó de mis manos y comenzó a arrastrarse hasta su teléfono móvil, el cual estaba a unos metros de nosotras. Lo agarró ymarcó un número, pero entonces reaccioné, no podía decirle a nadie lo que estaba ocurriendo. Más que nada porque la tomarían como una loca y porque la policía no tardaría en venir. Corrí hacia ella y le quité el móvil. —¡No por favor! ¡No me hagas daño! —¡No quiero hacerte daño! ¡No soy como ellos! ¡No soy un monstruo! —Solté mientras mis ojos volvían a recuperar su color naturas y mis colmillos se desafilaban. —Eres la chica de antes... —Susurró entre llantos. —Sí, soy normal, o al menos eso intento. Te llevaré al hospital, pero debes olvidar todo lo que has visto o te tomaran como una autentica psicópata. —Pero cuando vean esto... —Nunca lo verán, ¿no te das cuenta? Tienen el poder necesario para reconstruir este lugar y fingir que nada a ocurrido en menos de unas horas. Nunca has oído hablar de que los vampiros existan ¿Verdad? Pues este tipo de peleas las hay cada día. —¿En serio? Abrí la boca para seguir explicándoselo, pero no pude contestarla, se desmayó de nuevo. —Está bien, tendré que llevarte yo sola al hospital —Asumí con un suspiro. Me las apañé para dejarla en un sitio seguro en el cual sabía que la encontrarían y la llevarían al hospital en menos de diez minutos. Aun así, me quedé entre la oscuridad, esperando a que se la llevaran. Cuando lo hicieron comencé a andar y algo pasó por mi cabeza. Había ayudado a la chica, pero... ¿por qué me había olvidado del hombre? Corrí lo más rápido que pude hasta el supermercado, rezando porque aún seguirían luchando, rezando porque no lo hubieran matado. Pero ya era tarde, me encontré lo que quedaba de él por todas partes, paredes, suelo, estanterías,… Inmediatamente me entraron ganas de vomitar, y así lo hice, lo cual me dejo muy débil ya que no tenía apenas comida en mi estómago. Caí al suelo, mientras mi mente recordaba la figura de aquel hombre, ahora quedaría en el olvido. —¡Ey, tú! —Aulló Vanesa dirigiéndose a mí— ¿Tú la has matado, verdad? Ni siquiera quise escucharles, solo quería alejarme de ellos y olvidarlo. El recuerdo de mi hermana estaba en mi mente y me reventaba por dentro volver a vivir la muerte de alguien, aunque fuera un desconocido. Era justo de lo que huía, por lo que me fui de mis hermanos. —Ella no debía morir hoy —Informó Amelia muy preocupada. —Eres una asesina —Denominó, erróneamente, Jaime. —Creía que podrías ser una más del grupo —Reveló David. Mi cabeza se llenó con sus voces y exploté. —¿De qué habláis? ¡Vosotros sois los asesinos! ¡Habéis matado a un hombre! Los chicos se mirarón como si no entenderían lo que decía. —¿Ese hombre? ¿Te refieres a esa cosa como hombre? —Dudó Amelia. —¿Cosa? —Repetí sin poder levantarme. —Era un vampiro, pero uno de los malos. Se alimentaba de personas humanas hasta matarlas, y le daba igual la edad. Ha destrozado sin piedad a niños, incluso bebés. ¿De verdad llamas a eso hombre? La imagen que tenía de aquel... ser cambió por completo haciendo que en el fondo me alegrara de que estuviera muerto, o más bien, descuartizado por toda la tienda. —No lo sabía —Informé. —Ya, pero has aprovechado para alimentarte mientras ella no podía escapar —Siguió Vanesa. —¿Ella? ¿De quién hablas? —Quise saber. —No te hagas la tonta, tú también mereces morir —Escupió Jaime abalanzándose contra mi mientras revelaba sus colmillos bien afilados. —¡No espera! —Intenté interrumpir sin éxito. Sus colmillos penetraron mi piel, y sentí como aquel mordisco me quemaba. La sangre de los vampiros tenía un sabor especial, pero también era peligrosa para ambos. El chico no se detuvo, me dejaba sin sangre. Intenté levantarme o apartarle, pero estaba demasiado débil. Mi fin se acercaba. Y, de pronto, me di cuenta que me daba igual, era justo lo que había estado buscando días atrás. Cedí a su deseo y me detuve, permitiéndole seguir. Había llegado mi hora y la verdad que no me importaba, me encontraría con mi hermana y mi madre en alguna parte. Los ojos se me cerraron y dejé de escuchar, dejé de sentir el mordisco, incluso pude sentir como dejaba de latir mi corazón. Pero pronto me di cuenta de ello. ¿Acaso había muerto? ¿Ya había acabado todo? Una imagen recorrió mi mente, era mi padrastro. Estaba solo en casa, llorando y enfermo. Si yo moría, el haría una locura, no le quedaba nadie más. Realmente no quería que ocurriese, no quería hacerle más daño. Cogí fuerzas de donde nunca creía que las había y le aparté. Debía llevarle el medicamente para que sanara. —¡Nooo! —Bramé empujando al chico y arrastrado mi cuerpo lejos de aquellos vampiros. Vanesa se colocó delante de Jaime para detenerle y se quedó mirándome. —¡La he llevado al hospital, no me he alimentado de ella!  La sorpresa inundó los rostros de los cinco amigos. Su odio se convirtió en verguenza. —Lo siento, a sido un error, creíamos que habías matado a la cajera —Dijo Jaime. —No volverá a ocurrir, perdona —Se disculpó Vanesa ofreciéndome su mano para levantarme. —Yo no me alimento de humanos —aseguré, molesta. Los cinco se miraron, serios y asintieron entre ellos. —Queremos que te unas a nosotros, matamos a los vampiros que se alimentan de personas —Declaró David. —¿Te apuntas? —Quiso saber Amelia estirando su mano hacia mí. Habían intentado asesinarme y ahora trataban que me uniera a ellos, la escena me parecía surrealista. —Yo... en realidad tengo que cuidar a alguien. —¿Un humano? —Dudó Dylan mirándome de nuevo con esa mirada tan terrorífica. —Así es. —Lia, vampiros y humanos no pueden convivir juntos, es una de las pocas normas que tenemos que cumplir— Informó Jaime. —Pero él es... —Da igual que sea tu amigo o novio o cualquier cosa, si el comité se entera os matara a los dos —Pronunció muy preocupada Vanesa. —Pero... no tengo a dónde ir. —¡Lo ves! Es perfecto, nosotros te daremos un hogar, y así no morirá nadie —Comenzó emocionado D, hasta que se dio cuenta de un pequeño detalle—. Bueno, a excepción de los vampiros que nos carguemos. Pero piénsatelo, y ya nos confirmarás si quieres ayudarnos o no, pero puedes vivir en esa casa hasta que encuentres una mejor. —No estoy segura de... —Intenté decir. —Lia, nosotros no nos vamos a chivar, pero se acabarán enterando. ¿Realmente quieres que le maten? Tu quizá puedas escapar, pero él... morirá y no de cualquier forma, sino le torturaran hasta que no sienta el dolor —advirtió Vanesa. Aquella imagen de mi padrastro siendo torturado por unos vampiros que se hacían llamar "el comité" me atormentaba. Por lo que abrí mis ojos asustada. —Debemos irnos. Esta es la dirección, piénsatelo, te esperamos con los brazos abiertos —Finalizó Vanesa dañándome una tarjeta—. Y este mi número, llama cuando necesites ayuda. Aquel grupo desapareció del escenario dejándome sola, entonces miré el papel y leí la dirección percatándome de que aquella zona era la peor de la ciudad, al mismo tiempo que me daba cuenta del motivo. Vivían allí para vigilar a los vampiros que merodeaban por allí, acechando humanos. Pero eso no me preocupaba, sino la imagen que se repetía en mi mente una y otra vez de mi pobre padrastro siendo torturado. Definitivamente, debía alejarme de él, era lo único que me quedaba en mi vida y no quería perderlo. ¿Pero a donde podía ir? Quizá... podía volver a la mansión con mis hermanos... —¡No! —Aullé al recordar el cuerpo sin vida de mi hermana— No puedo volver... Agaché la cabeza entristecida cuando mis ojos se centraron en aquel papel que me había dado esa tal Vanesa. ¿Qué debía hacer? ¿Qué era lo mejor?
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