Ya no quedaba nada, más que unos cuerpos yacentes, un sueño roto y un futuro robado. Clavé el cristal en mi suave y pálida piel. No quería, pero era la única solución, lo único que acabaría con todo. Las lágrimas se acumularon en mis ojos e incluso las más atrevidas se deslizaron por mi mejilla. El cuerpo me temblaba y el corazón me iba a mil por hora. Me encontraba mal, mareada y agobiada, sin embargo, apreté mi mano contra el cristal, dejando que se me clavase y me crease heridas que no tardaron en gotear sangre. —Tengo que hacerlo —Pensé ocultando mis lágrimas. Lo alcé, dispuesta a hacerlo, dispuesta a acabar con todo, cuando me pareció ver algo raro en el espejo. Levanté mi vista, más destrozada que asustada. En este se reflejaba algo fuera de lo común, algo con lo que aún soñaba au

