Lo que pasó aquel viernes después de que salí de la sala privada era ya historia, pero no lo olvidaría nunca.
—¿¡Qué ha pasado!? —inquirió Nati cuando entré al camerino, con el pelo revuelto, el maquillaje corrido y la peor cara de recién follada que podía existir.
—¡Su puta madre! —había dicho Lucas entre la duda y la risa.
—¡Oh, nena! —exclamó Dakota, alarmada.
—Me lo he follado —anuncié como una niña que ha hecho la peor travesura y siente que le caerá el sermón.
Nati se dejó caer en una butaca en estado de shock. Lucas se cubrió la boca, pero los ojos le brillaban por las ganas de saber todos los detalles.
—¿Te sentiste obligada a hacerlo? —Dakota preguntó. La voz se le estaba poniendo más grave, como cuando dejaba salir a David por alguna situación que lo ameritaba.
—¡No! —negué rápidamente—. Lo hice porque… porque le tenía ganas… solo eso.
—¿Es que te has vuelto loca? —Nati gritó al fin, se llevó las manos a la cabeza y tiró de su cabello oscuro—. ¿Te has follado a un maldito cliente?
Yo me tensé.
—Me dijiste que saliera al mundo —me excusé.
—¡Dios mío, Olivia! Ese hombre ha pagado, maldita sea. ¿Es que ahora quieres que te vea como una puta?
Yo me eché hacia atrás por el impacto de sus palabras, ofendida y herida al mismo tiempo.
—Vamos a calmarnos —Dakota se metió en medio y me miró a mí—. Nena, tú no sabes lo peligroso que es esto.
—Tampoco vamos a exagerar —Lucas se metió también—. Olivia, nena, ¿estás segura de lo que hiciste? ¿Te arrepientes ahora mismo?
—No, no me arrepiento —dije muy segura. Adonis me había dado el mejor sexo de mi vida y quería disfrutarlo, sin tapujos y sin arrepentimientos.
—Bien, ahí está todo —Lucas se puso las manos en las caderas y miró a las chicas—. Ella es adulta y tiene derecho a vivir su vida como le dé la gana.
—¿Así como la vives tú? —saltó Nati—. Oliva no conoce este mundo de mierda, Lucas. Ella nunca ha tenido que lidiar con clientes obsesionados, con malditos enfermos mentales que luego no te dejan en paz.
—Tampoco voy a ir a follar con otros clientes —la increpé. Quería echarme a llorar y la voz me tembló—. Me gusta él, y solo lo hice porque era él. No creo que sea un enfermo, ni que quiera hacerme algún tipo de daño después.
—Está bien, terroncito de azúcar —Dakota fue a abrazarme—. No vamos a meternos si tú lo querías.
—Lo que deberías de hacer es buscar un buen tipo —Nati continuó. De algún modo la comprendía. Ella había pasado por mucho y tenía miedo de que a mí me pasara lo mismo—. Uno que te quiera, uno que no venga a buscar placer a un club nocturno.
—Solo quería follar, ¿no entiendes? —empecé a llorar—. He estado sola y por primera vez en mi vida un hombre atractivo y caliente se ha fijado en mí.
—Ya, nena, ya —Lucas era incapaz de ver llorar a nadie sin empezar a llorar él también.
—Ya vendrás a contarme cuando ese hombre esté detrás de ti como un desquiciado —sentenció mi amiga, se levantó de la silla y se fue dejándome hecha un mar de lágrimas.
—No te enojes con ella. Te quiere mucho y no quiere que te veas envuelta en algo peligroso. Mañana te llamará y será como si nada hubiera pasado —la excusó Dakota.
Lucas se acercó a mí y me limpió las lágrimas con un pañuelo, mientras él también moqueaba.
—¿Al menos disfrutaste? —preguntó con los labios curvados en un puchero.
A mí me dio risa y me reí entre lágrimas.
—Ni siquiera sé cuántas veces me corrí —respondí y la cara de él cambió a una de emoción y picardía.
Nati me llamó el siguiente día, tal y como había dicho Dakota. Me pidió disculpas y me instó a que le contara cada detalle de lo acontecido. A pesar de que no lo aprobó, me dijo que disfrutara todo lo que pudiera y que ella estaría a mi lado si la necesitaba.
Le confesé que había sentido que me orinaba con cada orgasmo y mi amiga se mató de la risa a mi costa. Me explicó con maestría que aquello era una eyaculación femenina, que no tenía nada de malo y que más bien era dichosa si lo había experimentado.
Me sorprendí con lo que me explicó. Adonis había logrado que yo alcanzara ese tipo de placer, solo él, porque nunca me había pasado antes.
Solo podía pensar en verlo otra vez.
Era jueves y yo salí de mi jornada laboral a las seis. Estaba cansada, hambrienta, y deseaba que fuera viernes para volver a ver al hombre que había gobernado mis pensamientos en las últimas semanas.
Había reparado mi auto, así que fui en busca de mi Nissan de hace una década. Mi cacharrito estaba en su plaza, viéndose terriblemente minimizado por un elegante y reluciente Aston Martin que estaba a su lado.
Lo aprecié un momento, porque aunque no era una persona aficionada a los autos de lujo, ver uno de cerca siempre emocionaba a cualquiera.
Caminé hacia la puerta de mi auto mientras lo miraba y pensaba en quién de los empleados había traído semejante máquina al trabajo. Introduje la llave en la cerradura y quité el seguro. Parecía que sería una noche lluviosa, así que debía apresurarme a casa.
—¿Olivia? —levanté la mirada de nuevo buscando a la persona que había dicho mi nombre y me quedé paralizada.
Todo lo que Nati me había dicho, de pronto parecía ser la verdad más absoluta.
Al otro lado de mi auto estaba Fabrizio Giordano, mi Adonis, que había salido de aquel magnífico Aston Martin y me miraba con los ojos encendidos por el deseo.