Capítulo 13

1664 Palabras
El jueves había pasado la mañana completa con Dorian, trabajando en el contrato matrimonial perfecto que necesitaba. Mi amigo había dudado sobre la viabilidad de semejante asunto, pero al final de cuentas lo había convencido de que era lo que me convenía. Cuando lo hubimos perfeccionado, llamé al Paradis. Necesitaba obtener información de mi Afrodita. No quería que habláramos de ello en el club el viernes por la noche, porque se trataba de negocios, no de sexo. Al menos en ese momento. El francés no quería darme información personal de ella, ni siquiera por una buena suma de dinero. De cierta forma eso me decía que el hombre cuidaba a sus empleados y que no era una mala persona. Sin embargo, cuando le dije que era un asunto personal de mucha seriedad y que solo quería hablar con ella, me indicó que terminaba su jornada laboral alrededor de las cinco y que podía verla en el aparcamiento de los empleados. No me daría ningún número telefónico o la dirección de su casa por ningún motivo, además, me dejó saber claramente que el lugar estaba lleno de cámaras de seguridad. Ahí la esperé en el interior de mi auto desde las cuatro. No quería que se fuera sin que pudiera plantearle mi propuesta. Tardó más de lo esperado, pero la vi aparecer al fin por la salida de empleados del Paradis. Salió sola, acomodándose una larga gabardina que le cubría el cuerpo por completo, y en los pies unos tacones negros de oficinista. Mi mente solo podía imaginar que debajo de aquella prenda iba completamente desnuda, dispuesta para mí. La deseé al instante y mi pene reaccionó, extrañando su v****a. Quería tenerla al completo para mí y sabía que con la copia del contrato que reposaba en el asiento del copiloto, me aseguraría de ello. La observé por el retrovisor cuando se detuvo un segundo delante de mi auto y luego continuó. Sorpresivamente, se dirigió al auto que estaba al lado. Si eso no era el destino, entonces no sabía lo que era. Traté de acomodar mi pene para que no fuera tan evidente la erección que ya tenía. El viento, que auguraba tormenta, revolvió su cabello suelto y me fue imposible no encenderme por dentro. Ella despertaba en mí un deseo desmedido que me era imposible ocultar. Quitó el seguro de la puerta e iba a irse, así que me apresuré a salir. —¿Olivia? —la llamé por el nombre que me habían dicho que tenía. No la llamaría Dea, eso lo dejaría para cuando la tuviera desnuda y abierta de piernas para mí. Eran negocios, así que debía ser serio. Levantó la mirada, me miró y entonces su rostro se transformó en uno de completa estupefacción y luego pánico. No esperaba eso. De ninguna maldita manera. —¿Qu-qué quiere? —preguntó, completamente pálida. ¡Mierda! Seguramente pensaba que era un maldito acosador. ¿Cómo no se me había ocurrido esa posibilidad? O quizás sí lo era. Un poco acosador, dados todos mis actos anteriores. Quise enmendar mi error. —Señorita… —esperé que ella me brindara su apellido, pero se quedó callada, mirándome con sus preciosos ojos chocolate muy abiertos—. Olivia, soy Fabrizio Giordano. Vine a buscarte porque quiero hacerte una propuesta. —Disculpe señor, pero… —No quiero que te asustes —la interrumpí porque si ella se metía al auto y no escuchaba, mi objetivo se complicaría—. Es un asunto de negocios que tal vez te interese —una chispa de curiosidad se encendió en sus ojos—. ¿Quieres que tomemos un café para que pueda explicarte? —No, lo siento. Tengo cosas que hacer. ¿Puede explicarme rápidamente de qué se trata? No quería eso. Quería tener la oportunidad de explicarle a conciencia toda mi propuesta, que revisáramos el contrato y que ella despejara sus dudas y agregara sus propias peticiones. —¿Tienes un espacio para reunirte mañana conmigo? —pregunté. —Mañana tengo trabajo. No pude evitar sonreír. —Entonces usaré nuestra reserva… —si no se podía de otra forma, entonces lo haría de esa manera. Ella abrió más los ojos y sus mejillas se tiñeron de un precioso color rosa. Titubeó, se quedó pensativa y luego me miró de nuevo. Parecía abatida, y de alguna forma dolida. —Perdone, señor Giordano, mañana no me presentaré al reservado. Puede hacer la solicitud para que otra chica le ofrezca sus servicios. ¿Qué? Acaso estaba de broma. Yo no quería los servicios de ninguna otra puta. Quería los suyos, exclusivamente los suyos y estaba dispuesto a todo por ello, incluso a casarme y a pagar una buena cantidad de dinero. —Bien. Cancelaré la reserva, entonces —dije. Ya había pensado en hacerlo, porque quería que ella dejara de bailar en aquel club, que mañana se fuera conmigo a un hotel y me dejara darle todo el placer que pudiera soportar. Firmaríamos el acuerdo prenupcial, y ella ya no tendría que preocuparse por entregar su cuerpo a otro, ni de trabajar de ninguna manera. —No debería. Las chicas… —Olivia, deberías escuchar —volví a lo que me interesaba—. La propuesta que quiero hacerte podría beneficiarte muchísimo. Podrás poner tus propios términos y condiciones, y estoy dispuesto a negociar contigo y considerar tus exigencias salariales. Su rostro cambió, entre la sorpresa y la curiosidad. —¿Se trata de trabajo? —preguntó. —No me molestaría si quisieras tomarlo de esa forma —dije, porque era cierto. Había definido un salario mensual para ella mientras fungiera como mi esposa. Si ella quería verlo como trabajo, entonces yo no tendría problema alguno. —Señor Giordano… —Fabrizio. Negó. —Señor Giordano, esto me parece muy extraño. No estoy dispuesta a ir a ningún lado con usted si no tengo ninguna idea sobre lo que trata su propuesta. —Está bien —accedí, porque quería que ella confiara—. Espera —me metí al auto para sacar el sobre que contenía las copias del acuerdo prenupcial y del contrato matrimonial. Cuando salí, ella seguía esperando del lado de su auto, con el ceño ligeramente fruncido, tan preciosa que me dieron ganas de ponerla contra el capó, follarla y obligarla a firmar mientras se corría sin poder decirme que no. Cerré la puerta de mi auto y rodeé el suyo para poder hablar de forma más privada. Ella esperó con cierto recelo, que yo quería hacer desaparecer a punta de besos. Me aclaré la garganta y me apoyé en su auto, en una postura casual y cómoda. Quería que ella se sintiera segura a mi lado. —Verás, Olivia, estoy en una situación un poco delicada. El patrimonio de mi familia está en riesgo —me detuve y le expliqué—. Giordano Industries es mío y así mismo todos los negocios de mi familia. No sé si conoces mi apellido —ella asintió, escuchando cada palabra que decía—. Yo debería de ser el único heredero, pero, por algunas complicaciones, me he encontrado con algunas trabas. Necesito tu ayuda. —¿Mi ayuda? ¿Cómo podría ayudarle con esa situación? —inquirió. No parecía extrañada, sino que interesada. —Debo cumplir con algunos requisitos indispensables y estoy bastante corto de tiempo. Asintió. —Prosiga —me dio lugar para continuar. Me aliviaba que no le parecía absurdo que necesitara su ayuda. —Olivia, cásate conmigo —le solté sin tiento. El rostro de ella se demudó de forma dramática, pasando por un sinnúmero de emociones en un instante. —¿Qué? —dijo, completamente desencajada. Yo maldije mi poco tacto en ese momento tan delicado. —Necesito una esposa, Olivia. Me ha parecido que tú podrías… —¿Usted está loco? —chilló y abrió la puerta de su auto. Yo volví a cerrarla de un empujón. —Escucha. Lee el contrato, revisa todos los beneficios que obtendrás, estoy dispuesto a mejorar cada uno de ellos si no cumplen con tus exigencias —vociferé con rapidez. Necesitaba que escuchara de alguna maldita manera. ¿Cómo podría haber dicho mejor algo que para cualquiera sonaría como un disparate? —Déjeme entrar a mi auto o voy a gritar. Usted está loco. Esto es una completa y absoluta locura —ella respondió de la misma manera. —Olivia, los beneficios económicos que obtendrás, superarán con creces cualquiera que sea tu salario en este lugar. No tendrás que hacerlo más, no necesitarás estar ni un día más en este lugar —estaba desesperado—. Obtendrás, además, una suma importante al finalizar, cuando firmes el divorcio. Podrás hacerte una vida con ello, yo me encargaré de garantizarlo. Ella se quedó mirándome, temblaba de la rabia, o de algún sentimiento que yo no supe entender. Esperé para que dijera algo y se tomó su tiempo. —No voy a hacerlo —sentenció—. Y será mejor que se aleje de mí. Me iré ahora y no quiero que vuelva a buscarme, ni a hacer otra reserva conmigo. Suspiré con fuerza y negué. —Te dejaré ir, pero quiero que te lleves esto —le tendí el sobre—. Ahí está descrito todo y encontrarás mi número telefónico. Léelo y si quieres negociar, estaré esperando por un mensaje o una llamada. Ella tomó el sobre sin despegarme la mirada. Me encendí al verla convertida en una fiera. —No me espere de pie, señor Giordano —me soltó y abrió la puerta de su auto. Esta vez no la cerré. —Te doy hasta el lunes, Olivia. Si no me respondes, voy a buscarte, no lo dudes —sentencié. Ella me miró con ojos feroces y luego entró al auto. La vi irse y poco después me fui yo. Tendría que confiar en que diría que sí, porque lo conseguiría, fuera como fuera. Me costó muchísima fuerza de voluntad, pero el siguiente día no me aparecí por el Paradis.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR