Llegamos al edificio, en el cual vivía, sobre las 4 de la tarde. No tardamos en separamos, o al menos yo, ya que era la única que vivía en el primer piso.
—Nos veremos a la noche, ahora limítate a descansar —Informó Vanesa.
—Sí —Acepté, sin apenas hacerla caso.
Entré en la casa y me tumbé en la cama, destrozada. Cerré los ojos y deseé dormirme, pero entraba demasiada luz por la ventana como para engañar a mi subconsciente. No era mi hora para dormir, estaba acostumbrada a dormir de noche, no de día. Además, era de esas personas que necesitan total oscuridad para lograr dormirse.
Me levanté cansada de dar vueltas en la cama y comencé a recoger la casa, no había mucho, pero lo suficiente como para entretenerme una hora.
Cuando acabé me hice la comida, que más bien era la merienda, lo cual me llevo otra hora entre prepararlo y comérmelo.
Acabé, aproximadamente, a las siete de la tarde. Me senté en el sofá y encendí la televisión. Sin embargo, no funcionaba, solo conseguía ver niebla. Aunque, a veces, si me concentraba en aquella niebla lograba ver algo, pero nada completamente visible.
Al final decidí bajar a hablar con el portero para saber si él sabía algo sobre porque no iba mi televisor.
Pero en cuanto baje me percaté de que encontrarle no era nada fácil, me senté en su silla y esperé a que apareciera. De repente, me pareció escuchar algo y miré las escaleras intrigada, rezando porque fuera él. No obstante, una señora mayor apareció bajando las escaleras, algo molesta.
—¿Necesita ayuda? —Pregunté intentando ser amable.
La señora freno y me dirigió una mirada llena de odio.
—Ya está de nuevo —Balbuceó entre susurros.
—¿Perdón?
—¿Eres el postre de Gabriel? —Quiso saber.
—¡¿Perdón?! —Repetí incrédula.
—Bueno, él os llama trofeos.
—Yo... yo no soy eso... —Me defendí—. Vivo en el 1F, mi nombre es Lía y soy la nueva.
—¿Eres un vampiro?
—Soy una vampiresa —Corregí algo cansada de que no diferenciaran los géneros.
—Oh, baya. Perdóname, con ese olor creí que eras el almuerzo de Gabriel.
Inmediatamente el rostro de la señora cambio de tenebroso a uno amigable. Parecía una pobre señora que se había perdido, me sonreía tan amistosamente que me recordaba a mi abuela, a la que amaba a pesar de que haría un par de años que no la veía.
—Mi nombre es Marian, vivo en el 3D, si necesitas cualquier cosa no dudes en decírmelo, da igual la hora que sea.
—Gracias...— Agradecí sorprendida.
—Si te acabas de mudar no tendrás nada en la nevera, ¿por qué no vienes esta noche a comer a mi casa?
Fui a corregir su frase por >, sin embargo, rápidamente me di cuenta de que para ellos sería comer.
—Bueno... no me gustaría molestarla...
—No te preocupes, mi nieto también va a venir, no me cuesta hacer un plano más, de hecho, me encanta. Es una forma de sentirme útil. Aparte me encantaría que conozcas a mi nieto, es un poco callado, por lo que le vendrá bien tener una amiguita en el edificio.
—Bueno... si no le importa, me encantaría ir a su casa a comer esta noche.
—Perfecto —Concluyó subiendo las escaleras de nuevo.
—¡Marian! —La llamé recordando a que había bajado— ¿Cómo puedo encontrar a Gabriel? Necesito hablar con él.
—¿Para qué?
—Tengo un problema con mi televisión.
—Uff... lo tienes difícil, puedes llamarle, pero solo aparece cuando le apetece.
—Ya... —Dije y la abuelita continúo subiendo— Gracias.
—Recuerda, a las 12 en mi casa.
—Sí.
Miré mí alrededor esperando ver al portero, pero no había nadie.
—Gabriel —Le llamé en susurros—. Gabriel —Repetí más alto al no hacerme caso— ¡Necesito hablar contigo!
—No tienes que gritar, te escucho, pero ahora estoy ocupado— Pronunció la voz de Gabriel sin que su cuerpo estaría presente.
—Pero es que...— Quise reclamar.
—Vuelve a tu casa y descansa, esta noche puede que te toqué ir de caza de nuevo.
Pensé en continuar quejándome, pero hablar con la pared me empezó a preocupar. No sabía de dónde provenía su voz, él no se encontraba en el edificio, sin embargo, se las arreglaba para que le escuchara.
—Bien— Terminó venciéndome.
Subí a mi casa y me tiré de nuevo sofá, entonces decidí ir a hacer la compra, por lo que salí a la calle y di vueltas por los alrededores. No obstante, no había ni rastro de ninguna tienda.
Cansada, miré mi reloj de mano y me percaté de que eran las diez, en dos horas tenía que ir a la casa de Marian y quería, debía, ducharme y prepararme antes, por lo que corrí hasta el portal para que me diera tiempo.
A las doce menos cuarto pasadas acabé de completamente de hacer todo, por lo que me senté en el sofá durante cinco minutos. Y a menos cinco subí a casa de aquella señora.
Llegué a menos tres, así que, esperé tres minutos sentada en las escaleras, quería llegar puntual.
Entonces escuché a alguien bajando las escaleras y miré por el hueco que había en el cambio de sentido. Pude ver una mano, bajaba de dos pisos más arriba, es decir, del último piso. Poco tarde en saber quién era, su olor, la forma en la que caminaba, su respiración... incluso sus latidos.
Era Dylan.
Me puse nerviosa y corrí hacía la puerta de Marian, toqué el timbre esperando a que abriera antes de que él pasara. Su mirada me ponía nerviosa.
—Vaya, que sorpresa, llegáis los dos a la vez— Anunció emocionada.
Miré para atrás siguiendo la mirada de la abuelita, deseé que fuera cualquier persona menos él. Pero mis plegarias no debieron servir.
Allí se encontraba mirándome como si fuera una enemiga, y al mismo tiempo, sorprendido.
—Parece que os conocéis— Intuyó sonriendo— Lía, él es mi nieto e hijo Dylan.
—¿Nieto e hijo?— Repetí sin entenderlo.
—Si— Asintió sonriendo e invitándome a pasar— Dylan encárgate de que se sienta como si fuera su casa, yo tengo que acabar de hacer la comida ¿Entendido?
—Ajam— Afirmó ignorándola.
Marian desapareció entrando en una de las salas.
—Vamos, te enseñare la casa— Dijo comenzando a adentrarse en ella.
Le seguí en silencio mientras él me enseñaba los baños, las habitaciones y el salón. Era la típica casa de abuela, con muebles antiguos y con pocos colores alegres. Al fin llegamos a la última sala que resultó ser una habitación, la antigua habitación de Dylan.
—Esta era mi habitación, cuando aún vivía con mi abuela.
Me acerqué al escritorio donde había una fotografía con los que supuse que eran los padres del muchacho y un Dylan pequeño.
—¿Estos son t...?— Empecé a preguntar cuando me arranco el marco de las manos.
—Eran— Corrigió sentándose en la cama y mirando a la foto tristemente.
—Lo siento, de verdad, no lo sabía.
—Lo sé, no es tu culpa.
Me senté al lado suyo sin saber que hacer o cómo reaccionar.
—Nieto e hijo— Pronunció.
—¿Qué?
—Eso ha dicho antes, este es mi nieto e hijo, cuando ellos murieron me tuvo que adoptar como hijo.
—Comprendo— Pronuncié arrepintiéndome de haberlo repetido minutos atrás.
—¿Y tus padres?
—¿Mis padres? —Repetí recordando que yo tampoco tenía, de una forma u otra— Mi padre biológico mato a mi madre— Al decir esto Dylan me miro interesado— Él está loco. Pero pude conocer a mi padrastro, para mi él siempre será mi padre, aunque sea humano.
—¿Él es el que te trajo?
—Sí —Confirmé siendo consciente de que me había tenido que espiar para saber eso.
—Conozco a Henry, en parte, él es el culpable de la muerte de mis padres
—Pero tú no eres como él.
Fui a agradecérselo cuando la abuelita nos llamó y tuvimos que ir a cenar, o como ellos lo llama, a comer. La comida fue normal, no hablamos de nada imprescindible. Cuando acabamos la ayudamos a recoger y volvimos al salón.
—Ahora debo de ponerme a hacer cosas, vosotros ir a disfrutar de la noche, sois jóvenes.
Dylan y yo nos dirigimos una mirada algo incomoda.
—Debo hacer algunas cosas yo también —Me adelante.
Dylan se acercó a la puerta y me paso el abrigo que había dejado en el perchero.
—Gracias.
—Oye Lía, ¿has conseguido hablar con Gabriel?
—Más o menos... pero no ha podido ayudarme.
—¿Tenías problemas con tu televisor, verdad?
—Así es.
—Dylan es bueno arreglando aparatos, lo heredo de su padre. ¿Podrías ayudarla?
—Bueno, yo... —Tartamudeó sin saber que decir.
—No quiero molestar —Anuncié.
—No, bueno, no es molestia, me gusta arreglar cosas.
—¿De verdad? ¿No te molestaría?
—No.
Bajamos a mi casa, no sin antes agradecer a Marian aquel manjar. Le guie hasta la televisión y mientras se limitaba a entender que le ocurría a la televisión yo preparé unos tés, intentando bajar aquella comida.
—¿Puedes? —Pregunté llevando las tazas.
—Si, ya está —Aseguró encendiéndola.
Iba perfectamente, casi parecía que era una tele nueva, y no la chatarra que era.
—¡Vaya! —Exclamé emocionada— Muchas gracias.
—No es nada —Finalizó tomándose el té— Bueno debo irme, sino necesitas nada más.
Le seguí con la mirada hasta que se me ocurrió algo en lo que le podía ayudar.
—Esto... Dylan... ¿Sabes dónde hay alguna tienda de comida? Tengo la nevera vacía pero no encuentro ningún sitio.
—Claro, hay un supermercado a un par de manzanas.
—¿En serio? No lo he encontrado y eso que me he pasado toda la tarde buscándolo.
—Te llevaré hasta allí— Propuso riéndose.
Tal como me había informado, el supermercado estaba a un par de manzanas, ni una más ni una menos. Entramos, estaba completamente vació, cogí lo imprescindible y pagué a un chico joven, que no hacía más que masticar un chicle con la boca abierta y ni siquiera se esforzaba en vocalizar, por lo que me costó entenderle.
Salí con más de cinco bolsas en cada mano, por lo que Dylan terminó ayudándome a llevarlas. Cuando apenas nos quedaban diez pasos para llegar a portal un coche paró de golpe en frente, sin dejarnos pasar.
—¡Lía atrás! —Aulló Dylan tirando las bolsas y colocándose delante de mí como si fueran a por mí.
Rápidamente un par de preocupaciones surgieron en mi mente:
¿Quiénes iban en aquel coche?
¿Por qué Dylan había saltado así?